Molinos

Una mañana en la que recordé las trampas del tiempo en el Valle Calchaquí y algunas fotos tomadas con celular.

LO PRIMERO ES un engaño. No es de noche ni de madrugada, pero el otoño en Córdoba camufla las primeras horas de la mañana de este domingo y en la oscuridad me hace imaginar otro momento del día al despertar.

Hay un perro que se lamenta con un aullido triste y largo, a medio volumen. Todavía no se sienten los pájaros; los autos de la madrugada, al regreso de los boliches, ya se apagaron. Creo que estoy desvelado, pero es un engaño: sólo dormí las horas que me dicta el ritmo laboral.

ESE DISFRAZ me hace recordar a Molinos, el río ancho y casi nada profundo en el verano, rodeado de pastizales; algunas voces de un partido de fútbol en una cancha cercana; a Lucía, caminando con cuidado sobre el cauce plano. Pero sobre todo al engaño del tiempo en ese lugar de los Valle Calchaquí, en Salta, en esos días de enero, en los que el almanaque se me alteraba en la cabeza, porque en la calma profunda yo sentía que en un día había tres.

No, recién llevamos dos días acá.

Decía Lucía en la pileta, antes del atardecer, cuando íbamos a refrescarnos.

O también:

Nos falta otra noche más.

Y estábamos en el patio del mollar de esa casona colonial convertida en hotel, frente a la iglesia.

EL CALOR; los arenales; las mujeres caminando casi en pausa por las esquinas; los adolescentes tirados en el portal de la escuela, robando WIFI con sus teléfonos; todo complotaba para diluirse en las horas.

Hasta esa puerta en el vértice de una casona en la que parecía habérsele confundido el tiempo a los constructores, que no pudieron continuar la fachada del otro lado y tuvieron que ponerle paisaje.

HUBO MOMENTOS en los que caminaba por una calle empedrada y me daba la sensación de que desembocaba en el mismo lugar pero en otro momento, en ese invierno de años atrás en el que me divertí fotografiando a una mujer que hacía números de equilibrio para limpiar una de las alas del templo.

Una noche, de vuelta en el verano, el viento agitó las ramas del mollar. Después llegó una tormenta que sonó a fin del mundo y el granizo que azotó las huertas cercanas nos llenó la habitación de fragancias de menta y albahaca. Al otro día hubo sol y, entonces sí, tuvimos que partir.