Cuando Claudio Chiappucci rozó el liderato de la Vuelta… (y no fue en suelo español)

Juanfran de la Cruz
Aug 9, 2017 · 6 min read
Foto de la Agencia EFE publicada por El Mundo Deportivo de Barcelona.

Todas las épocas del ciclismo han tenido su propio olimpo de ilustres y destacados, pero la entrada y consolidación de las retransmisiones televisivas han contribuido a que el pabellón de notorios de ciertas épocas esté más poblado. Por éxitos o por andanzas y renombre. La primera mitad de la década de los años noventa del siglo XX en rica en onomásticas inolvidable y entre ellas, acaso reforzada por un mote rotundo, la de Claudio Chiappucci es de las más célebres. El diablo, ahí es nada. Apadrinando incluso a un personaje peculiar como Didi Senft. De ese ocaso deportivo donde emergieron las acusaciones de dopaje en el marco del doctor Cocconi, con admisiones de las que hubo retractación, apenas se recuerda nada. Chiappucci era Chiappucci. El guerrero. El escollo. La amenaza eterna de Indurain y quizás el que, con permiso de Eugeni Berzin, más estiró el chicle del navarro con aquella cabalgada en un Tour de Francia con final de etapa en Sestriere.

Chiappucci, durante la frenética etapa Málaga-Granada de la Vuelta’97.

El Tour le dio fama, sin duda. En la ronda gala se dio a conocer, luciendo hasta el jersey amarillo ocho etapas, al fin y al cabo catapultado por aquella temprana escapada en Futuroscope. Y en Francia brilló. En sus ocho presencias, sólo un abandono, logró reunir tres podios finales en París (segundo en 1990 y 1992, tercero en 1991), dos victorias de etapa (las dos, curiosamente, una etapa 13) y dos generales de la montaña. Pero Claudio Chiappucci siempre fue más fiel a la carrera de casa, el Giro de Italia. Hasta en doce ocasiones afrontó la competición y sólo abandonó en una ocasión, en 1996 (y en la vigésima etapa, rumbo al Pordoi, cuando se había aferrado a la lucha por el top-10 provisional en una dura etapa con final en Briançon). Si se lo perdió en 1997 fue por un problema previo con el hematocrito en RomandíaChiappucci, durante un lustro, estuvo aferrado al top-5 de la corsa rosa, entre 1991 y 1995, cinco prósperos años en los que encadenó dos segundas plazas (1991, 1992) y también subió al podio final gracias a una tercera posición (1994). Franco Chioccioli y Miguel Indurain, aquella crono final en Milán donde le rebasan, pudieron con él en la lucha por la maglia. Chiappucci nunca se vistió con la maglia rosa, pero sí portó las de los puntos y la de la montaña. Ganó ambas generales secundarias, y la del mejor escalador en dos ocasiones. Tampoco fue pródigo en victorias parciales, sólo una etapa. Pero menuda etapa: un maratón de 245 kilómetros con salida y llegada en Corvara Alta Badía, dos pasos por el Pordoi con La Marmolada, el Passo Fedaia, entre medias.

Claudio Chiappucci comienza a ceder en las rampas de uno de los mitos orográficos de la Vuelta a España: el Puerto de Pajares.

Con la Vuelta a España la relación fue mucho menos estrecha, pese a que su carrera sí le hizo competir en muchas ocasiones en el calendario nacional. Con la Vuelta, empero, fue un contacto de albores y ocasos. Apenas dos presencias. Una 26ª plaza en la edición de 1988, enrolado en el Carrera, dorsal 176, y un interesante undécimo final en esa Vuelta de 1997, ejerciendo de apoyo en el ASICS-CGA para un Enrico Zaina que rozaría el podio. Chiappucci nunca ganó una etapa en la ronda española, pero sí fue testigo de dos de sus hitos históricos: la Grand Départ desde las Islas Canarias, todo un reto; y la primera salida desde el extranjero, desde Lisboa, todo un paso adelante en un campo, el de saltar las fronteras, donde aún queda mucho por hacer. Aquella salida desde Lisboa estuvo alimentada por el interés promocional de la Expo de 1998. Un interés por el que no se dudó en promocionarse en el mercado español y optó por las camisetas de la Unión Deportiva Salamanca y el Extremadura Club de Fútbol para hacerlo dentro del fútbol. Tierras con vínculos intensos con la Raia. La Vuelta a España, que sí había tenido sus escarceos foráneos en Francia y en Andorra, tuvo que esperar hasta su edición 52 para atreverse a pisar suelo portugués, un paso adelante que vino acompañado por el hecho de que se trataba de la primera Grand Départ foránea de la ronda española. Pero unas maniobras del ejército portugués, así se comentó al día siguiente en la prensa, impidieron que los helicópteros de la televisión pudieran darle cobertura a la carrera.

Aunque había sido campeón nacional en aficionados, dentro de aquella Vuelta de 1988 Chiappucci era poco menos que un desconocido. Todavía estaban por llegar sus éxitos en la Milán-Sanremo y la Vuelta al País Vasco, y la grafía de su apellido era afrontada de diversas formas. Con una “p”, con una “c”, con dos “pes” y una “c”… El Carrera contaba, como hombres fuertes del plantel, con Visentini, Bontempi y los suizos Maechler y Zimmerman. Ninguno fue convocado para aquella edición de la Vuelta en la que se echaban de menos estrellas (pese a Sean Kelly, Raimon Dietzen, Eric Caritoux, Robert Millar, Fabio Parra o Lucho Herrera) y, desde la óptica de la prensa nacional, los diez ciclistas llamados por la formación transalpina estaba compuesta por “diez desconocidos”. Chiappucci era uno de ellos. Ettore Pastorelli, compañero de formación, neoprofesional, sería a la postre el primer líder de la carrera gracias a su triunfo, y su mejor tiempo, en la novedosa salida por series en Santa Cruz de Tenerife (cinco pelotones de 36 unidades cada uno). Pastorelli ganó la última serie, donde estaban todos los gallos (Kelly, Herrera, Pino, Cubino, Lejarreta, Parra, Dietzen, Millar, los Gorospe, Van Calster,…) “Mi compañero Chiappucci, más experimentado que yo, me ayudó mucho en el último kilómetro”, declaró. Chiappucci llevaba tres temporadas ya como profesional y en aquella Vuelta acabó siendo un animador que buscó la escapada con ahínco (que si rumbo a Béjar, que si camino de Valencia, que en la ruta hacia Andorra o en la etapa con final en Valdezcaray) y se involucró en las clasificaciones secundarias de las metas volantes, los sprints especiales y la combinada. Hasta coronó cotas de montaña en primera posición. Ese guerrero Chiappucci, entonces un mozalbete de 25 años, acabaría en la general a más de 42 minutos del irlandés Sean Kelly.

Primera etapa de la Vuelta a España de 197 (fuente: ‘El Mundo Deportivo’).

Con 34 se presentó en Lisboa (en Lisboa también estaba otro ilustre, Gianni Bugno) y en su cercano autódromo de Estoril acarició el triunfo, y por tanto el primer jersey amarillo. La lógica derivada de los estrenos. Aquella segunda plaza, la mejor posición del de Uboldo en la ronda española, tuvo un punto de sorpresa por cuanto un quebrado periplo por las serranías de Sintra, con un eléctrico Mariano Piccoli dejándose ver, descolgó a varios velocistas y allanó las ambiciones de la formación Scrigno, que trabajó en las postrimerías para los intereses de Fabrizio Guidi. Guidi no pudo darle continuidad a todo ese currazo previo en el acercamiento al autódromo portugués. Pero allí sí pudo verse el sprint poderoso del transalpino, acaso enrabietado por el veto del Tour de ese año a verle entre los participantes. Chiappucci, dorsal 21, superó a Laurent Jalabert pero sin embargo fue batido por un joven danés hasta entonces no especialmente conocido en España, aunque en su palmarés contaba con toda una Gante-Wevelgem (1995). El TVM Lars Michaelsen, que posteriormente obtendría interesantes éxitos en otras pruebas, prolongaría esa seña de la casa que es para la Vuelta el hecho de que muchas futuras estrellas del pedal se dan a conocer en el ruedo ibérico.

Chiappucci, que se metió en la lucha por encabezar el sprint del grupo en la frenética Málaga-Granada, Mirador de la Cabra Montés mediante, concluyó esa segunda y última Vuelta a España en la undécima posición, a más de dieciséis minutos del suizo Alex Zülle.

El sprint del grupo que llegó tras un cuarteto Zulle-Jalabert-Escartin-Dufaux en la etapa Málaga-Granada de 1997. Chiappucci comienza a arrancar por la izquierda.
Juanfran de la Cruz

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