La búsqueda de los puentes colgantes

Un recorrido en imágenes por un camino centenario: el que unía Copina con El Cóndor en las Altas Cumbres en Córdoba.

El punto de partida es ahí donde las motos pisteras comparten su reinado con los que practican longboard. También están los ciclistas y los que andan en cuadriciclos. Más abajo en la pirámide de poder de la vieja ruta a Copina estamos los automovilistas, que vamos intentando adivinar el trayecto por asfalto desgastado.

Esta es la segunda vez que hago este tramo buscando el acceso a los puentes colgantes pero no importa: es una mañana a fines de marzo en la que el Sol favorece la contemplación. Pregunto a una señora que vende salames, sobre la ruta provincial 34, dónde está:

“Hacé 3 kilómetros hasta que veas el camino que se abre a la par de una tranquera”

Vuelvo a la par del río La Suela. En el ascenso me cruzo con una tropa de longboarders y sus respectivas cámaras GoPro, pero nada.


Hasta que me cruzo con tres pibes sentados a la sombra de un árbol. “¿Dónde está el camino de los puentes colgantes?”, pregunto. “¡Acá!”, dicen, y señalan el brazo de asfalto mordido que se desvanece a sus espaldas hasta convertirse en un áspero camino de sierra. Camino al caserío de Copina.

Pasan el centro de Remar, otras casitas -algunas abandonadas-, y sigue el camino bordeando una cornisa. Sigo con fe ciega, porque me dijeron que para allá están los puentes, pero no porque haya alguna indicación. No la hay. Hastas que de pronto, en una curva, aparece un puente, que sin embargo no se usa. Está ahí, como recuerdo de lo que fue este camino construido entre 1913 y 1918.

Sigo el camino y hacia atrás la vista se pone deliciosa. Se ve la serpiente de tierra acostada sobre las lomas de las Sierras. Y allá, a lo lejos, el dique San Roque y el ejército de casitas en miniatura de Villa Carlos Paz.


El camino está muy descuidado. Profundas grietas dificultan el paso de los autos bajos. Ladera abajo fluye un arroyo; hay algunas cascadas. Pasan algunos en motos y otros en bici. Con los autos hay que ir cautelosos. No llego más allá del segundo puente.

“Está muy roto el camino”, me dice otro automovilista que dobló en “U” y se vuelve.

Pasa un jeep blanco como si nada por los socavones. Lo mejor es seguir a pie.


Es un camino cargado de historia. Un viejo sendero de mulas que unía Córdoba con Mina Clavero. Que fue transitado por el cura José Gabriel Brochero (será santo desde el 16 de octubre de este año). Y entonces es imposible no pensar en este paisaje en blanco y negro (porque así imaginamos, todavía, el pasado; pronto será en colores tocados por los filtros de alguna aplicación telefónica).


En unas dos horas de caminata, sin prisa, se recorre el tramo principal de los puentes, bajo la atenta mirada de las cabras cuyas figuras se recortan en la cima de los peñascos. Lo ideal, creo, es emprender el regreso con el atardecer, para disfrutar las variaciones en la luz y en el color de las sierras, como me tocó a mí, casi de casualidad.


Recorrí el camino de los puentes colgantes a fines de marzo de 2016. El domingo 17 de abril publiqué esta nota en La Voz sobre el mal estado del camino y sobre la falta de un proyecto que revalorice ese trayecto tan cargado de historia y belleza. Ahí encontrarán información sobre cómo llegar. Las imágenes son de mi autoría.