Te llevo al mar, yo llevo el sol




He ido más veces a la playa en lo que va del año que en toda mi vida; solamente puedo culparte a vos por eso, y por haberme sacado de mi zona de confort. Ahora cada mañana antes de preparar el desayuno veo el par de tazas que usamos el día anterior y sonrío, me gusta que estén allí esperándonos, la tuya de primera en la fila, porque sé que te gusta el café casi frío. Ese es uno de tantos superpoderes que te he descubierto, casi empata con la sorprendente habilidad que tienes para ganar en todos los juegos de mesa, ya sea por las buenas o por las malas. Pero creo que el mejor de tus poderes es el de hacerme sentir como en casa, de donde sea que venga y sin importar para dónde vaya, si vos estás allí, es como si nunca me hubiera ido, como si hubiera pertenecido a este país feliz desde siempre. “El amor es como volver a casa después de un viaje muy largo” escuché una vez en un programa de televisión; no me ha tocado hacer la maleta para estar fuera por tanto tiempo como para experimentar ese sentimiento, pero ¿qué viaje más largo que el que recorrí para llegar hasta tu puerta? Por eso toqué, me abriste y entré como Juan por su casa.

Esta vez el miedo se quedó puerta afuera, pude verlo directamente a los ojos y decirle: ya no importa. No importa cuántas veces Susan Miller haya predicho una desgracia, no importa el recuerdo de otros intentos fallidos ni las frases desalentadoras de películas: “gracias a Dios que no podemos predecir el futuro, porque nunca nos levantaríamos de la cama.” Hoy el tiempo apremia más que el miedo y yo quiero quedarme hasta que dure, que dure mientras sea intenso. Tan vívido como un atardecer en la playa, tan rico como escuchar tu canción favorita, vos sos así, como mi melodía preferida, esa a la que se le descubren nuevos sonidos cada vez que se le escucha y que hace que se nos olvide todo lo demás.

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