Ser de derecha; ser de izquierda

Fuente imagen: http://www.nationofchange.org/sites/default/files/lvr657_0.jpg

La reciente polémica sobre las llamadas Viviendas de Interés Social VIP ha desatado todo tipo de opiniones y (des)encantos. Este es un tema que, como muchos que plantea Gustavo Petro, logran desenterrar las pasiones viscerales de la gente. Hay quienes sostienen incluso — y, pienso yo, encarnando su propia pasión — que el anterior es tan solo un discurso de la alcaldía de Bogotá para “provocar una pelea entre ricos y pobres” (ver). Llevado a un espectro político, alguien diría que queda un evidencia un nuevo enfrentamiento entre la derecha y la izquierda de la ciudad.

Aprovecho este contexto para hacer una reflexión sobre dos conceptos que rigen gran parte nuestra vida democrática, pero que son un foco poco privilegiado de nuestras conversaciones políticas. Me preguntaría: ¿Qué es ser de derecha?¿Qué es ser de izquierda? ¿Existe una clara distinción entre ambos posiciones del espectro ideológico? Estos parecen ser interrogantes necesarios y vigentes, sobre todo para quienes vivimos en sociedades tan polarizadas (ver, por ejemplo, acá, acá y acá). Y es que en ocasiones las diferencias son irreconciliables, al punto que las discusiones sobre política terminan reducidas a alusiones torpes y anacrónicas del tipo Fascista!, Comunista!, Nazi!, Capitalista!, Paramilitar!, Guerrillero!

Empiezo por preguntarme: ¿Será un tema de tipo de gobierno? ¿La distinción se circunscribe a un modelo económico? Desde luego diferentes regímenes políticos se identifican con ideologías particulares. Sin embargo, las experiencias alrededor del mundo muestran que estas dimensiones no resuelven del todo nuestros interrogantes. Por ejemplo, los miembros del Partido Republicano en Estados Unidos tienden a ser identificados como políticos de derecha, al tiempo que defienden principios de libertad de mercado propios de una tradición de la economía clásica liberal (una izquierda moderada). Similar es el caso del conservatismo colombiano o el gobierno de Evo Morales en Bolivia, que si bien se rigen por visiones encontradas sobre el capitalismo, ambos han mostrado imponer obstáculos a los derechos de comunidades LGBTI. Visto así, parecería que se puede tender a la derecha en lo político y a la izquierda en lo económico (y vice-versa).

Las intenciones de un gobierno — al menos desde su discurso- no parecen ser tampoco un factor distintivo entre un régimen de izquierda y uno de derecha. Por ejemplo, A. Hitler escribía que “el deber de la política es el de llevar a cabo la lucha de la gente por sobrevivir”. Por su parte, J. Stalin, se preguntaba cómo “debe organizarse [una sociedad] (…) si se toman en cuentas los intereses de la mayoría”. Es decir, ambos líderes, equivocados o no, y al menos en teoría, sustentaron su ideología política en la búsqueda de la prosperidad de su respectiva nación. En últimas, ambas agendas (tanto de derecha como de izquierda) incluyen visiones particulares del progreso, la justicia y del bien común.

En medio de tal confusión, una fuente interesante para (empezar a ) resolver la disyuntiva es el libro de Norberto Bobbio -Derecha e Izquierda- el cual presenta una indagación histórica sobre el tema. Su recorrido se ve iluminado, en particular, por los escritos de Nietzche y Rousseau, quienes, a su juicio, enarcan la máxima expresión de cada postura (respectivamente). A partir de ello, concluye Bobbio, desde la derecha “los hombres son por naturaleza desiguales (…) y sólo la sociedad con su moral de rebaño, con su religión de compasión y resignación, los ha convertido en iguales”. Por su parte, desde la izquierda “los hombres han nacido iguales, pero la sociedad (…) que se sobrepone lentamente al estado de la naturaleza a través del desarrollo de las artes, los ha convertido en desiguales”. Es decir:

“La derecha está más dispuesta a aceptar lo que es natural, y aquella segunda naturaleza que es la costumbre, la tradición, la fuerza del pasado. El artificialismo de la izquierda no se rinde ni siquiera frente a las patentes desigualdades naturales, las que no se pueden atribuir a la sociedad: piénsese en la liberación de los locos del manicomio. Al lado de la naturaleza madrastra está también la sociedad madrastra. Pero desde la izquierda se tiende generalmente a considerar que el hombre es capaz de corregir tanto la una como la otra”

Lo anterior contribuye a dar claridad a preguntas relacionadas a la composición política de nuestras sociedades. Desde tal óptica es apenas previsible, por ejemplo, que las personas adineradas tiendan a ser de derecha, por tanto, tienen incentivos claros de legitimar su posición social a partir de una noción de lo que es naturalmente justo (ej. el mundo es así!!). Lo anterior puede también entenderse desde la visión de quién ha nacido en ambientes donde el esfuerzo tiene tasas de retorno y, por tanto, donde es posible pensar que el mérito y las capacidades personales son en si los mayores catalizadores de la movilidad social. La izquierda, por su parte, parecería concentrarse entre individuos y grupos sociales con escenarios de vida adversos y llenos de frustración.

Lo anterior, no obstante, implicaría naturalizar la conciencia de la gente. Sin embargo, a pesar de que tal descripción puede ser válida en contextos como el latinoamericano, es fácilmente desafiada por la experiencia de países europeos donde los pensamientos de derecha e izquierda están equilibrados bajo el amparo de otras fuerzas sociales. Y visto así, aprovecharía para decir que me declaro abiertamente de izquierda. Soy de izquierda, pero no porque crea en la superioridad incuestionable de lo público, subvalore el emprendimiento y la creatividad como grandes oportunidades que abren espacios como el libre mercado, ni mucho menos porque justifique ningún tipo de lucha armada. Soy de izquierda porque creo profundamente que el ser humano es capaz de sentir, de reflexionar, de repensarse, de compadecer la tragedia y de aplaudir el merito. Pero ante todo, soy de izquierda porque creo que es necesario huir del cruel y desesperanzador destino al que nos sentencia la idea de que existe un orden natural de las cosas.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.