Martes por la madrugada
Leo “Cien años de Soledad”, un regalo especial que me hicieron antes de esta partida repentina a Río Gallegos. Es la pieza de literatura que más me fascina, y hoy, releyendo luego de muchos años, la veo de otra manera, le encuentro más filosofía que en tiempos pasados. La siento más profunda.
Somos lo que somos, o somos lo que hicieron de nosotros. Y eso pienso en cada página de la obra maestra de Gabo. Siento que en el último tiempo no fui yo, me fui comportando y transformando en lo que hicieron de mi. Perdí, mi esencia, dejé de reír. Solo ella me lograba saca una sonrisa. Esperaba el momento en el que le decía: “¿Dónde nos encontramos? ¿Te paso a buscar? ¿Te espero en tu casa”. Quizá ni lea esto, quizá ni le importe. las sintonías se cambian con un solo botón, como en el estéreo de un auto.

Mientras leo el derrotero del Coronel Aureliano Buendía, entiendo que nunca se rindió. Tuvo crisis, emociones, traiciones, depresiones, fantasías, fanatismo, pero nunca dejó de buscar el centro de su bienestar, aunque nunca lo encontró.
Me despierto todos los días de una manera diferente a la que solía. No hay un peso en la espalda, muchas energías negativas desaparecieron, solo me ahonda esa profunda angustia del no saber qué hacer. Sin rendirme, o seguir intentando. Creo que todo fue real, sincero, único, y apuesto a eso, pero no quiero ser la piedra en el zapato de nadie. Quiero ser la espalda en la que te puedas apoyar.
Como leí por ahí: no quiero que aprendas a escribir, quiero que aprendas a leerme. TA. Yo.
