Laurent Fignon, en pleno esfuerzo con rumbo a Ávila.

De la gran cabalgada de Laurent Fignon que le valió para alcanzar por primera vez un podio final de la Vuelta (al que no subió)

Fignon, ganador en Ávila; y la meta, ubicada en un velódromo, nada de murallas aún.

La crono de Valladolid le había dejado undécimo, a más de cinco minutos del liderato que le había arrebatado el irlandés Sean Kelly al colombiano Lucho Herrera. Laurent Fignon, en la que era su tercera participación en la ronda española, se mostraba confuso por su rendimiento contrarreloj. Mal de inicio, mucho mejor en sus postrimerías. En todo caso, un nivel por debajo de los hombres que se jugaban el amarillo. No, no le sentaba bien la Vuelta, él mismo lo escribiría en sus memorias, Éramos jóvenes e inconscientes (Cultura Ciclista), y en esta ocasión ni tan siquiera podría quedarse con el consuelo de finalizar dentro del top-diez. Como en sus dos presencias anteriores. Aquella crono de Valladolid tenía algo de losa. De sentencia. El amarillo Caja Postal prácticamente se le adjudicaba de manera definitiva a Kelly, aún restando cuatro jornadas. Pero al día siguiente, 213 kilómetros entre El Barco de Ávila y Ávila, la Vuelta saltó por los aires con la sorprendente retirada de Sean Kelly, aquejado de un forúnculo, y el paso adelante dado por muchos ciclistas ante ese vacío. Laurent Fignon, el mítico Laurent Fignon, el rubio de las gafas de cristales redondos, el de la coleta y la frente cada vez más despejada, el malogrado campeón al que un cáncer le arrebató la vida en agosto de 2010, apenas 50 años, fue uno de sus grandes protagonistas. Han pasado ya 30 años, precisamente en este 2017 se ha cumplido la efeméride, del día en el que Laurent Fignon dejó su última y más importante impronta en la Vuelta a España. El 12 de mayo de 1987, Laurent Fignón firmó una exhibición por las sinuosas carreteras de Gredos que le permitió acceder por primera y única vez al podio de la general final.

Una kilométrica lucha contra el viento.

Fignon había debutado en la Vuelta en 1983, carrera a la que llegó como escudero de Bernard Hinault en la formación Renault y en la que fue fundamental para el segundo éxito del bretón en su general final. Fignon, aunque con cierto disgusto de su jefe de filas porque había arrastrado detrás de sí a algunos rivales, se impuso en la cuarta etapa, con final en San Quirze del Vallés. Un éxito notable que se unía a su triunfo parcial en el Giro de Italia del año anterior. Pero sobre todo Fignon fue un escudero leal y su contribución resultó decisiva en la mitificada etapa del Puerto de Serranillos en la que Hinault reventó al hasta entonces líder Gorospe. Si el tejón logró tal cosa, desde luego mucho tuvo que ver un Fignon que marcó un ritmo frenético, tirando de plato grande, durante cinco o seis kilómetros. El full gas fue algo made in France. “Le dimos la vuelta a la Vuelta y embrujamos el espíritu a todos los que lo vieron”, recordaba el parisino, finalmente séptimo en la general de aquella edición e inminente ganador del Tour de Francia tanto ese mismo año (en la que era su primera participación) como el siguiente. Sí, de alguna manera la ronda española le instruyó: “La Vuelta me había dado confianza en mí mismo”.

Fignon tira de Pino en la subida a Sierra Nevada de la Vuelta 1986.

Fignon regresó a la Vuelta en 1986, como líder del Pegaso-Bose, pero su paso no levantó especial atención. Repetiría la séptima plaza en la general final, pero nunca estaría realmente delante, con los hombres que se jugaban la carrera. De todas formas aquella Vuelta era su primera carrera de tres semanas tras un año 1985 en blanco por culpa de una lesión de rodilla. De nuevo con galones, aunque sin tanta notoriedad, Fignon volvería a la Vuelta a España en 1987 como jefe de filas del Systeme U. No llegaba en las mejores condiciones y sin embargó acabó firmando una participación de menos a más. Recuerda el propio Fignon en sus memorias: “Cuando llegué a la salida de la Vuelta a España, con un estatus de segunda fila y ya no de favorito, arrastraba desde hacía días una sinusitis de caballo. El médico quería que renunciara. Al cabo de pocos días estaba al borde de la rendición. Resultados patéticos. Tras acabar 28º en el prólogo, en la primera etapa me descolgué de un abanico: acabé en el puesto 83”. Repuntaría, no obstante. Y así llegamos la decimonovena etapa, etapón montañoso con los puertos de Peña Negra, Santa María de Gredos, Pedro Bernardo, Serranillos y Navalmoral en la que a priori Lucho Herrera debe poner a prueba la consistencia de Sean Kelly. La retirada del irlandés, sin embargo, genera cierto revuelo y acaba provocando muchos movimientos. Uno de los involucrados en las ofensivas fue el francés, quien lo probó en el Puerto de Serranillos y se marchó en solitario en el descenso aprovechando cierto caos de coches. Con muchos kilómetros hasta la línea de meta, armado con el maillot de Café de Colombia de una clasificación secundaria, luchando contra un fuerte viento que, por momentos, era realmente tremendo, Fignon regresó a su mejor nivel. “Fignon estuvo muy cerca de sus grandes días”, escribía el maestro Javier de Dalmases.

Un jovencísmo Fignon tira de Hinault en Serranillos durante la Vuelta de 1983.

Fignon se impuso en esa decimonovena etapa y aventajó en más de un minuto al grupo de favoritos, encabezado por el nuevo líder Lucho Herrera. Su osadía le valió para pegar un importante salto en la general de la carrera y ubicarse en la tercera plaza. Ascender al podio. Nada menos. Con su magnífico castellano (estudió español en sus años colegiales) explicaría tras la etapa: “Sí, había pensado atacar en Serranillos. Lo conozco de 1983, con Hinault. Pienso que es un buen puerto para atacar, y más porque antes se subía Pedro Bernardo y quedan veinte o treinta kilómetros de subida. Un esfuerzo muy duro. Han sido sesenta kilómetros finales con mucho viento, con viento fuerte; en los diez últimos kilómetros ha hecho mucho viento”. Aunque había comprobado la efectividad de los ataques en el descenso e incluso dejaba abierta esa posibilidad para intentar asaltar el liderato, por qué no, el equipo colombiano acabó estimulando la pasividad de la formación de Guimard con una generosa partida económica.

Laurent Fignon, atendiendo en un magnífico castellano a TVE.

Fignon también tuvo su Serranillos. No ganó la Vuelta, pero al menos sí alcanzó el podio final en Madrid. Aquella de 1987 fue su mejor participación en la ronda española, una carrera donde ayudó a otros a ganar (Hinault, 1983) y en donde se impuso en dos etapas (San Quirze del Vallés, Ávila). Disputó tres ediciones, siempre hizo top-ten y en su última presencia logró subir al tercer cajón Un gran ciclista; a ratos frágil, a ratos imbatible y siempre lleno de inquietudes vitales. Todo un doble ganador del Tour de Francia o la Milán-Sanremo, o de un Giro de Italia, en el podio final de la Vuelta. En el podio final, sí, pero en un podio “virtual”, toda vez que el francés se marchó con rapidez hacia el aeropuerto tras la última etapa para no perder un vuelo y regresar a casa lo antes posible. No subiría al podio final, algo de lo que se avergonzaría años después y que explicaría en sus memorias: “Me fui de España más bien cabizbajo, de forma francamente poco gloriosa. Despechado, ni siquiera subí al podio de los tres primeros de la general. Aquello fue todo un desprecio a la organización. Tenía la cabeza en otro sitio”.