
Cuando Lance Armstrong atacó en la primera subida al Xorret de Catí

La Vuelta regresa al Xorret de Catí con motivo de su edición de 2017. Será la sexta ocasión en la que esta cima alicantina, y su frenético descenso hacia la meta, reciben a la ronda española. Sus tremendas pendientes, esa dureza en la que una escapada del veterano italiano Fabio Roscioli (que se había caído en el acercamiento) se diluyó entre “eses” que ponían a prueba el equilibrio sobre las dos ruedas por un exceso de desarrollo (2000), esa rampa que exprimió y frenó al estonio Rein Taaramae (2009), sin embargo entró en el ciclismo por la puerta de atrás. De alguna manera. La Diputación de Alicante y Unipublic acordaron su incursión en el mapa apenas tres meses antes del estreno de la carrera. O al menos la publicitaron. El recorrido de 1998 había sido presentado durante la jornada de descanso en León de la edición de 1997, otro intento por cortar de raíz las filtraciones (y seguramente el más efectivo), pero lo que se mostró en el Parador Nacional de San Marcos no fue definitivo absoluto. Primero por la citada inclusión del Xorret; y también por la modificación sustancial de la etapa de Sabiñánigo, que originalmente iba a imitar el recorrido de la Quebrantahuesos pero que posteriormente fue variada para evitar el paso a Francia y, paralelamente, cualquier problema con la Gendarmería. Se venía del convulso Tour de Francia de 1998. Por ese motivo, por ser la primera grande tras el aciago verano del caso Festina, a la Vuelta se la veía con cierta lupa.


Debutó el Xorret de Catí en la ronda española y allí se dejó ver Lance Armstrong. El estadounidense que tiranizó el Tour de Francia durante siete ediciones consecutivas, el mismo que, en palabras de la Agencia Antidopaje de EE UU, encabezó el “más sofisticado programa de dopaje jamás visto”, ese que una parte (pero en absoluto todo) del orbe ciclista intenta olvidar de su memoria y de sus anales, ese mismo Lance, dejó de ser una crisálida para el asalto a las generales de las tres semanas en aquella edición de la Vuelta. El fenómeno Armstrong se curtió en la ronda española, en ella comprendió de sus aptitudes, seguramente también de las bondades de ciertas planificaciones prohibidas, y también comenzó a germinar el núcleo de la gestión de sus éxitos futuros. Cuenta Juliet Macur en su libro La rueda de la mentira que en aquella Vuelta de 1998 Johan Bruyneel, comentarista televisivo entonces, y Armstrong establecieron una relación más intensa que traería consigo el nombramiento del belga como director de la escuadra US Postal de cara al curso siguiente.
La carrera de Armstrong es un mal recuerdo que por mucho que se haya tapiado a base de descalificaciones eternas no será fácil de ignorar. Oficialmente no queda rastro de su paso por ningún palmarés. Pero su tiranía, sus modos y sus historias han sido tan intensos y tan duraderos que hacen muy difícil su olvido en unos cuantos lustros. En el mundillo del deporte, al menos en su perspectiva directiva y desde luego en la antidopaje Lance es un apestado, un ogro. Pero siete años de domino monotemático en el Tour son muchos y abarcan muchas tardes, demasiadas como para olvidarlas de la noche a la mañana o para empujarlas a un repentino vacío, a una inmediata inexistencia. Lo que pasó, pasó; y dada su magnitud no podrá ignorarse durante alguna generación. Aunque el castigo fue ejemplar, y tardío, como su arrepentimiento por años de mentiras, presiones y coacciones, aunque fuera parte de un sistema y de una omertá, a ojos de la opinión pública “lo de Lance” fue tremendo. Su auge. Su caída.

Aquel 1998 Armstrong compitió por primera y última vez en la Vuelta. El estadounidense acabó cuarto en la general final de aquella edición, a seis segundos de la tercera plaza del podio que ocupó José María Jiménez y a 2:18 del campeón Abraham Olano. Fue uno de los protagonistas de la prueba, liderando un US Postal en el que le acompañaban Christian Vande Velde, Jonathan Vaughters (penúltimo clasificado en la general final), Peter Meinert-Nielsen, Jean Cyril Robin, Sven Teutenberg, Antón Villatoro o Joan Llaneras. Las investigaciones futuras sobre sus prácticas dopantes acabarían privándole de todos los resultados deportivos de su carrera, por lo que aquella cuarta plaza se evaporó. Pero siempre existirá constancia gráfica. Ese “él estuvo ahí”. Ya en el Xorret se movería primero Mirko Gualdi, reaccionarían Pascal Hervé y José María Jiménez, tensaría Mikel Zarrabeitia, volvería a tirar Pascal Hervé, aceleraría de nuevo Jiménez, le daría un punto más Laurent Jalabert y el texano lanzaría el ataque más duro de los acaecidos en el grupo cabecero. “Muy bien Armstrong, muy bien Armstrong”, le elogiaba el siempre recordado Pedro González, recordando su título mundial de 1994 por delante de Miguel Indurain y su, todavía entonces, reciente batalla contra el cáncer. Lance rodó destacado varios cientos de metros, hasta que fue cazado y rebasado por Jiménez, quien sería el primer ganador en esta meta inédita.
Lance no cedería inmediatamente y trataría, peleándose contra un rampón del 18%, aferrarse a su terquedad para no perder muchos metros respecto a Jiménez. Pero el Chava, en su año, en su Vuelta, en la ronda española (jugando con una acertada expresión de Marcos Pereda) de su sainete y de su épica, lograría marcharse en solitario. Armstrong, en el grupo de ilustres donde no estaba Roberto Heras, segundo, perdería el sprint por la tercera plaza con el francés Laurent Jalabert. Lance corrió mucho en España, pero sólo disputó una Vuelta. Una Vuelta donde rozó el podio y en la que cuajó buenas actuaciones contrarreloj (sexto en Alcudia; tercero en Fuenlabrada) y en la montaña.

