¿Cuántos crímenes más debemos esperar?

Nos mataron a Javier Valdés, inmortalizándolo.

Antes este año, asesinaron a Miroslava Breach, a Filiberto Álvarez, a Ricardo Monlui, Maximino Rodríguez y a Cecilio Pineda. También el 15 de mayo mataron a Sonia Córdova y a su hijo. Van ocho periodistas cobardemente ejecutados este año; y al menos 120 periodistas asesinados en este país en este siglo, 20 comunicadores desaparecidos en poco más de una década y más de medio centenar de atentados contra medios de comunicación desde 2006. Más de un centenar de líderes sociales, como Miriam Rodríguez e Isidro Baldenegro, han sido asesinados sistemáticamente durante el actual régimen de terror de Enrique Peña Nieto. Además, de los miles de las desapariciones de jóvenes, de migrantes y los feminicidios que nos laceran a lo largo y ancho del país.

Me adhiero pues como ciudadano a los cuestionamientos que han publicado hoy 16 de mayo 38 periodistas: “¿Cuántos crímenes más debemos esperar?, ¿Quién sigue en esa lista negra de profesionistas serios de nuestros medios de comunicación?, ¿Cómo vivir en un país donde el trabajo honesto y digno debe sacrificarse, abandonarse o esperar la cobardía del atentado?, ¿Por qué nadie se ocupa con responsabilidad de la muerte de periodistas?, ¿Puede sobrevivir una democracia sin libertad de expresión?”

Como a muchos más, me llena de rabia ver las ya clásicas y aburridas condenas por parte de actores vinculados a la administración pública de este país. La petición en Change.org, con todos los riesgos que implica solicitar una comisión internacional, parece necesaria dado que está claro que ni los gobiernos municipales, ni los estatales ni el federal pueden ya cumplir su tarea de proteger las libertades en este país; en particular el caso que nos atañe, el de la libertad de expresión.

Las cifras de impunidad nos muestran desde hace más de una década que el Estado Mexicano parece ya incapacitado estructuralmente para inhibir el crimen o castigar los delitos que se cometen, la corrupción es endémica al sistema político mexicano y a todos sus partidos con los que se reproduce el negocio electoral de legitimación de administradores públicos. No sabe uno si reír o llorar cuando altos administradores públicos piden seriedad al IISS sobre el manejo de las cifras que nos presentan como el segundo país con más muertes violentas, sólo detrás de Siria y arriba de Irak, Afganistán u otros países que viven guerras abiertas. Seriedad, por favor.

Nuestra propia incompetencia política como ciudadanos y como sociedad nos rebasa. Las masivas movilizaciones ciudadanas con demandas mínimas exigiendo que los actores gubernamentales hagan su trabajo, parecen habernos dejado en una especie de estado depresivo, en donde un ánimo de resignación y derrota imperan; con la salvedad de esos breves momentos en que algún evento delictivo nos atañe directamente, entonces damos paso a una expresión terapéutica y mesurada de indignación y rabia que nos recuerda nuestra impotencia. Si alguien se desmesura con su expresión de enojo por lo que sucede; por ejemplo, pintando con aerosol unas letras de ornato para nuestras selfis, entonces nos desbocamos exigiendo respeto por nuestras jaulas. Cuando esto pasa, siento que vivo en una sociedad patética y me avergüenza ser parte de ella.

Me resulta terrible ver que el diagnóstico no requiere de mucha elaboración. En este país se persigue a los huachicoleros ilegales y se encumbra a los huachicoleros legales; y desde luego que unos y otros son unos patanes que se apropian y comercian con lo que no es suyo. Son demasiados los actores vinculados a la administración pública de este país que realizan o tienen estrechos vínculos con diferentes formas del crimen organizado: Van desde los casos de corrupción como los de OHL o grupo Higa hasta el tráfico de personas; desde plagiar fragmentos de una tesis hasta la persecusión y el asesinato de periodistas; desde casos de nepotismo y encumbramiento de personas ineptas para desempeñar sus labores en organizaciones públicas y privadas, hasta la violencia contra las mujeres y su asesinato sistemático.

A cada quien su ideología política (les pido por favor que no se convierta este texto en un pretexto para el debate electoral, pues no es mi arena de discusión). No hay ni ha habido pureza en nuestra sociedad ni en nuestro sistema político, nunca. No tenemos que aspirar a forma alguna de pureza. Entre otras cosas, tenemos que organizarnos desde abajo para alimentar y proteger nuestras libertades, vivir y dejar vivir, trabajar y dejar trabajar, dejar de chingar, de querer chingarnos un extra, de jalar sólo para los nuestros. Duele ver cuánto trabajo nos cuesta hacerlo; incluso en nuestras juntas de condóminos o de vecinos. Parece que siempre habrá alguien con el poder de boicotear el bien común aludiendo razones personales.

Así que entiendo que tal vez sea mucho pedir, pero una vez más es menester recordar que en todos los casos, feminicidios, periodistas, etc. Siempre debemos arropar a las víctimas. Es nuestro deber como sociedad proteger a los periodistas que se arriesgan a vivir al margen de los chayotes que dan administraciones públicas y privadas. Pues claro, no todos los periodistas son perseguidos en este país; hay una intrincada red de complicidades y hay “periodismos” que se aplauden y se premian precisamente por no ser periodismo sino relaciones públicas. Debemos asegurarnos de no perder más nuestras libertades, entre ellas, la libertad de expresión.

No va a pasar que los malos se maten entre ellos y así cada vez queden menos y el último se suicide. Eso no va a pasar. En cada acto de maldad ésta se multiplica. Debemos detenerla directa e indirectamente todos y cada uno de nosotros.

Aunque no tuve la fortuna de conocerlo, Javier Valdés nos ha dado pistas muy importantes sobre cómo estudiar la realidad social. Yendo a fondo, por los detalles, sin prejuicios. Entendiendo e hilando las historias, sin tentaciones dualistas ni ambigüedades frente a lo deshonesto. La complejidad de una sociedad que se ha entremezclado con el narco, con las corporaciones de seguridad legales e ilegales, con los lavados de dinero y los changarros, con los horrores que llevaron a los campesinos a someterse para el cultivo de ciertas plantas. Gracias a él, y a trabajos como los de él, es que sabemos que las maneras en que el desastre de la economía legal y formal fueron orillando a las personas y a las familias primero hacia la informalidad, luego hacia la ilegalidad y ya mucho después a la criminalidad.

Ahora parece que estas bandas de canallas son ejércitos, con una base social amplia y una economía boyante. Los investigadores debemos resistir la tentación de estudiar en blanco y negro lo que está pasando y lo que viene. El camino de regreso no se dará por arte de magia, pero no podemos prescindir de una justicia civilizada. Ha habido intentos aislados de grupos que ya han visto que hemos cruzado el punto de no retorno. El que no hayamos estados listos como sociedad antes no quiere decir que no lo estemos ahora. Es cosa de vida o muerte.

Disculpen los lectores de este incipiente espacio de análisis internacional por el atrevimiento de ofrecer un ejercicio terapéutico por parte de un investigador atribulado. Espero que podamos organizarnos como sociedad lo antes posible, porque es una pena vivir en estas condiciones; y es una calamidad que, de no hacer algo pronto nosotros, nuestros hijos y sobrinos vivirán en condiciones peores que las actuales.