Ella

Esta no es una alabanza a la última película de Spike Jonze, aunque bien merece muchas de ellas. Tampoco es la carta de un hombre enamorado –o mujer, eso es lo de menos– a la mujer que le quita el sueño. Lo que sí es, es una cuestión muy personal, así que si no es de quienes gustan de leer sobre las experiencias de otros fulanos, aquí no se le ha perdido nada. Y no hay problema por eso, siga adelante con toda libertad.

Siempre pensé que si algún día me atrevía a escribir (y hacerlo público, que es totalmente otro asunto), lo iba a hacer sobre ella. Y así lo voy a hacer. Disculpe de antemano por no hablar de temas más relevantes o de interés social, esos los abordan otros, y mucho mejor de lo que yo podría hacerlo. Habiendo dicho esto, no me queda de otra más que proceder…

* * *

Un 16 de julio no debería ser una fecha muy especial. En una búsqueda rápida por Wikipedia se dará cuenta que ese mismo día nació Will Ferrel y murió John F. Kennedy Jr., acontecimientos sin importancia cualquiera de los dos, ¿cierto? Como sea, ese no es un día cualquiera, aunque lo parezca. No lo es desde hace seis años.

Eric Cartman despotricaba contra la celebridad de paso contra la que la prensa rosa la tenía igualmente en ese momento. En este instante no preciso contra quién, pero tampoco es de gran importancia. Tranquilidad, aún no mataban a Kenny. Tranquilidad, aún no lo arruinaban todo dándole voz, tampoco.

Recuerdo poco sobre esa noche en realidad. Recuerdo a mi papá entrar por la puerta del cuarto y decirme “la chiquita ya se fue”. Recuerdo no haber expresado mayor emoción por las próximas horas y sentarme en el sillón del corredor a ver la casa de los vecinos, toda a oscuras. Recuerdo haberle dicho a mi papá “me siento vacío” con el pokerface probablemente más absurdo de la historia, mientras me devolvía un “eso es normal” como respuesta. Recuerdo escuchar a mi mamá llorar a mi lado, no por ella probablemente, sino por mí y por prever lo que se me venía encima.

El día siguiente lo recuerdo con mayor nitidez. Recuerdo llorar como un loco por toda la iglesia y pasar de los brazos de uno a los de otro. Recuerdo a su mamá decirme que algún día encontraría una mejor amiga igual que ella. Recuerdo haberlo negado de inmediato. Reconozco que lo sigo negando hasta el momento. Recuerdo caminar por inercia detrás del carro de la funeraria hasta el cementerio, y ver cómo metían el ataúd en una de las fosas y ver cómo la sellaban con cemento. Recuerdo llegar a mi casa a medio día y dormirme hasta el día siguiente.

Es penoso, pero con el tiempo los recuerdos que mejor han sobrevivido son los malos. Ella diciéndome que las plaquetas estaban bajas de nuevo y que tenía miedo, para luego abrazarme. Ella hirviendo en fiebre antes de que se la llevara la ambulancia ese último día que la vería con vida, mientras me abrazaba y me dejaba la camisa llena de la sangre que le salía por la nariz. A ella le gustaba abrazarme, a mí me gustaba que lo hiciera.

Era demasiado qué procesar para alguien de apenas dieciséis años, y hablo tanto por ella como por mí. Aunque a ella le faltaron apenas cinco días para llegar a los dieciséis. Hoy cumpliría veintidós, y apenas me doy cuenta.

A veces trato de traer recuerdos agradables de ella a mi mente; y llegan un par, pero poco precisos. Recuerdo estar acostado con ella en el escenario antes de clases de teatro, o reírnos de las estupideces que decían algunos de los compañeros de clase. Pero ignoro totalmente de quién o de qué nos reíamos. Y listo. La memoria es estúpidamente astuta para desechar recuerdos poco relevantes, y deja por desgracia sólo aquellos que resultan particularmente negativos, al menos en este caso. Esto tiene sentido ahora para mí: los recuerdos asociados a experiencias emocionalmente significativas son los que mejor se almacenan en la memoria, citando a una de mis profesoras favoritas de la carrera de Psicología. Desearía haberlo sabido antes.

Luego de eso vino lo obvio: una depresión de mierda que no me soltaba (ni me ha soltado del todo hasta el momento, lo reconozco) por más intentos que hiciera. Luego de leer los insulsos libros de Stephenie Meyer (he reconocido más cosas de las que quisiera en esta publicación) para darle un fin a una saga que ella no pudo terminar y guardarlos de manera irracional por pensar que me ligan de alguna manera a ella; libros los cuales pude terminar gracias a noches interminables con miedo de que algo se volviera a apoderar de mi durante la noche mientras estaba dormido (quien haya sufrido de ataques de pánico durante el sueño entenderá de lo que hablo), y de meses de terapia y ansiolíticos y antidepresivos, pude recuperar mi vida medianamente normal.

Sin embargo, las crisis son recurrentes y, en su mayoría, solitarias. Por esas mismas crisis decidí hacer algo al respecto después de seis largos años de no comprometerme ni por un momento a cambiar la situación para mi bien. Ante cada evento mínimamente depresivo el pensamiento inmediato no podía ser otro que «esto sería más fácil si ella estuviera aquí». Y no más. No es justo ni con ella ni conmigo.

El 16 de julio pasado fui de nuevo al cementerio después de –creo– dos años de no hacerlo y hablé con ella. La escena pudo ser digna de un Oscar, porque premian la cursilería como ninguna otra cosa, pero por suerte no estuvo nadie ahí para grabarla. Le prometí –me prometí– no volver a traerla más a colación cada vez que algo malo sucede. Le prometí –me prometí– abrirme a la posibilidad de encontrar a nuevas personas con quienes poder establecer relaciones emocionales realmente significativas y alejarme de la idea ilusa de conservar a la mejor amiga muerta en un pedestal. Le prometí –me prometí– aceptar que está muerta, y que soy yo quien está vivo. Le prometí –me prometí– darme cuenta de que soy yo quien está ante un mundo lleno de posibilidades, las cuales he estado desperdiciando.

Jamás he sabido cómo terminar un texto. Soy el campéon mundial en redacción de malas conclusiones o párrafos de cierre, pero por esta vez creo saber cómo hacerlo. No soy un gran fanático de la poesía, pero el Poema XX de Neruda siempre me ha provocado una particular fascinación, y hoy creo entender por qué.

Tómese lo siguiente también como una promesa: este es el último dolor que ella me causa, y son estos los últimos versos que yo le escribo.

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