Una fiesta de 15 y otros apuntes de la banalidad del mal y el terror en la ESMA

Mientras había cientos de secuestrados/desaparecidos en los pisos superiores, el oficial a cargo de la casa celebró una fiesta para su hija. Pero eso no es lo único incomprensible de ese centro clandestino de detención. Para nada.


LA PRIMERA PREGUNTA ES: ¿cómo pudo pasar todo eso acá? Porque el predio de la Escuela de Mecánica de la Armada (Esma) es de 17 hectáreas pero el centro clandestino funcionó sólo en uno de los inmuebles. Y los secuestrados estaban sólo en los altillos, por encima de las oficinas y un salón de baile que se usó hasta para un cumpleaños de 15.

La segunda pregunta está escrita con letras de molde blancas, en mayúscula, sobre el piso de uno de los cuartitos donde nacieron los bebés de las mujeres secuestradas y desaparecidas -arrojadas con somníferos al Río de la Plata- y es difícil que surja una respuesta:

Una de las salas de parto en el tercer piso del Casino de Oficiales de la ESMA.

En el tercer piso funcionaban unas pequeñas habitaciones donde eran llevadas las secuestradas embarazadas a parir. Este centro clandestino de detención contaba incluso con un equipo de médicos para asegurar los partos. En ese mismo nivel también estaba “el pañol”, un depósito donde se acopiaban objetos de los secuestrados, que fueron robados. Y la “pecera”, un recinto donde las víctimas eran obligadas al trabajo forzoso.

Por encima del tercer nivel, en el altillo, funcionaba el espacio donde había más secuestrados, tendidos sobre colchonetas e iluminados en la sala con ventiluces mínimos. Los hacían dormir sobre “cuchas”, según la jerga de los represores. Luego había un segundo altillo, donde estaba el tanque de agua. A estos lugares se los conocía como “capucha” y “capuchita”, nombres que se derivaban de las capuchas con las que eran trasladados los detenidos por todo el centro, hacia los distintos espacios de tortura.

Las “cuchas” donde yacían los detenidos. Un ventiluz y la vista a la ciudad de Buenos Aires en un sector no muy lejano al estadio de River Plate. El “pañol” y la “pecera”.

Desde luego, allí no había baños. La trabajadora del espacio de memoria que guió nuestro recorrido en diciembre pasado nos explicaba que los detenidos tenían que conseguir permiso para que los llevaran al tercer piso:

“En los baños, muchas veces se producían las violaciones. Al mismo tiempo, era el lugar donde los presos podían verse sin capucha e intercambiar sus nombres”.

Se estima que por este centro clandestino de desaparición pasaron unas 5 mil personas. El foco era sobre todo militantes de Montoneros. El 80 por ciento tenía entre 16 y 35 años. Hubo unos 200 sobrevivientes entre 1976 y 1983.

Los operativos se definían en planta baja, en el Salón Dorado, donde hoy se transita durante las visitas guiadas y se proyectan contenidos multimedia para contextualizar lo ocurrido. En ese salón también se celebró un cumpleaños de quince años: el de Berenice, la hija del entonces capitán Rubén Jacinto Chamorro.

Proyecciones con material de archivo en los salones de planta baja, donde se definían los operativos y hasta se “festejaban” cumpleaños.

Apenas dos niveles más arriba había parturientas siendo despojadas de sus hijos y más arriba cientos de secuestrados yaciendo en las “cuchas”. En el informe de la Conadep está el testimonio de Andrea Krichmar, una compañera del colegio de Berenice que la visitó en la Esma, porque su padre vivía ahí, en el Casino de Oficiales:

«Fui invitada en una oportunidad a visitar la Esma, para almorzar junto con su padre. Hallándome en una sala de juegos donde había una mesa de billar, pude ver a través de una ventana una mujer encapuchada y encadenada de pies y manos, que era descendida de un Ford Falcon. Estaba acompañada por dos hombres; no puedo recordar cómo estaban vestidos, creo que de civil. Si recuerdo que estaban armados. Ante esta experiencia desconocida pregunté a mi amiga Berenice lo que estaban haciendo, y ella me contestó algo muy poco concreto: “que se perseguía a la gente en patrullas”».
Subsuelo del Casino de oficiales de la ESMA.

LA ANIQUILACIÓN TERMINABA con los “vuelos de la muerte”. Los detenidos eran torturados y “preparados” con somníferos en el sótano, antes de partir en aviones hacia el Río de la Plata.

Durante el tránsito por el Casino de Oficiales también se conoce que los secuestrados eran fotografiados, como parte de las tareas de inteligencia. Para hacerlo, contaba con el trabajo forzado de personas como Víctor Basterra, un obrero gráfico que falsificaba documentos para los represores. Poniendo en juego su vida, cuando se le permitían salidas controladas, fue robándose los negativos que luego permitieron elaborar un informe de gran valor sobre lo que ocurría en la Esma.

Ingreso al sótano. Tras bajar estas escaleras, había una viga a baja altura contra la cual los detenidos eran obligados a golpearse.

Sobre el final de la visita, con la vista a un patio interno, se observa una gigantografía colocada justo donde estaba un Ford Falcon, el típico verde de los operativos de los represores. Es la trasposición de una foto histórica que hizo un detenido desaparecido que también era forzado a trabajar para los marinos.


¿CÓMO PUDO PASAR todo eso acá?, vuelve a decirme en el cierre del recorrido, mientras los chicos -algunos de ellos extranjeros- con los que compartí estas horas se quedan haciendo otras preguntas sobre el centro clandestino de detención que, en definitiva, son la misma pregunta.

El Casino de Oficiales y el edificio principal de la ESMA.

Visité la ESMA en diciembre de 2015. Esta es una crónica incómoda.

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