El dos del 16

Juanjo Brizuela
Mar 15 · 2 min read

Una vez tras otra, como si no hubieras aprendido la lección, como si no quisieras aceptar que es así, aunque lo sepas, aunque te dé vergüenza con reconocerlo, como si quisieras ocultar esa faceta que se convierte en la sombra de ti mismo y te niegas a que haya foco alguno que la alumbre.

Como cada día que cruzas el umbral de esa puerta que deseaste entonces abrir y después de todo este tiempo empujándola, sigues sintiendo cómo tu cuerpo entero se tambalea de nuevo. Que necesitas la misma silla de cada día para apoyarte en ella, sentarte, mirarte al espejo, y agachar la cabeza para no aceptar que te devuelva esa mirada temblorosa que te suena de otras veces. Y te dices una vez más, que no la quieres volver a ver.

Recuerdas entonces aquella frase que decía “…como el aplauso viene de las sombras hay que pensar por qué. De todos modos uno los colecciona: cuelga algunos en el corazón y otros en el perchero…”. En ese momento retomas la fuerza suficiente para que la insulsa rutina se mute en la pasión precisa que te hace escalar de nuevo la montaña de la pereza y las dudas.

Piensas que estás sola, te quedas inmóvil casi inerte, imaginas que a tu alrededor no hay más que inmensos huecos que te atrapan con una falsa red imaginaria. Es entonces cuando tu realidad, la tuya y también la de quienes te observan, enciende con los kilowatios de las emociones a flor de piel, una sensación indescriptible, única hoy pero común todos los días, esa que no atinabas a pensar cuando comenzaba una nueva función, que aunque sea la misma, todos los días es nueva.

Los aplausos se convierten en la medicina natural de la humanidad, de las personas sinceras y agradecidas, de las que te abrazarían parando el reloj del tiempo para que no hubiera un final, los aplausos son las conversaciones que rompen el silencio de las dudas y los temores; los aplausos son los besos apasionados de las manos; los sonidos que rompen los ensordecedores silencios; los aplausos son de la familia de la piel de gallina, de las lágrimas emocionadas y de las palabras que no necesitan ser dichas. Los aplausos, como decía Mario Benedetti, son “la voz de la conciencia espontánea y veraz”. Los aplausos son la manera más preciosa de dar las gracias. Los aplausos son el camino que recorres para recuperar la sonrisa que necesitas para tu función de cada día.


[ Sigue la secuencia … ]