Danzando en los arrabales

Juan Cuccarese
Jul 24, 2017 · 4 min read

“La danza es para las chicas”, he escuchado de pequeño. Y de no tan pequeño también. “El hombre no hace danza”, te repiten como un mantra. Y con esos mensajes taladrando inconscientemente las ideas, muchos crecen pensando que bailar elegantemente es una ofensa a la masculinidad, al punto tal que si por alguna casualidad un paso grácil apareciera en algún movimiento, habría que quebrarse las piernas en señal de protesta porque, claro, tal sutileza no sería digna de alguien que se precie de formar parte del género masculino.

Uno crece y por suerte empieza a dejar de lado preconceptos absurdos. Y sin embargo de vez en cuando recuerda estas frases vacías, insostenibles, estúpidas. Bailar, danzar mejor dicho, no es algo propio de un género. Para muestras basta un botón. Aunque este ejemplo justamente no es botón, sinónimo de vigilante. Al contrario.

El mayor exponente de la danza propiamente dicha, entendida como una expresión artística que transmite sentimientos a través de movimientos corporales rítmicos, fue un hombre. Un hombre que dio sus mejores shows en el patio de su casa.

Le decían “Torero” en sus comienzos, porque sacaba a relucir sus mejores movimientos y levantaba un “ole” (no un olé, porque lejos estamos del cantábrico) generalizado. Pibe desfachatado, calladito pero pícaro, mostró su arte en el lugar que más feliz fue.

El deseo de gloria sumado a la curiosidad por nuevos horizontes son un cóctel que pueden hacer emigrar a cualquier talento. Y el pibe no zafó. Se guardó un pedacito de barrio en el cuore, donde quedan las cosas que importan de verdad. Calzó el termo abajo del brazo, y con el mate siempre al punto y el humito de la yerba recién mojada, partió al Viejo Continente.

Les costó entenderlo. “Nadie es profeta en su tierra” reza un viejo dicho, pero en este caso parecía ser a la inversa. El muchacho tardó en hacerse un lugar, un poco porque no lo comprendían del todo y otro poco porque el destino suele encapricharse con retorcer las cosas siempre que sea posible. Y pasó de las luces enceguecedoras de los campos azulgranas a un terreno más tranquilo. Fue como meterse de lleno en una aventura acuática: guardó silencio, trabajó lejos de los focos y ganó protagonismo a medida que el Submarino emergía.

Y llegó el momento de volver, como se vuelve a los lugares que te hacen feliz aún cuando algunos recomiendan no hacerlo. “Segundas partes nunca son buenas” advierten. Oídos sordos para el bailarín, que se enfocó en volver a bailar como más le gustaba/gusta/gustará. Y el “olé” se transformó en “ole” otra vez, cuando en una tarde soleada el artista salió a escena en pijamas, frente a una canayada y con las gradas del coliseo de Caminito esperando verlo bailar sus mejores tangos, milongas, danzas. En pleno 2007, los pies del bailarín trasladaban con sus dibujos a las épocas de diversión en los mismos arrabales donde ahora disfruta carnes vacunas cada jueves.

La gloria entiende de pasiones. Sabe reconocer cuando la danza es un dictado del corazón. Por eso el bailarín tuvo su mejor interpretación en época de héroes libertadores, llevando sus pasos por todo Sudamérica y coronándolo en una danza que brilló en Porto Alegre con una luz tan fuerte que, a diez años, aún se recuerda cada vez que resuena el Himno de la Alegría.

Exigente como pocos, el ámbito del bailarín fue mermando su resistencia. Prometió sus finos pasos hasta los 40, pero a los 36 colgó los zapatos. Prefirió los bailes con amigos, mucho más tranquilos y seguramente menos influenciados por la ambición de los de saco y corbata, esos que disfrutan más de los fajos de dinero bien atados que de la elegancia del arte bien ejecutada.

Hoy se extrañan sus mejores danzas. Allá en Caminito, resuenan aún sus pasos casi en puntitas de pie. De caño vale doble, se sabe. Y el Torero de los arrabales disfrutaba el 2x4 como nadie. Ya no baila en el patio de su casa. Lo hace, a veces, con el micrófono encendido y dejando su enseñanza para el futuro. Pero cuida como nadie el ámbito de la danza. Lo quiere. Lo sueña puro. Y allí donde alguien diga que los hombres no pueden bailar, siempre asomará un pibe desfachatado con 10 millones de razones en la espalda, y una franja horizontal de amor por la danza que le cruza el alma.

Gracias, Torero.

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