El origen siempre presente (1)

Reflexiones en torno a la obra de Jean Gebser

Comienzo aquí una serie de artículos en torno a la obra de Jean Gebser, un pensador poco conocido, pero que supo captar de una forma realmente extraordinaria el momento crucial que vive hoy la humanidad. Por todo ello, sería de justicia reconocerlo como uno de los pensadores más relevantes de su tiempo.


Origen y Presente (1) es la obra más importante -la magnum opus- del pensador de origen alemán Jean Gebser (1905 – 1973). Publicada en dos partes, entre 1949 y 1953, la obra traza el despliegue de la conciencia humana desde su origen arcaico hasta nuestros días. Constituye, sin duda, una extraordinaria peripecia intelectual y, tal vez, una de las últimas visiones totales de la humanidad, antes de que el posmodernismo deconstructivo acabase con los grandes sistemas. En síntesis, Origen y Presente contiene la descripción de una nueva forma de conciencia humana que, en palabras del autor, «ha de ser capaz de llevar a efecto y a la realidad el origen y el presente como integridad», de manera que seamos capaces de superar el momento de crisis que atraviesa actualmente la humanidad.

Gebser fue un poeta, filósofo y fenomenólogo de la conciencia, alejado en sus inicios del mundo académico y prácticamente desconocido en la actualidad, aunque no totalmente. La fundación que lleva su nombre, la «Jean Gebser Society», ubicada en la Universidad de Ohio, realiza un encuentro anual, que en el año 2016 celebró su edición número 46. A esto se suma el hecho de que cada vez sean más los autores que hacen justicia a su extraordinaria contribución como filósofo de la cultura. Henryk Skolimowski dice de él que es «uno de los pensadores solitarios más importantes del siglo XX, casi completamente ignorado» (2). Gary Lachman, autor que está haciendo una importante labor recopilatoria de pensadores que han quedado en los márgenes del saber oficial, le dedica la quinta y última parte de su obra «Una historia secreta de la consciencia» (3). Y, sin duda, uno de los estudios más importantes sobre Gebser está en Estructures of Consciousness, publicada en 1987 por Georg Feuerstein, su amigo e interprete. Lachman recuerda una cita de Feuerstein que dice: «Los espíritus socráticos como Gebser suelen ir por delante de su época (…), y por eso nunca se ponen de moda. Si llegasen a hacerlo, su causa estaría perdida, pues su pensamiento sin duda se vulgarizaría».

Sea esto cierto o no, en un mundo desencantado y perdido en la vorágine tecnocrática, cabe esperar que el pensamiento de Gebser, que podría ayudarnos a superar muchas de las deficiencias actuales, sea cada vez más reconocido y valorado. Y ello, a pesar de que muchas de sus ideas ya han sido puestas en circulación por otros autores, como Ken Wilber, que no siempre han recocido su deuda, y que de alguna manera, según algunas críticas, han vulgarizado el pensamiento original de Gebser, mucho más exigente intelectualmente. Esta vulgarización parece ser, por otra parte, el riesgo de todo planteamiento que se proponga «pensar en otras categorías», por citar una frase de Ouspensky, tomada también de Lachman.

A pesar de ser un pensador solitario, las ideas de Gebser están en sintonía con las de otros autores que, en paralelo, recorrieron caminos similares. En 1966, en el prefacio del autor a la segunda edición de Origen y Presente, Gebser cuenta que desde la aparición de su obra han ocurrido muchas cosas amenazadoras, pero también otras muchas esperanzadoras. Entre las últimas cuenta las obras de Sri Aurobindo (4) y Pierre Teilhard de Chardin, que aparecieron en Alemania entre 1955 y 1959. Ambos desarrollaron ideas similares a las de Gebser, relativas a la emergencia de una nueva forma de conciencia, aunque condicionados por distintos puntos de partida. El punto de partida de Aurobindo es hindú, el de Teilhard de Chardín católico, mientras que el de Gebser, según sus propias palabras, tiene un carácter universal-occidental. Resulta llamativo que Gebser se atribuya un carácter universal-occidental, lo cual solo puede entenderse como una predicción, pues no deja de ser paradójico o fruto de una visión, hablar de un punto de vista al mismo tiempo occidental y universal.


Las ideas de Gebser tienen, en nuestra opinión, un alto grado de vigencia. Al margen de que las suscribamos o no en mayor o menor medida, resulta muy conveniente, en un mundo como el actual, marcado por la aceleración, detenerse y explorar propuestas que, cuando menos, suponen un ejercicio de reflexión muy estimulante. De Gebser no solo han de interesarnos sus tesis principales, sino también los caminos que nos hace transitar. Su metodología, basada en las humanidades, en las manifestaciones artísticas y, fundamentalmente, en la lingüística, abre perspectivas y reflexiones muy fecundas. «La lengua – nos dice – es el instrumento par excellence, en virtud del cual el individuo se comunica con el mundo y el mundo con el individuo». De ahí que, explorando su despliegue, podamos ser capaces de indagar en el origen y en las diversas manifestaciones de la conciencia, pues la lengua no deja de ser uno de su reflejos.

Hablar de la conciencia nos obliga a detenernos, pues la primacía que tiene la razón en el mundo moderno ha reducido la conciencia a la dimensión de conciencia moral privada. Y, comoquiera que la razón no ha sido siempre el único eje rector de lo humano – y tampoco lo es, de hecho, ahora- , hemos de restaurar, para continuar, el valor originario y esencial de la conciencia como ese elemento constitutivo de lo humano que da forma, articula, ordena y construye la realidad en todos los ordenes. Como aquello que, en definitiva, permite al hombre reconocerse y desenvolverse en el marco de su existencia y de una realidad de la que él mismo es parte esencial co-creadora.

La reducción de la conciencia a la moral privada no es casual, forma parte del afán por escindir la realidad, propio de la mentalidad moderna. Por ello, también es muy significativo lo que ocurre con la dimensión espiritual y religiosa del hombre, que igualmente es reducida al espacio de la privacidad, casi hasta el punto de que debe esconderse, puesto que puede resultar ofensiva. En la escena pública la dimensión espiritual no tiene cabida, no puede ser validada por los criterios de utilidad actuales y por eso se descarta de forma muy sutil, arrinconándola en una suerte de ámbito privado. Se silencia así una de las dimensiones constitutivas del hombre, quizás la fundamental, aquella que ha de contribuir de manera inequívoca a resolver muchos de los problemas a los que tiene que hacer frente la humanidad.

En paralelo, como parte de la misma operación, hay una ola de autores que pretenden llevar a cabo la reducción de la conciencia humana al estudio bioquímico del cerebro, hasta el punto de materializar la dimensión espiritual del hombre en una suerte de «cerebro espiritual» (5). En defensa de esta vía se afirmará que el estudio bioquímico del cerebro y las relaciones que se establezcan con la conciencia o la espiritualidad constituyen un camino paralelo o un nuevo camino complementario que no tiene por qué negar otras dimensiones. Pero esto no deja de ser un autoengaño, pues el pensamiento racionalista científico tiene una finalidad muy clara que es buscar la (en realidad su) verdad y una explicación completa atendiendo a unos criterios que vetan cualquier otra aproximación (6). No existe neutralidad en la ciencia y la tecnología modernas, porque precisamente el pensamiento racional moderno nació con este afán totalizador – tomando la parte por el todo – hace más de 500 años. La situación actual es la de una nueva versión del «Extra Ecclesiam nula salus», donde la ratio adquiere el papel dominante. Nada nuevo. Aquí no discutimos el valor para la humanidad de los avances en neurociencia, por seguir con el ejemplo, sino la visión de la realidad que imponen, a veces de manera subrepticia. En el momento actual resulta muy pertinente defender, siguiendo el título de la obra de Markus Gabriel, que «Yo no soy mi cerebro» (7).

Tal vez este proceso tenga que ver con una suerte de enfriamiento espiritual análogo al que nos conduce a la muerte térmica. Este enfriamiento espiritual comenzó hace miles de años, cuando el cosmos tenía un sentido pleno, una finalidad. El hombre era partícipe de este sentido. Con el paso del tiempo se arrebató al cosmos su sentido, fundamentalmente con el advenimiento del pensamiento moderno, para pasar a ser algo oscuro, frío y material. El sentido pasó a estar solamente en el interior del hombre, escindido del resto del cosmos, que pasa a ser un objeto. ¿Corre el hombre el peligro de perder también este sentido interior? ¿Está abocado a la muerte espiritual? Para algunos autores, como es el caso de Richard Tarnas, el cosmos sigue manifestando su sentido, a través de fuerzas arquetípicas que van más allá del inconsciente colectivo, e incluyen al universo (8). Hay que tener ojos para verlas.


Tras esta introducción, en el próximo artículo veremos que, según Gebser, la crisis actual solo puede superarse por medio de la conciencia integral.

Notas

(1) Origen y Presente. Jean Gebser. Ediciones Atalanta. 2011.

(2) La mente participativa. Henryk Skolimowski. Ediciones Atalanta. 2016.

(3) Una historia secreta de la consciencia. Gary Lachman. Ediciones Atalanta. 2013.

(4) Resulta sintomático sobre lo que venimos señalando en relación a la escasa difusión del pensamiento de Gebser, que en libros posteriores dedicados a Aurobindo no se haga mención a Gebser, pero sí a Wilber. Tal es el caso de Las enseñanzas de Sri Aurobindo, de Vicente Merlo. Kairós, 1997.

(5) El cerebro espiritual. Francisco J. Rubia. Fragmenta Editorial. 2015. La lista de autores es larga y podría dar lugar a un capítulo a parte. No deberíamos dejar de mencionar aquí a Oliver Sacks como uno de los mayores divulgadores de la neurología.

(6) La búsqueda de este cerebro espiritual viene precedida por la aceptación de una supuesta verdad que ya está perfectamente asentada en la mitología de nuestra modernidad, y que viene a decirnos que cualquier enfermedad psicológica puede reducirse a una cuestión químico-farmacológica. El cerebro ya ha sido reducido a su dimensión material bioquímica. A este respecto, y como contrapunto, podemos citar una obra curiosa en estos tiempos: Terapeútica de las enfermedades espirituales de Jean – Claude Larchet, publicada en España por Sígueme en 2014 y que propone una medicina para el alma alejada no solo de la bioquímica sino también del psicoanálisis, basada en la experiencia secular recogida en la patrística.

(7) Markus Gabriel es un joven profesor de filosofía Alemán , cuya obra está causando un gran impacto mediático en Alemania. Aquí nos referimos a Yo no soy mi cerebro (2016). Antes publicó con un importante éxito Por qué el mundo no existe (2015). Ambas publicadas en España por el sello Pasado y Presente.

(8) Cosmos y Psique. Richard Tarnas. Ediciones Atalanta. 2006.

Nota bibliófila

Motivado por el interés en la obra de Gebser, hace unos meses me hice con una primera edición de Origen y Presente firmada por el autor.