Cuando la Vuelta atravesó por primera vez un puerto de más de 2.000 m de altitud

El Tour de Francia se atrevió con los 2114 metros del Tourmalet en 1910 y un año después el Giro de Italia superaba los dos mil metros de altitud con el paso por Sestriere durante la quinta etapa. Las grandes alturas llegaban a las grandes vueltas para quedarse. De hecho, en ese 1911 el Tour de Francia introducía el Galibier y sus 2645 metros. Aunque la Vuelta a España, la más joven de las tres grandes, no había nacido para aquellos entonces. El año 1935 aún quedaba lejano en el tiempo. Muchas cosas tenían que pasar aún en el mundo, y muchas más desgracias y vergüenzas bélicas. Pero incluso después de su alumbramiento, a la ronda española tardó en llegarle en momento de subir ese listón.

Fue en 1965, treinta años después de que la carrera viera la luz y con motivo de su vigésima edición, durante una undécima etapa que unió Barcelona con Andorra la Vella sobre nada menos que 241 kilómetros. Toses, Puymorens y Envalira, los grandes obstáculos. Éste último, con sus 2408 metros, el techo de los Pirineos, supuso el primer ‘dosmil’ afrontado por la Vuelta. El madrileño Esteban Martín, que rodó muchos kilómetros escapado y ganó aquella etapa, fue el primer ciclista en su cumbre. Martín, aquel ciclista del mítico equipo Ferry´s que llegaría a ser campeón de España e incluso conocería algún éxito en el calendario galo de la mano de la Midi Libre.

Siendo España un país orográficamente muy rico y variado, los pasos montañosos de la Península que superan los 2.000 metros de altitud no son especialmente abundantes. Y eso que curiosamente también hablamos del mismo que posee la carretera más alta de Europa, la del Collado del Veleta (un reto pendiente, y consideramos también que inminente leyendo entre líneas las declaraciones de sus organizadores). Pero los ‘dosmiles’ existentes, porque sí los hay, acaso más dispersos que concentrados (con notorias excepciones canarias, béticas o penibéticas), tampoco es que hayan estado presentes con asiduidad. El ‘aquí no tenemos los Alpes o los Pirineos’ pudo escucharse en más de una ocasión cuando décadas atrás se afrontaban periodísticamente los porqués de los recorridos.
La Bonaigua, 2072 metros, atravesado por el Tour en 1974, y por la Volta a Catalunya desde 1940, no debutó en la carrera hasta 1980 y desde entonces se ha visitado en siete ocasiones. Y también hay que señalar que el hábito va asociado al establecimiento de metas. Desde ese 1979, solo en cuatro ocasiones los techos de la Vuelta han sido puertos de paso.
La Vuelta cogió e intensifico el hábito de los ‘dosmiles’ a medida que avanzaba la década de los años 80 y Andorra fue una buena aliada. Diez ocasiones, hasta la fecha. El punto de inflexión que dio paso a esa tendencia estuvo en uno de los momentos más tensos de la Vuelta, en 1979, cuando El Correo había renunciado a su organización y la retomó contrarreloj la Federación Española de Ciclismo presidida por Luis Puig y asociada con Unipublic. Ese año Sierra Nevada acogió por primera vez un final de etapa. Y paralelamente confirmaba esa evolución madurativa de unos extraños años previos en los que, sí, se estrenaron los finales en alto, estamos en los setenta, pero también se afrontó una edición en la que el techo de la carrera estuvo por debajo de los 1000 metros. Una altitud que se nos antoja de récord dentro de las tres grandes. Sucedió con el Puerto de Orduña, 900 metros, en la edición de 1963. En 1969 cogió su relevó el Pla de las Arenas de Sant Hilari Salcam (970 metros)
Envalira fue el primer gran techo de la Vuelta y volvió a serlo en 1967. Y por eso es y será historia. Porque hasta la irrupción de 1979 de Sierra Nevada, acogió las dos experiencias ‘dosmiles’ de la ronda española.
