¿Dónde está la gran filosofía?

Algunas reflexiones motivadas por un artículo de J. Gomá

En un artículo publicado en el diario El País, Javier Gomá Lanzón se preguntaba ¿Dónde está la gran filosofía? Una respuesta de urgencia y tal vez incompleta consistiría en decir que la gran filosofía está donde está la gran literatura, la gran pintura, la gran música.

En su obra «La Decadencia de Occidente», publicada entre 1918 y 1923, el filósofo alemán Oswald Spengler señalaba que el suelo espiritual de Occidente estaba agotado. Spengler presentaba la historia como un conjunto de «mundos» morfológicamente equivalentes, que se dividían en dos épocas o etapas, una llamada de la cultura y otra de la civilización. A modo de ejemplo, el mundo antiguo se dividía en la época de Grecia y en la de Roma, con manifestaciones del espíritu que se correspondían claramente con una etapa de la cultura (Grecia) y otra de la civilización (Roma). Como todo marco de comprensión, las tesis de Spengler han sido criticadas, pero no deja de ser cierto que contienen elementos de reflexión que nos permiten comprender mejor algunos hechos o al menos analizarlos con una perspectiva global. De la misma manera que las grandes manifestaciones artísticas y filosóficas del mundo antiguo se dieron en Grecia y las grandes manifestaciones técnicas (Derecho, Ingeniería, …) se dieron en Roma, ya no es posible, según el marco de Spengler, que surja hoy un nuevo Cervantes, un nuevo Kant o un nuevo Mozart. Aunque nos duela, si seguimos a Spengler, ya no es posible (por ahora, en nuestro mundo) la gran filosofía, ni el gran arte, ni la gran literatura. Pero sí la gran técnica.

Esta es una primera reacción, casi instantánea. Pero hay otras reflexiones o, mejor dicho, intuiciones, que surgen al hilo de la lectura de un artículo que sintetiza de forma muy acertada las manifestaciones filosóficas recientes y, al mismo tiempo, mueve a pensar, tal y como debe hacer la buena literatura, la buena filosofía. Comenzamos.

1. Para Gomá la misión de la filosofía es proponer un ideal, y para ello utiliza como instrumento de trabajo el concepto, lo cual la asemeja a la ciencia, pero solo aparente o formalmente, pues los conceptos filosóficos no pueden ser verificados en un laboratorio, no pueden probarse, si no que deben persuadir, al igual que hace la literatura. De modo que se establece una suerte de conexión o hermanamiento entre el oficio filosófico y el literario, coincidiendo ambos en el objetivo de «mover al lector y captar su asentimiento».

No podemos negar esta conexión entre filosofía y literatura, y puede ser muy fructífero ahondar en esta idea, pero al mismo tiempo consideramos que establecer el «concepto» como único instrumento de trabajo de la filosofía es sintomático y limitante, al tiempo que la causa, a nuestro entender, de que la filosofía termine por agotarse o por convertirse en una variedad de «formas menores» como bien expone Gomá. Los conceptos como instrumentos de trabajo tienen siempre un alcance limitado. Si la filosofía, entre otras funciones, pretende proponer un «ideal exacto de conocimiento de la realidad» y, por tanto, apuntar también a las preguntas últimas, que inevitablemente forman parte de la realidad, entonces debe ir más allá del concepto, sin eliminarlo, obviamente. Es aquí donde debemos introducir el símbolo como forma complementaria, apelando a la tradición que representa el Círculo de Eranos, que constituye casi un frente de resistencia frente a lo que podríamos denominar una visión cartesiana de la realidad. Es necesaria, por tanto, una visión «a-dual» (seguimos aquí a Panikkar cuando habla de la a-dualidad en lugar de la no-dualidad) que integre ambas aproximaciones, símbolo y concepto.

2. Otro elemento importante en la tesis de Gomá es que los ideales contienen una aspiración de universalidad e intemporalidad, pese a que inevitablemente queden de facto relativizados. Quizás ninguna cultura, salvo la nuestra, tan penetrada por el mito de la historia, ha defendido con tanto ahínco la universalidad de su cosmovisión, que se articula como centro de referencia. Y no en vano esto tiene mucho que ver con el mirarse en el espejo de la ciencia, nuestro paradigma de verdad, que también se pretende universal. Pero ni la ciencia es, a nuestro entender, universal (lo es solo en apariencia para nosotros) ni tampoco, claro está, la filosofía. Los marcos de comprensión no pueden ser universales, ni válidos para todo tiempo, pues ni siquiera «el tiempo» tiene un valor universal. De forma muy ilustrativa, Jean Gebser, en su obra Origen y Presente (de la que ya hemos hablado y hablaremos más extensamente aquí en próximos artículos) cuenta la crónica de la conquista de México por Hernán Cortés. Moctezuma, rey mexicano, envió a hechiceros para embrujar a los españoles, pero no sirvió de nada. ¿Por qué? Por que «la actitud mágico-mítica de los mexicanos ya no obraba en los españoles, se rompió en el mismo instante en que se encontró con la actitud tecno-racional». Ninguna orientación es universal, ni intemporal, tarde o temprano sucumbe. Quizás la universalidad se alcanza en el momento en que se renuncia a ella. Las contradicciones revelan mucho más de lo que pensamos, pues los polos opuestos eran una sola cosa en el origen, tal y como plantea Gebser. Tomar conciencia de las limitaciones de nuestro ideal no tiene por qué quitarle autenticidad, antes al contrario.

3. Entre las formas menores en las que ha devenido la filosofía nos encontramos, según Gomá, con la «permutación de la filosofía en historia de la filosofía», practicada esta última en una universidad que, según Gomá, ha desistido de sus antiguos principios como generadora de gran filosofía. Según nuestra opinión esto tiene que ver con lo que la universidad considera su mayor virtud: la hiperespecialización. La gran filosofía no es compatible ni con el modelo de universidad actual ni con el modelo educativo general. La universidad se mueve en las migajas del detalle, de la cuantificación, de la publicación «al peso» de artículos y de los «índices de impacto». Sus aportaciones son extremadamente valiosas en muchos ámbitos, pero obviamente no como generadora de gran filosofía.

Quizás la cuestión que nos ocupa (¿Dónde está la gran filosofía?) se podría zanjar diciendo que la filosofía hace ya tiempo que murió, que se agotó, que ya no es posible en nuestro suelo espiritual, en nuestro tiempo (vendrá otro). Tendremos que poner otro nombre a lo que hacen los «filosófos». Siempre ha habido una confusión en llamar filosófos a los profesores de filosofía o a los ensayistas, indudablemente la filosofía requiere de un plan sistemático mucho mayor, sin ser por ello menos cierto que todos llevamos dentro un anhelo filosófico en tanto en cuanto late en nosotros esa necesidad de dotar de sentido a la realidad.

La pregunta por la filosofía, por qué es la filosofía, no es nueva. Es cierto que podemos pensar que la búsqueda de respuestas a las preguntas últimas es un «invariante humano», pero meter en la misma caja todas las respuestas y manifestaciones del espíritu asociadas quizás sea cómodo y propio de nuestro pensamiento lineal, pero no metodológicamente adecuado. Es más, probablemente lo que realmente tenga sentido es el momento del nacimiento de ese afán interrogativo – y de las inmediatas respuestas – que se ha producido en distintas culturas y momentos. Lo que viene después no son más que comentarios. Por eso nos afanamos tanto en mirar a Grecia o a la India.

Volviendo al momento actual, Gomá añade también, junto a la conversión (más que permutación) de la filosofía en historia de la filosofía, el «análisis de tendencias culturales» como sustituto de la inexistente gran filosofía. Menciona la sociedad-líquida de Bauman y la sociedad-riesgo de Beck. Y la mención a Bauman nos mueve a preguntarnos si la necesidad de que exista en cada momento una nueva gran filosofía no puede ser un síntoma del diagnóstico de Bauman. Me explico o, mejor dicho, hago la siguiente pregunta ¿Por qué ha de ser necesaria una gran filosofía en los últimos 30 años? ¿No es válida la gran filosofía de hace 50 ó 100 años? ¿Es necesario proponer un nuevo ideal periódicamente? Lo preguntamos, no tratamos de dar una respuesta implícita.

4. Por lo que se refiere a las causas de ese adelgazamiento de la función filosófica Gomá apunta a varios factores culturales recientes. Y pese a que pueda existir relación entre la usurpación de los ideales perpetrada por los totalitarismos, que ha dado lugar a una «alergia hacia lo utópico», en nuestra opinión las causas han de buscarse también, o principalmente, en el origen y en los aspectos que hemos mencionado más arriba. La situación actual no es consecuencia del momento actual, ni del pasado reciente, si no de todo el pasado. Y en la situación actual debemos leer el futuro, pues éste ya está presente, como bien apuntaba Gebser. De ahí que tal vez la mirada al mundo actual no sea tanto una forma menor, y nos permita vislumbrar la nueva etapa de la filosofía, de lo humano, porque, indudablemente, estos ideales que ha de proponer la filosofía, si es que los propone, ya están germinando.


Notas bibliográficas

Siguiendo con la costumbre, anoto algunas referencias bibliográficas.

El artículo de Javier Gomá Lanzón ¿Dónde está la gran filosofía? fue publicado por El País el 14 de marzo de 2013 y ha «llegado a mis manos» gracias a Twitter.

Javier Gomá es un jurista y pensador español conocido principalmente por su «Tetralogía de la ejemplaridad».

Al inicio de mi artículo menciono «La Decadencia de Occidente», una obra que me impactó mucho hace años. Llegó a España de la mano de Ortega, a través de la Revisa de Occidente y se puede encontrar en cualquier librería publicada por Austral en dos volúmenes.

También me he referido a «Origen y presente», de Jean Gebser, publicada por Atalanta en el marco de ese corpus que incluye a autores como Kingsley, Owen, entre otros. Espero hacer un artículo en breve sobre esta extraordinaria obra.