La Vuelta 1988, en la isla de Tenerife.

De la experiencia canaria de la Vuelta en 1988 y las críticas por los traslados caóticos

Iñaki Gastón se impone en Santa Cruz de Tenerife, también meta de la segunda etapa.

La cuestión canaria, la de la publicitada intención de que la Vuelta afronte sus cuatro jornadas finales en el archipiélago, es uno de los retos pendientes de la ronda española. De vez en cuando la temática se reactiva por alguna de esas declaraciones relacionadas con el asunto que han venido produciéndose atemporalmente desde que el runrún maduró allá por 2011. En una época de retos y cambios, de ambición hacia el futuro y de solvente apoyo de todo un Tour de Francia, no era descabellado que llegase un final en el Teide de la misma forma que había nacido el jersey rojo para la general o se había organizado un final en la Bola del Mundo. La mediática cumbre madrileña que arranca en la cima del Puerto de Navacerrada siempre fue uno de los grandes sueños publicitados por Enrique Franco. Otro, acabar una edición en la cima del Teide. Cumplido con reincidencia el primero, aguarda el segundo. Consecuencia lógica de esta espiral de apuestas, descubrimientos y retos que persiguen obsesivamente hacer honor al lema de ‘pura emoción’. Javier Guillén no ha ocultado que es un objetivo que está ahí, pero también que conlleva unas exigencias de logística que encarecen la cuestión económica. Y la coyuntura de lo monetario no ha sido la mejor. Pero ahí siguen las Islas Canarias, esperando; un acuerdo latente que aguarda su momento. Un será sin fecha concreta pero que será con certeza.

La crono por equipos entre Telde y Las Palmas (captura de un vídeo de Prisco Navarro)

“Hay un inconveniente logístico, que casa mucho con la situación económica. No voy a hablar nunca de cifras, pero sí sé que esta operación requiere de ciertos recursos económicos para trasladar la Vuelta a Canarias. También le digo que merece mucho la pena. No nos quedemos solo en lo que cuesta, sino también en lo que reporta. Debemos verlo no como un gasto sino como una inversión. Desde el punto de vista logístico los planes están diseñados y salen. Entiendo que económicamente son tiempos difíciles y por eso Unipublic nunca se quejará de que esto no se pueda hacer por un tema monetario. Al contrario, trataremos de buscar las fórmulas necesarias para paliar entre todas las partes esos efectos económicos”, manifestó Guillén en una entrevista con La Opinión. Ya que se hace, tiene que hacerse bien, en otras palabras. “Existe la voluntad de hacer algo grande en las islas”, recalcaba en esas mismas páginas. “El proyecto está concebido para hacer dos etapas en Gran Canaria y otras dos en Tenerife, aunque ya se verá de qué manera y cuál será la tipología de las mismas. Pero la presencia de la Vuelta en el Archipiélago será contundente”.

Hermans rueda escapado durante la segunda etapa de la Vuelta 1988.

La Vuelta nunca ha finalizado una edición en las Islas Canarias. Pero sí las visitó en una ocasión, en abril de 1988, con motivo de una Gran Salida que fue toda una aventura. Tres etapas, dos islas. Y un traslado cruel. El velocista neerlandés Mathieu Hermans ganó la siguiente jornada, la cuarta, a todo aquel desplazamiento agotador. Fue en Badajoz, en un día en el que una enorme montonera agrió aún más los ánimos de unos ciclistas exhaustos y quejosos. El retorno a la Península se había desarrollado sobre una kilométrica jornada de 210 kilómetros entre Alcalá de Guadaira y Badajoz que comenzó con retraso y a la que se llegó con mucho déficit de sueño en los deportistas. Hubo quejas, hubo críticas y hasta hubo amenazas de plante. “Han pasado muchos años y de 1988 lo que más recuerdo fue el intenso traslado desde las Islas Canarias. Muchas horas de espera. Poco dormir. Además ya en la Península se retrasó la salida… Luego encima de la bici, cuando estás en carrera, te metes en la disputa. De la caída no recuerdo mucho porque cuando estás delante no te enteras en el momento si la caída es por detrás… Pero de la meta en Badajoz sí recuerdo cómo me pude lanzar bien en los últimos metros y superar a los contrarios. Esa primera victoria siempre es la más difícil y a partir de ahí todo fue mucho mejor. Esa Vuelta fue mi mejor momento como profesional gracias a esas seis victorias y ese momento comenzó en Badajoz”, rememora el excorredor de los Países Bajos, que se había dejado ver en fuga, sorprendentemente, por las rutas tinerfeñas. Hermans, cuando levantó los brazos en la capital pacense, era el corredor que más había ganado ese año hasta el momento, finales de abril: nada menos que doce éxitos. Por cierto que aquel fue el último final en línea de la Vuelta que disfrutó Badajoz, que en ese 28 de abril volvía a contemplar a los ciclistas en vivo y en directo por primera vez desde la Grand Depart de 1969.

Extracto del artículo publicado por Chico Pérez en el ABC del 25 de abril de 1988.

Unipublic se había atrevido a afrontar un complejo reto organizativo que, desde la perspectiva de muchos miembros de la caravana, no salió del todo bien; y para colmo se había topado con algunos episodios de rechazo. Tras tres jornadas inéditas en el archipiélago canario, dos en la isla de Tenerife y otra en la de Gran Canaria, una gran inversión de 80 millones de pesetas de la época en aras de potenciar el turismo, toda la caravana de la Vuelta regresó a territorio peninsular para afrontar esos 210 kilómetros de contexto especial y más duro, porque eran otros tiempos: la mentalidad de la organización era otra (por supuesto también las fechas y por ende la ubicación en el calendario) y aquí ni se planteaban jornadas de descanso ni tampoco una reducción sustancial de los kilometrajes para atemperar los desplazamientos. Los ciclistas venían de afrontar una novedosa y algo compleja primera etapa por series al más puro estilo del ciclismo del este de Europa, una segunda jornada orográficamente complicada pese a rodear el Teide y no superar nunca los 1.200 metros de altitud y una tercera contrarreloj por equipos. Se cuestionaba el redactor Chico Pérez en un artículo aparecido en ABC: “Quizá la organización ha sufrido una cierta confusión, al no distinguir bien el espectáculo de la competición”. Paralelamente a las propuestas de etapa, sin tener en cuenta el futuro largo desplazamiento hasta Sevilla y el cambio de huso horario y su hora más, reivindicaciones de índole independentista se concretaron en conatos de sabotaje plasmados en clavos y chinchetas sobre el asfalto. Al final, escriben Daniel Cabrero y Sergio Fuente en su completo libro sobre la historia del equipo Clas: “Accidentado traslado a la península en el que las críticas a la organización son constantes”.

Varios ciclistas escapados pasan bajo un drago (fuera de cuadro) en Icod de los Vinos.

Ya entonces Hermans fue uno de los más críticos con la organización por el encadenado de molestias de los primeros días: “Un ciclista no puede acostarse a la una o las dos de la madrugada como estos días”. Y es que su queja estaba basada por lo vivido en las carnes propias: “Ya se pueden imaginar que estas primeras etapas en las Islas Canarias son el no parar para todos. Corredores, directores, organizadores y periodistas estamos deseando que la cosa se normalice y lleguemos de una vez a la península. Lo que ocurre es que las etapas, el trabajo y los traslados estamos ocupados desde las siete de la mañana hasta la madrugada siguiente y el cuerpo tiene un límite para resistir. Y si no que se lo digan a los corredores del Seur, Caja Rural, Pony Malta, Postobón, etcétera. Tuvieron la desgracia de volar en el último avión desde Tenerife a Las Palmas. El vuelo salió con hora y media de retraso y no se acostaban hasta la una y treinta de la mañana. Naturalmente al día siguiente tenía que correr”, explicaba Javier de Dalmases en las páginas de El Mundo Deportivo del 28 de abril.

El sprint de Badajoz en 1988.

Los ciclistas, ciertamente cansados de tanto traslado previo, se mostraron muy irritados por la caída tremenda que tuvo lugar a tres kilómetros del final, en la que tras impactar contra el público el italiano Sauro Varocchi se rompió una de sus clavículas y el entonces líder Lale Cubino se dejó tiempo (más aún por las bonificaciones pescadas por el irlandés Sean Kelly tanto en una meta volante como en la llegada), un accidente por la que fue otra vez señalada la organización debido a un repentino y radical estrechamiento de la carretera inexistentemente indicado y justo antes de un giro: “Pasó de diez metros a tres”, denunciaban sobre un lance que frenó en seco al grueso del pelotón e incitó a buscar escapatorias entre el numerosísimo público para proseguir la marcha. “No he corrido nunca la Vuelta a Portugal, pero me imagino que estará mejor organizada que ésta. En el estrechamiento no había señalización”, bramaba el siempre volcánico abulense Ángel Arroyo. “Esto es un auténtico desastre de organización. He estado en siete Vueltas a España y tal mal montada no habían estado nunca”, coincidía Julián Gorospe. “La confusión fue enorme y un numeroso grupo de corredores acabó por los suelos”. La gran estrella española del momento, Pedro Delgado, se perdió toda esa coyuntura porque ese año optó (en otra decisión que también causó cierto revuelo mediático) por acudir al Giro de Italia. Aunque el segoviano, sin competir, sí estuvo en la Vuelta: comenzó a hacer sus pinitos colaborando con los medios de comunicación.

Comparecencia de Enrique Franco tras el caótico retorno a la Península.

Pero, más allá del accidente, los corredores también mostraron su pesar por el desastre del traslado a la península: en la salida de Alcalá del Río, que cerca estuvo de retrasarse por lo que el periodista Javier de Dalmases calificó de “bloqueo histórico”, faltaban vallas y a los equipos les faltaba material, entre otras cuestiones. El gentío alrededor de los deportistas no fue cosa exclusiva del punto de partida, sino que también hubo una “invasión de miles de pacenses” en el entorno de la llegada, ubicado en la Ronda del Pilar. Como si se hubiera cumplido el deseo del entonces alcalde, Manuel Rojas Torres, mostrado en el saludo oficial del libro de ruta: “Recomendaría a la organización, ciclistas, prensa y a todos cuantos componen la gran caravana que sepan aprovechar su corta estancia entre nosotros para conocer la ciudad y mezclarse con sus ciento veinticinco mil almas. Comprobarán que de todas sus riquezas, la mejor de Badajoz son sus gentes”.

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