Indurain, Gorospe y Santamaría, en la crono por tríos con la que comenzó la Vuelta de 1991 en Mérida.

De la Vuelta y de sus etapas contrarreloj

Crono entre Eibar y Vitoria de la Vuelta 1959, con Elgeta y Urkiola en un menú de 62 km.

La lucha contra el reloj también tiene su cuota de protagonismo en una carrera tan peculiar como la Vuelta. Y hasta sus curiosidades. En los últimos años se ha asentado el modelo de emplear la modalidad por equipos para darle el pistoletazo de salida a la carrera (ininterrumpidamente desde 2010; con cierta frecuencia desde 2002) y recurrir a la individual sólo una vez y con una distancia oscilante entre los 35 y los 47 kilómetros. En las dos últimas ediciones esa cronometrada individual ha estado ubicada en la última semana. Y en 2017 la que une el navarro circuito de Los Arcos y la riojana Logroño no es una excepción.

La montaña engancha más, es posible, pero la contrarreloj tiene mucha más chicha para el espectador en directo. ¿Por qué? Porque se puede disfrutar del paso de todo un pelotón, desgranado, uno a uno, más allá de ese movimiento fugaz, tras una generosa espera, que conlleva cualquier otra etapa en línea. Sin embargo, los menos aficionados pueden encontrarlas menos atractivas. Las cronos son más caras, en términos de contratación, y también plantean muchos más problemas de movilidad (calles cortadas, desvíos forzados, incomodidades al tráfico…) en las urbes que se atreven con ellas. Pero esto siempre ha sido así.

Que no sean los mejores tiempos para la disciplina en las grandes vueltas por etapas (especialmente en el Tour de Francia y la Vuelta) quizá entronque con esa especie de obsesión por mantener las generales apretadas que se viene produciendo en el último lustro. Hasta el último segundo del último minuto. La historia, además, nos recuerda cómo los patrones de las grandes vueltas han recurrido en diferentes épocas a la crono como amenaza cuando los ritmos de carrera eran muy bajos o no les satisfacción. Las cronos eran un látigo, vamos. Es curioso, porque la crono permite a perfiles ciclistas no tan escaladores, o al menos más versátiles, poder involucrarse en la lucha por una general. E incluso, llegado el caso, obliga a los más grimpeurs a tener que aprovechar toda la montaña para rehacerse… Son formas de verlo. Y esas formas han ido mutando con los tiempos, con los años, ya fuera bajo la organización de El Correo ya con Unipublic ya con otras.

Victoria de Capó en la crono más larga (imagen: Gaceta del Norte)

La Vuelta descubrió la contrarreloj en su tercera edición, 1941, con un trazado de 53 kilómetros entre Gijón y Oviedo. Era una crono individual. Desde entonces siempre ha estado presente esta disciplina, con sus altos y sus bajos, con sus innovaciones y hasta con sus dramas, con sus adaptaciones a las modas y las épocas. La Vuelta organizó su primera crono por equipos en 1946, siguiendo la ruta principal que conecta Valencia con Castellón en una etapa fijada sobre 67 kilómetros. Este mismo recorrido, con alguna pequeña variación de kilometraje, en sentido inverso, fue afrontado como crono individual en la Vuelta de 1950, la que ganó el gallego Emilio Rodríguez (hermano de Delio) y en la que se afrontó la crono más larga jamás celebrada en la ronda española: los 93 kilómetros entre Pamplona y Tudela donde el mallorquín Bernardo Capó impuso su ley. Más de 200 kilómetros, repartidos en tres cronos, tuvieron que negociar los ciclistas bajo la fórmula de la contrarreloj en aquella Vuelta de 1950.

Miguel Indurain, cronoescalando Valdezcaray.

Con el renacimiento de la Vuelta de la mano de El Correo la crono vivió unas ediciones de grandes kilometrajes y otras, las más, en las que se la convertía en un espectáculo, sobre un circuito y una distancia relativamente baja. Gracias a una crono de las citadas en primer lugar, 65 kilómetros entre Becilla de Valderaduey y Valladolid, ganaría su única vuelta de tres semanas el francés Raymond Poulidor (1964). De las segundas, muchísimos ejemplos y un año como referencia: el 1971 en el que se programaron tres cronos que, entre las tres, no sumaban más de 12 kilómetros. El Correo recurrió a la lucha contra el reloj como epílogo, como fin de fiesta, como última etapa, y fue completamente normal, tales eran los tiempos, que llegaran en jornadas divididas en un par de sectores. Las cronos no volvieron a ganar autonomía en la Vuelta hasta finales de la década de los años ochenta. En esos tiempos sucedió que, acaso por la influencia del Tour, la crono en todas sus modalidades ganó mucha presencia. Gran Canaria vivió una jornada de pugna por equipos en 1988 y en esos años Valdezcaray se convirtió en la cronoescalada por excelencia. La Vuelta, en sus giros de tuerca, hasta dio un paso adelante proponiendo un prólogo disputado bajo la fórmula de contrarrelojes por tríos en 1990 y 1991. Las cosas de Alberto Gadea.

La Vuelta de las cronos: 1991 (gráfico: El Mundo Deportivo).

En 1991 la Vuelta a España tuvo prólogo por tríos, crono por equipos, una primera crono larga de orografía favorable, una cronoescalada y una crono aún más larga en los últimos días. Como lo leen. Cinco etapas contrarreloj (etapas o subetapas, porque la de las escuadras era vespertina tras una primera meta matutina en Cáceres); todo lo contrario que estos tiempos actuales en los que a la lucha contra el tiempo, por equipos o individual, se le han limado kilómetros, días o incluso las dos. Lo de las cronos por tríos es otra de esas curiosidades que permanecerán en la historia con la firma de la ronda española. Las cronos por equipos de los últimos años, sobre todo en lo que a localizaciones se refiere, también hacen sus aportes: Sevilla de noche, el recorrido de los ‘Sanfermines’en Pamplona, la salida desde una batea, el cruce de la Arena de Nîmes de este 2017… Aunque a veces, como pasó con Marbella y las cuatro superficies, el experimento no resulte o depare mucha polémica.

Alberto Contador, delante de amigos y familiares de Barcarrota, en la crono al Puerto de Navacerrada de la Vuelta 2008.

Las cronos en la Vuelta han tenido puertos por el medio, han llegado a campos de fútbol (San Mamés, el Santiago Bernabéu), a circuitos de velocidad (el Jarama; la Catedral Assen, en los Países Bajos) e incluso ha conectado dos países (De Francia a España), ha tenido “microcronoescaladas” (Los Ángeles de San Rafael, en los setenta), ha bebido mucho de circuitos urbanos y ha gozado de asiduidad a las jornadas de doble sector. Pero la ronda española también tiene dos etapas cronometradas, las dos en San Sebastián, que han sido borradas de los anales: una no se llegó a disputar, la última etapa de la edición de 1977, porque la situación política hizo que la organización cambiase el previsto final cronometrado de San Sebastián por otro al sprint en Miranda de Ebro; la otra sí, en 1978, con victoria para Bernard Hinault y con varios ciclistas siendo retenidos por un sector del público que quería reventar la carrera, lo que llevó a los jueces a anular todos los resultados. Y quien sabe si comenzó a esbozar un cambio de gestión para la carrera… pero esa es otra historia.

Todas las cronos (individuales, equipos, tríos) celebradas en la Vuelta a España hasta 2o17.