Un bien común

Tal vez pueda comenzar de cero, terminar lo que no terminé, o empezar con pie derecho. Debería ser periodista, ser alguien, no ser nadie. Debería dormir más, dormir menos, pasar las noches en vela. Cambiar las cortinas de la casa, quitar las cortinas, comprar unas por 600 millones de pesos. Desearía ser invisible, ser el rey del mundo, gastar dos billones de pesos en publicidad. Quizá debería ir a cenar con Clemencia, o hacer juntos una dieta, gastar 15 millones de pesos en almendras. Tal vez pueda quedarme callado, aprender otro idioma, gesticular menos. Debería hacer la guerra, ser ministro, firmar la paz. Debería proteger el medio ambiente, autorizar el fracking, destruir los páramos. Debería preocuparme por el desempleo, mejorar la educación, reducir el presupuesto de Colciencias. Debería montar una empresa, vender una empresa, subastar Isagen. Algún día quisiera ser actor, protagonizar House of Cards, ser presidente de Colombia. La política, hace mucho, era un acto noble: hacerse responsable de la administración pública, el bien común. Hoy el bien común ni es bien ni es común. Hace unos días escuché a un escritor colombiano en la Feria del Libro de Bogotá decir que “Nunca ha existido el Estado en Colombia, solo gobiernos, cada vez más atropelladores y rapaces”. Si yo lo pienso, quizá él tiene razón en alguna parte. La relación entre los colombianos y el poder ha sido un puente roto durante más años de los que alguien puede recordar: mientras más cerca estamos de un policía, un guarda de tránsito, un político o un funcionario, más miedo sentimos. No debería ser de esa forma, pero encontramos una manera monstruosa, un argumento seco para asegurarnos de que nadie haga nada: siempre ha sido así. Porque si hay algo más común que los atropellos y las irregularidades, es no hacer nada. Y yo quisiera decir que no, pero sí.

Nota publicada en Bajo La Manga (abril 2016) http://www.bajolamanga.co/index.php/invitados/item/1597-un-bien-comun

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