Johann Georg Hamann o la (in)validez absoluta de la razón

Johann Georg Hamann es un pensador en los márgenes de la historia, como tantos otros que sería necesario y conveniente recuperar. Nació en 1730 en Königsberg, la misma ciudad en la que seis años antes había venido al mundo Kant, de quien fue amigo y, como veremos, también oponente.

El descubrimiento de este autor lo debo a Hermida Editores, que ha publicado un tomo con dos ensayos de Hamann titulados «Recuerdos Socráticos» y «Aesthetica in nuce» (1), con una excelente introducción de José Rafael Hernández Arias, que curiosamente es responsable también de la seguro que nada fácil traducción de Gebser al castellano (2).

Para Hernández Arias, y con esto entramos de lleno en la oposición a los principios del racionalismo ilustrado que preconiza nuestro autor, la principal preocupación de Hamann «estriba, más que en anular la razón supeditándola a la fe, en someter a la razón a un severo examen, en analizar las tendencias que le atribuyen una pretensión de validez absoluta, un aura cuasirreligiosa, convirtiendo a sus adeptos en siervos de un despotismo cuando menos tan tiránico como el del absolutismo».

En la actualidad, pese a que seguimos presos del desenfreno tecno-científico, es más que evidente que los presupuestos del racionalismo ilustrado han fracasado en gran medida y, por ello, en el marco de esta reflexión, cobra sentido recuperar o, al menos, revisar, una figura como la de Hamann, que abordó, sin éxito, la difícil tarea de nadar a contracorriente, como tantos otros «fracasados» aparentes. Que no hayan pasado a las primeras páginas de la historia, tal vez por la dictadura de las modas y del pensamiento único – que no es algo privativo de nuestra época – , no significa que no captaran la atención de su tiempo, y no es casual que Hamann captase la atención de Goethe, quien le dedica un párrafo en Poesía y verdad (III,2), según cita Hernández Arias, donde el genio de Weimar dice de Hamann que era «un hombre de pensamiento profundo y concienzudo (…), pero que también hacía valer algo misterioso e insonsable» (3). Junto a Goethe, la lista de autores interesados por Hamann se pueden completar con nombres como Kierkegaard, De Quincey o, más recientemente, el propio Jünger.

En artículos anteriores he incidido en la necesidad de superar esta visión absolutista de la razón, tan instalada en la visión occidental del mundo, y que nos impide ver el todo, empeñamos como estamos en emplear un método que es «imperfecto porque se dedica a dividir y desgajar» la realidad. Por ello, encontrar una figura como la de Hamann es la constatación de que existe una corriente subterránea que ha mantenido viva la llama de la verdad originaria.

Sobre la disputa de Hamann con Kant a la que aludíamos, que más que disputa fue un intento de Kant y otros amigos dedevolver a Hamann al redil ilustrado, baste recordar la magnífica refutación que Hamann hace, citamos nuevamente a Hernández Arias, de «las ideas de sus amigos recurriendo precisamente a Hume, el filósofo favorito de sus oponentes, reprochándoles que no se les había dado la razón para ser más sabios, sino para reconocer su necedad e ignorancia». Una suerte de docta ignorancia o agnosía (de la que también nos habló Panikkar), que llega a Hamann a través de sus constantes lecturas de los padres de la iglesia, que compaginaba con Platón y la Biblia, en diversas lenguas, incluyendo el griego y el hebreo. A todas estas referencias hay llamadas, a veces crípticas, a lo largo de toda su obra, cuya lectura es de una dificultad elevada, incluso con la ayuda de las permanentes notas a pié de página del traductor que acompañan al texto. Ahora bien, solo la introducción de Hernández Arias ya merece por sí sola la pena; después se pueden leer los ensayos una o dos veces, y encontraremos en ellos perlas como esta:

La ignorancia de Sócrates era sensibilidad. Ahora bien, entre la sensibilidad y una proposición teórica se da una diferencia mayor que la existente entre un animal vivo y el esqueleto del mismo.

O la «clave» que según Hamann da el oráculo del «gran maestro de los paganos» (Pablo) sobre el testimonio de Sócrates acerca de su propia ignorancia:

Si alguno cree que sabe algo, es que todavía ignora cómo hay que saber. Pero si ama a Dios, entonces es reconocido por Dios.

En esta última cita se observa la lucha de Hamann «por apropiarse de la figura de Sócrates, por arrebatársela a los filósofos ilustrados, por insertarla en la corriente cristiana», como tan acertadamente señala Hernández Arias. De hecho, cuando Hamann dice que «Atenas, de la que se dice que condenó a Homero a una multa por su locura, condenó a Sócrates a muerte como si fuera un malhechor» conecta, aunque no lo explicita, con Jesús, que también murió condenado como tal. Es más, Hamann señala que Sócrates «después de su muerte se apareció a un chian de nombre Kyrsas, que se había echado no lejos de su tumba y se había quedado dormido».

El estilo a veces oscuro y críptico de Hamann no es fruto de un prurito estilístico, sino el «resultado de una búsqueda por expresar lo inexpresable», en palabras de Hernández Arias. En el siguiente párrafo, que nos permitirá establecer una nueva conexión, podemos observar la constante densidad de referencias que le caracteriza. Trata de aquellos que mediante ídolos y abstracciones «quitan del camino a la naturaleza» (y no olvidemos la fuerte conexión con la naturaleza de nuestro pasado pre-racional):

¡Sí, vosotros, los críticos!, preguntáis siempre qué es la verdad y echáis mano de la puerta porque no podéis esperar ninguna respuesta a esta pregunta – vuestras manos siempre están lavadas, ya sea porque queréis comer pan, o también cuando habéis pronunciado vuestras sentencias de muerte – .

En la pregunta sobre la verdad tenemos una llamada a Jn 18, 38 cuando Pilatos pregunta a Jesús «¿Qué es la verdad?», es decir, compara a los racionalistas con Pilatos, de ahí que tengan sus manos siempre lavadas, pues en el fondo no les preocupa la verdad, solo «quieren salvar las apariencias» por medios de ídolos (o abstracciones), idea que encontramos siglos después en Owen Barfield (4), del que ya hemos hablado en otros artículos. Las manos lavadas para comer pan son una llamada a Mt 15, 2 y a la crítica que al respecto hacen los fariseos a Jesús. Por último, la sentencia de muerte se refiere a Mt 27, 24, donde Pilatos dicta la condena, no sin haberse lavado las manos. La dureza del párrafo, vistas las referencias, es evidente, para con los racionalistas absolutistas, a los que no les importa la verdad, pues la terminan condenando a muerte, eso sí, salvando las apariencias por medio de sus abstracciones.

En el segundo ensayo, «Aesthetica in nuce» («Estética en una nuez» según la nota de Hernández Arias o, de manera más parafrástica y siguiendo la recomendación de un lector preliminar, «Estética en su esencia» ), con una forma más compleja, elevada y poética, encontramos, una llamada a la dimensión mítica:

Los sentidos y las pasiones no hablan ni entienden otra cosa que imágenes. En imágenes consiste toda la riqueza de la felicidad y el conocimiento humanos.

En el contexto de las estructuras de conciencia de Gebser, tendríamos aquí una conexión de lo mágico, vinculado a los sentidos y las pasiones, con lo mítico, vinculado a las imágenes.

Se eleva también la figura del artista, del poeta «portador de un conocimiento intuitivo, cuyo lenguaje le permite asomarse al pasado y al futuro, a diferencia del lenguaje filosófico, que, pese a sus pretensiones de una mayor exactitud, es el que más se aleja de la realidad», como bien glosa Hernandez Arias, que prosigue resaltando que, para Hamann, «el sentimiento y la emoción son tan fiables, al menos, como la razón (…), tan solo que tanto el sentimiento como la emoción, en su manifestación poética, son más primordiales y cercanos a la divinidad». Esta idea nos parece esencial, y conecta con la filosofía Gebseriana del despliegue a través del origen. Esta idea de cercanía con la divinidad o, podríamos decir, con el origen, ya la expresamos en un artículo anterior, titulado «El sueño de Dios», cuando reflexionábamos sobre el origen de la idea de Dios, que nada tiene que ver con la búsqueda de explicaciones; allí decíamos que «lo grandioso y dificilmente comprensible para el hombre moderno, de estas formas expresivas – que nosotros despreciamos calificándolas como primitivas e irracionales – , es que están más cerca del origen, están más cerca de la unidad con el todo, y, por tanto no tienen ningún tipo de contaminación racional o causal».

Pero la mayor conexión, a través de esa posible corriente subterránea, entre Hamann y Gebser la encontramos nuevamente en una cita de Poesía y verdad de Goethe, que trae Hernández Arias a la introducción para especificar «el núcleo del pensamiento que más había influido» a Goethe, en cuyas palabras:

El principio al que se pueden retrotraer todas las manifestaciones de Hamann es el siguiente: «Todo lo que emprende el hombre, ya se produzca a través de la acción, de la palabra o de cualquier otro modo, ha de surgir de todas las fuerzas unidas; todo lo aislado es despreciable». Una máxima espléndida, pero difícil de seguir.

Claramente encontramos aquí la idea de un intento de superar la fragmentación por medio de una visión integral que comprenda todas las dimensiones, desplegadas desde el origen arcaico hasta el presente racional, pasando por nuestro pasado mágico y mítico. Hamann no podía hacer tal formulación, pero ya intuía y se anticipaba a los fracasos de una visión tan parcial como la racionalista. Por supuesto Goethe también lo vio.

No nos queda más que aconsejar una lectura y relectura de estos dos opúsculos, sin olvidar la excelente y necesaria introducción de Hernández Arias. Y quien pretenda interpretar a Hamann como una mente retrógrada que quiere volver a la oscuridad de una suerte de pensamiento medieval, simplemente no ha entendido nada. Pero estamos habituados a este mal, para el que recomendamos asomarse a autores en el margen, como Hamann, que ciertamente se adelantó en más de 200 años a la crisis del pensamiento racional-deficiente que tan bien describió en la mitad del siglo pasado Jean Gebser, otro pensador en los márgenes.


Notas

(1) Recuerdos socráticos. Aesthetica in nuce. J. G. Hamann. Hermida Editores. 2018.

(2) Origen y presente. Jean Gebser. Atalanta Editorial. 2011.

(3) Poesía y verdad. J. W von Goethe. Alba Editorial. 1999.

(4) Salvar las apariencias. Un tratado sobre la idolatría. Owen Barfield. Atalanta Editorial. 2015.