El Dr. Patch no tiene ropa normales o formales. Siempre anda de colores.

Teoría Aplicada de Patch

Como todos aquellos que alguna vez desearon ser médicos, vi la película Patch Adams, co-protagonista de esta historia, y quedé estupefacto al ver el trato que daban los grandes doctores a los pacientes y de qué manera los futuros médicos imitaban las mismas actitudes que sus maestros. Obviamente, desde el punto de vista de alguien que no estaba aún en la facultad, muchas cosas no podía entender acerca de la relación médico-paciente y pensaba que ese tipo de trato sólo se extendía al primer mundo. Estaba muy equivocado.

En julio del 2015 tuvimos la oportunidad de conocer a Patch en Paraguay gracias a la perseverancia de dos maravillosas compañeras, Andy y Dani, que creo que hasta ahora no dimensionan de qué forma sus esfuerzos han influenciado en un puñado de personas que podrían hacer un cambio a corto plazo en sus entornos.

“Hi there! I’m Patch!” y apareció de entre el público un enorme personaje que superaba el metro ochenta, vestido de colores como era de esperar y empezó a dar simples instrucciones, todas ellas enfocadas a conocer al otro, a mirar al que estaba delante nuestro y lo más importante de todo era aprender a escuchar.

Mi papel ese día era documentar lo que acontecía. Era el fotógrafo del evento y por ello podía ir de un punto a otro y escuchar las conversaciones que se creaban durante las actividades y sobre todo las distintas reacciones de las personas.

Todos somos tan maravillosamente distintos que nadie es lo suficientemente aburrido como para no fascinar si escuchamos con atención.

En su momento entendí que se trataba de conectarse con el otro y sentir empatía. Algo que definitivamente causa una conversación cuando no existen prejuicios de por medio. Pensé que ese ejercicio era una forma de aprender a tratar con los pacientes y que como no había pacientes en ese lugar, los asistentes hablaban entre sí para luego traspolar ese ejercicio al frío ambiente hospitalario.

Me equivoqué.

Y de eso me di cuenta al empezar el cuarto año de la carrera de medicina. Un año en que la vida corre a mil y hay que ganar la competencia básica de confeccionar una historia clínica en medio de decenas de parciales y poco tiempo. Entiéndase esto, como la habilidad de sacar información a un paciente aplicando la semiotecnia y la entrevista para pensar en un posible diagnóstico y posteriormente redactar formalmente una historia clínica.

Patch, no quería que nosotros aprendamos a ganar la confianza de un paciente para hacer una buena historia. Quería que aprendamos a tratar personas sin distinguir si están enfermos o no y, sobre todo, de una manera horizontal. Sin que uno esté en un pedestal y desde ahí busque crear una conversación y, mucho menos, que veamos al enfermo como una bolsa de signos y síntomas que tratar.

Patch durante la visita al Hospital Central del Instituto de Previsión Social.

Hola, soy Juan” Esta es la manera en que me presento a los pacientes todos los días y es la forma en que pretendo hacerlo el resto de mi vida. Pero no es sólo una manera patchsística o una rebeldía contra el sistema paternalista médico (vigente hasta hoy), sino que vi en la práctica que es la mejor forma de tratar con las personas.

Es muy distinto cuando un médico de entrada aparece flotando en la habitación y da órdenes a un paciente sin siquiera dar a conocerse o preguntar cómo amaneció esa persona. Por desgracia, veo cómo muchos médicos siguen inculcando esta forma de hacer medicina. Y escucho las quejas de los pacientes así como también los elogios a los médicos que muestran interés por la persona.

Un médico es una persona que por propia opción decidió sacrificar el tiempo de su vida para aprender a sanar a otras personas. El ADN de un médico no es algo super especial y mucho menos ha sido dotado de dones divinos para curar gente que confiera una especie de autoridad por sobre las demás personas.

Para mi, el trato vertical que se practica hasta el día de hoy es una forma que no acompaña al enfermo, que no trata a la persona. Nombrar a una persona por número de cama es algo inhumano que todos, pero absolutamente todos, cometimos alguna vez, ya seamos licenciados, médicos u otro tipo de profesional de blanco.

Darse cuenta de este error, automáticamente nos compromete a hacer las cosas de una forma distinta. Tratar a las personas mirando a los ojos y demostrando que realmente nos interesa, es una forma de apostolado que hace feliz al paciente y al médico. Y, lo genial de esto, es que contagia a los demás doctores a tratar personas y no enfermedades.

Recuerdo ver al Dr. Roberto Mura (un médico legendario) reprender a un colega con las siguientes palabras: “¿Sabes cuánto yo daría por tener a mi papá un minuto más conmigo? ¡El médico lucha por la vida de todos! Pensá que él es tu papá”.

Esto, definitivamente, se aplica en todos los casos. Cada vez que entramos a una habitación no olvidemos que esa persona es hijo, hermano, padre, amigo de alguien que lo quiere mucho y espera la mejor versión de nosotros.

Al final de una entrevista a una persona con un cáncer muy avanzado nos dijo: “Los enfermos esperamos de ustedes la sonrisa que nos de esperanza aunque no la haya”.

Comparto con ustedes lo que Patch nos aconsejaba: “Conversen con todos. Conversen con el chico del ascensor, con quien les vende periódicos. Conversen y mucho. Se aprende de todos todo el tiempo”.

Veo todos los días la diferencia entre un médico que ama lo que hace, y el que hace lo que hace por que lo tiene que hacer. ¿Cómo quisieras que el médico atienda a tu mamá?

Y, finalmente ¿Qué clase de médicos queremos ser nosotros?