Recuerdos, multiculturalismo y otros saberes inútiles

Esta mañana, de 7 a 8, mientras me desplazada a una velocidad ligeramente superior a la normal, en ese ejercicio que hemos convenido en llamar «running», han venido a mi mente algunas ideas, casi de forma espontánea.

La primera tiene que ver precisamente con ese acto de «venir las ideas a la mente», de surgir, de aparecer o como queramos llamar a este hecho inmaterial solo expresable metafóricamente. Sea como sea, es evidente que no controlamos las ideas que tenemos; si no todos tendríamos ideas geniales constantemente porque querríamos y decidiríamos tenerlas. Por eso, nuestra mente, y el pensamiento asociado a ella, no es tan racional y predecible como creemos. No es que sea irracional, esto sería tanto como decir que es racional; nuestra mente es «arracional», está por encima de lo que definimos como lo racional y su contrario. Hay una fuerza creadora, evocadora, que no podemos controlar y que conforma la totalidad de nuestra conciencia, que es muy superior a lo que puede reducirse al cálculo.

En este juego de la conciencia tienen un panel muy importante los recuerdos. Nuestros propios recuerdos, junto con la capacidad de establecer relaciones, nos permiten acercarnos a recuerdos que no son los nuestros, evocar otros mundos y otros tiempos y también proyectarlos en el futuro. Si no tuviésemos recuerdos viviríamos en un presente puntiforme y no seríamos capaces de recrear otras vidas, no existiría la literatura ni, por tanto, Marcel Proust, que es quien más sabe de esto de los recuerdos.

De recuerdos también trataba la entrevista al arqueólogo Julio Navarro que, antes de salir a ejercitarme, he leído en el periódico. Y al hilo de ella, me ha venido a la mente, con esa espontaneidad de la que hablábamos, una frase que escuché hace muchos años a un antropólogo, Mikel Azurmendi, y que causó bastante revuelo. Decía que «el multiculturalismo es la gangrena de la sociedad democrática». Las mentes bienpensantes de la época, y seguro las de ahora, que cuentan además con las redes sociales para propagar su malestar, se escandalizaron. ¿Por qué? Por no saber qué significaba eso del «multiculturalismo», por entenderlo mal. Y eso que Voltaire dejó dicho que no discutamos sobre definiciones. Pero las palabras son más que definiciones. Para aquellas, y estas, mentes bienpensantes, asistidas por el pensamiento de brocha gorda, hoy reforzado por las limitaciones de los 140 caracteres – no todo puede ser positivo – el multiculturalismo era algo así como el pluralismo, la convivencia, la integración, etc. Pero, según lo que quería expresar Azurmendi que, por cierto, fue muy hábil encendiendo el debate, pues imagino que sabría que generaría polémica, el multiculturalismo es la «yuxtaposición» de culturas cerradas, una al lado de la otra, separadas, sin hablar. El multiculturalismo, según Azurmendi, no es la integración, ni la asimilización, si no tener dos mundos totalmente distintos a escasos metros, con visiones distintas y sin diálogo, lo cual, a todas luces no puede generar más que conflictos.

La solución al problema del multiculturalismo no pasa porque los que vienen cambien su modo de vida, su cosmovisión. Esto es absurdo por imposible. Al hilo de lo que decíamos arriba, las conciencias no pueden cambiarse a nuestro antojo. La solución pasa por el diálogo, el conocimiento y la comprensión del otro. La solución es filosófica, antropológica, teológica. La solución pasa por saberes que consideramos inútiles, cuando lo inútil es prescindir de esos saberes que nos pueden salvar y siempre nos han salvado.

¿Qué pasó en Toledo hace siglos? El diálogo, del que tanto nos habló Raimón Panikkar, por desgracia desconocido para la mayoría no solo de la ciudadanía, si no de los dirigentes políticos, puede salvarnos, no otra cosa. Esforzarse en comprender, en entender, en aprender del diferente y también amarlo – esa palabra tan devaluada – no solo nos enriquecerá, si no que nos salvará.


Aunque pueda parecer anacrónico, o un retraso, por el momento no soy partidario de leer con hipervínculos, de modo que ahí van las referencias que otros esperarían en el texto.

Sobre mente, conciencia, etc estoy en deuda con Gary Lachman y su libro «Una historia secreta de la conciencia».

La entrevista al arqueólogo Julio Navarro puede leerse en La Verdad

Sobre lo que dijo Mikel Azurmendi viene a asistirnos Internet y este artículo de El País. También este previo.