Los Debatidores

(o de cómo la búsqueda del conocimiento no tiene nada que ver con intentar ganar la discusión, o de por qué la reproducción sexual es superior a la reproducción por bipartición)

y al mismo tiempo,

Una carta abierta para gente dentro y fuera de la universidad.

En el año 1977 un tipo joven y relativamente desconocido llamado Ridley Scott, filmó una película llamada “Los Duelistas”. Fue un clásico instantáneo, y le valió el premio a la mejor Opera Prima en Cannes ese año. En la cinta, Harvey Keitel y Keith Carradine son protagonistas. Ambos pasan, años y años de su vida, en el medio de los paisajes europeos de principios del siglo XIX embarcados en un casual y casi absurdo juego de egos y violencia.

Un incidente fortuito los aproxima, — el personaje de Carradine es enviado a arrestar al personaje de Keitel, que se vió envuelto en un lío, precisamente por batirse en un duelo — y esto es lo que los ata de modo permanente. Ambos pasarán los siguientes 15 años de su vida, tratando de matarse cada vez que se encuentren.

El motivo real, la causa inicial de tanta desavenencia, se desdibuja con los años, como es natural. Sospecho también que es olvidada porque nunca importó. Lo que realmente cuenta, para los personajes (especialmente para Feraud, interpretado por Keitel) es un inflado e inseguro sentido del valor propio, que requiere afirmación externa constante. Lo que se llamaba, preservar el Honor. Quizá, también importaba — de modo inconsciente o subconsciente — el vacío de no saber qué hacer en una vida sin rivales, sin enemigos, y sin la emoción que el combate (incluso el carente de sentido) brinda.

El Paraguay contemporáneo ya no tiene esas emociones (o ya no las tiene con tanta intensidad). Sin embargo, no hemos sido inmunes a eventos de ese tipo: somos el país en el que gente extraordinaria como Eligio Ayala consiguió matar y hacerse matar por su rival romántico, Tomás Bareiro, del modo más insensato que pueda imaginarse. También recuerdo que, en mi infancia, Humberto Domínguez Dibb y Oscar Zacarías Cubilla decidieron batirse a duelo y durante meses, la prensa paraguaya dedicó párrafos y párrafos al asunto. En este último caso, sin embargo, la policía intervino e impidió la caballeresca justa, para alivio de las familias y decepción de la ciudadanía en general.

Estas formas extremas, folclóricas casi, ya no son, reitero, frecuentes. Han sido sublimadas a formas contemporáneas: el volantazo del chofer que cierra el paso al ciclista, el gritarse en cada semáforo, ignorar a la gente que hace fila, y otras miles de formas de micro-agresión fortuita con las cuales adornamos nuestra existencia, y afirmamos un sentido destrozado del valor propio.

En la universidad, uno de mis mundos, esa voluntad del combate por el combate, se ha convertido en un deporte. Mucho de la verdadera actividad académica, implica la duda sistemática de tus propias hipótesis, y el estudio cuidadoso de tus propias premisas. Sin embargo, ese no es el estilo, en general dominante en la educación universitaria paraguaya. No estamos formando académicos, ni buscadores de la verdad, sino Sabios Debatidores.

Un Debatidor, como los Duelistas del film de Scott, no está interesado en buscar la verdad, sino en sostener su primacía. En este sentido, los Debatidores, en general, carecen completamente de duda reflexiva sobre la validez de su pensamiento. Todo cuanto manifiestan es expresado como verdad irrevocable, con la que solo se puede coincidir plenamente. Comparten, no razones, hipótesis, argumentos o datos, sino Verdad Revelada. La más mínima diferencia con respecto al punto de vista del Debatidor, es prueba irrefutable de la estupidez, o peor aún, de falta de honestidad y compromiso de quien osa expresar duda.

Por lo demás, los Debatidores tienen una gran virtud: la persistencia. Pueden, como Keitel y Carradine, sostener una lucha por años, con un gasto de energía completamente brutal.

Ahora bien, este es el momento en el que el amable lector estará preguntándose: bueno, y que? Cual es el problema que existan debatidores en la universidad? No existe acaso gente ligeramente desequilibrada en todas partes?

Admito la duda del lector, — para no comportarme yo también como un Debatidor — . Quizá resulte hasta natural que existan Debatidores, especialmente en hábitats propicios para ellos, como las llanuras de los campus Universitarios. Sin embargo, creo que su presencia, y las prácticas que promueven, provocan distorsiones graves en toda la sociedad. Inclusive en el mundo físico, real, fuera del campus.

Por lo tanto, esto también te afecta, aunque nunca hayas venido a la Universidad, o aunque hayas salido corriendo de ella, sin voluntad de volver nunca. Permítanme explicar mi punto de vista.

Un Debatidor no es, (o no solo es) un personaje medianamente (tragi)-cómico. Su infinita certeza (real o pretendida) en sí mismo lo convierte, muchas veces en un líder. Un tipo muy peculiar de líder al que en ocasiones, siguen cientos de colegas y jóvenes que aprenden con el Debatidor a hablar con absoluta carencia de dudas — y por tanto — de razones. Colegas y Jóvenes que repiten, no raciocinios cuidadosamente elaborados, sustentados en evidencia y datos arduamente recogidos, sino eslóganes mal digeridos.

Aclaremos: el amor propio y la autoestima no son de ningún modo negativos. Es más son imprescindibles, inclusive para buscar el avance del conocimiento. Hace falta, mucho, mucho coraje y humildad para tratar algo cientos de veces y seguir buscando opciones, cuando las cosas no ocurren como uno ha previsto. Hace falta mucha autoestima para no desistir y mucho balance para no mentirse, a sí mismo o a otros, en un ejercicio de rigor balanceado por la pasión y la alegría.

Pero no es ese balanceado estado de autoconciencia intelectual y emocional lo que — en general — estamos promoviendo. No estamos formando gente que sea, a un tiempo, capaz de seguir apasionadamente sus ideas, y simultáneamente, escuchar con respeto a quien piensa diferente. No estamos formando gente que busque libremente su camino, y al mismo tiempo, sea capaz de aprender de los demás, de sus éxitos y fracasos, con inteligencia y generosidad.

Ese es el problema: Debatidores generan Debatidores. Y los Debatidores, como los depredadores de la naturaleza, son seres altamente especializados en una meta única: Ganar. No resolver, ni comprender, ni explicar. Ganar. No en proteger y hacer crecer, sino Ganar.

Este es el punto, lector, en el cual el problema del Sabio Debatidor deja de ser algo curiosamente tragicómico y representativo de la pequeña vanidad del mundillo intelectual. Los Debatidores generan más Debatidores (llamémosle Debatidores Jr, por darles un nombre). Los mismos un buen día, concluyen sus trámites intramuros en la universidad y emergen al mundo.

Allí se toparán, bueno, con el mundo, que insiste, tercamente en seguir allí. Se encontrarán con la fluida y compleja realidad, con sus enormes desafíos e inherentes contradicciones, en la que los problemas técnicos, profesionales y humanos están inextricablemente unidos. Y ante ese mundo, que requiere todo nuestro amor, todo nuestro asombro, y la dedicación de todas nuestras capacidades, para diseñar respuestas viables, los Debatidores Jr. Responderán con …..eslóganes! Es más, con eslóganes viejos, pues, como han sido formados en la fe de la repetición y no en el acto de la creación, sólo podrán repetir lo que oyeron en su periodo (de)formativo. Ni siquiera podrán crear jingles nuevos.

No quiero ser injusto. No toda la academia es así. Por el contrario, hay mucha, muchísima gente (alumnos, profesores, funcionarios y directivos) haciendo un trabajo extraordinario y humanamente generoso en condiciones complicadísimas. Muchos de mis colegas y alumnos me inspiran cada día, y aprendo de ellos, tanto en lo intelectual, como en lo humano. Sin embargo, en términos generales, no creo que haya una clara conciencia del problema que planteo en estas líneas, ni de sus implicancias.

Vivimos en un entorno cultural que — frecuentemente— confunde la pausa reflexiva con la duda, y la tolerancia con cobardía. Pensamos que el compromiso intelectual se mide en decibeles, no en textos publicados. Creemos que la pasión se mide en la violencia con que destruimos los argumentos de rivales casuales (haciendo uso de argumentos ad homini, la más de las veces), y no por las horas gastadas en atacar nosotros mismos nuestras hipótesis, tratando de validarlas, de modo a acercarnos un milímetro más a una comprensión vital y profunda de las cosas.

En mi opinión, semejante conducta deviene de una incomprensión fundamental de lo que la academia es, y de lo que las actividades académicas implican. La academia aspira (o debería aspirar) a crear conocimiento. Y para tanto, es imperativo establecer un conjunto de prácticas que permitan que personas lo produzcan, creciendo en el proceso. La academia debería abocarse no a repetir lo que ya sabemos, sino impulsarnos a transponer la línea de lo que no sabemos, por medio de un esfuerzo colectivo, y sistemático. A un tiempo, radicalmente valiente, y enormemente humilde.

El ejercicio no es, entonces, transmitir “la verdad”, sino construir capacidades (en nosotros mismos y los demás) que nos permitan una comprensión mejor de cuanto ocurre, y una comunicación clara de cuánto hemos aprendido.

Se que suena un poco esotérico, pero déjenme dar un ejemplo: si vas a un gimnasio, el instructor y tu mismo trabajan juntos en construir capacidades que no existen aún. El instructor no puede, simplemente, darte músculos hechos. Tienes que hacerlos tú, en un proceso de crecimiento que parte del interior y se manifiesta en el exterior, y que es asistido y respaldado por el instructor. Eso también pasa en un curso de teatro, o boxeo, o culinaria, o yoga, o pintura. Y debería pasar en la universidad también. Porque sin ese proceso de crecimiento real, del interior hacia el exterior, nada (en la academia o la vida) tiene mucho sentido.

Existe aún otro aspecto, en el que es mejor apostar al crecimiento y la creación, y no a la repetición. El símil en este caso, proviene de la biología: los seres que se reproducen sexualmente — además de pasarla increíblemente bien — combinan conjuntos diferentes de genes. Es la vida que apuesta a crear lo nuevo.

Mientras, los organismos que se reproducen por bipartición (amebas, ciertas lombrices, etc.) aparte de aburrirse muchísimo, reproducen exactamente lo que ya existe.

Por supuesto, sabemos que al producir diversidad, las especies que se reproducen sexualmente han generado una multiplicidad que es — desde el punto de vista de la especie — mucho más resiliente a las condiciones cambiantes del contexto. Las especies homogéneas, por el contrario, son mucho más frágiles a los desafíos del entorno, a pesar de la simplicidad y relativa economía de sus mecanismos reproductivos.

Lo mismo pasa con las ideas. La repetición parece más fácil y rápida, pero produce fragilidad. Al contrario, la polinización cruzada de ideas es más ardua (incluso emocionalmente) pero resulta en variedad, riqueza y resistencia.

Por tanto, el legado de los Sabios Debatidores, es empobrecedor. Al producir copias o cuasi copias de sus posturas, humores e intereses, afectan negativamente a individuos que acaban perdiendo la oportunidad de desarrollar su voz, (lo que es grave) y reducen la riqueza social de nuestra creatividad (lo que es mucho peor!).

Entonces, donde nos deja esto? Qué podemos hacer en relación a los Sabios Debatidores que conocemos? Y más importante aún, cómo podemos portarnos nosotros mismos, menos como Debatidores y más como verdaderos practicantes de una sincera actividad intelectual?

Creo que hay algunas claves: la primera es comprender que el descubrimiento y el florecimiento (de ideas y personas) son procesos absolutamente fascinantes. Fomentar el descubrimiento de las propias capacidades (en uno mismo o en otros) es una de las tareas más fantásticas a las que podemos contribuir desde la academia, o desde el lugar que nos toque vivir.

Lo que quiero destacar es que en conocimiento de la potencia y alegría del crecimiento, el ego y la necesidad de afirmación externa se evaporan. Como alcanfor. Como rocío. Como cerveza un viernes por la noche.

Uno necesita, sin duda, mostrar resultados — para legitimarse profesionalmente, para agradecer y honrar a quien te apoya, para cumplir contratos — pero Ganar — como un Debatidor entiende el término — resulta insignificante, si tu ser está embarcado en Aprender y en Crecer.

Finalmente, existe algo muy fuerte en el proceso de potenciar la diversidad: la sensación vital (no solo intelectual) de que estás alineado con un orden mayor. De que estás contribuyendo a algo inconmensurablemente más grande que uno mismo. Y es que todos sabemos — racional o instintivamente — que los ecosistemas que progresan y se desarrollan son, por definición más diversos. La diversidad es un indicador de riqueza y madurez. La homogeneidad, por el contrario, es un indicador claro de pobreza.

En lo personal, fomentar la diversidad en la práctica intelectual, se convierte en algo que es tan espiritualmente profundo como cuidar un bosque. Es tener una función en la vida análoga al enfermero de Charly, o al maravilloso José Siervo de Hesse, en el Juego de Abalorios.

Estoy convencido que si creamos ambientes en donde la creatividad y la diversidad sean respetados e impulsados, obtendremos mejores resultados, y seremos capaces de atraer y formar más talentos. Podremos también, enfocarnos más en los problemas reales de ese maravilloso mundo que nos rodea, y prestar menos atención al Ego, que persiste en sus tentativas de desviarnos de nuestro trabajo.

Qué más puede querer alguien en esta vida?

Abrazos para vos, que llegaste al final de este texto, escrito desde la maravilla de unas horas de silencio, en el medio del combate diario. Que crecer (de cualquier forma, de todas las formas) sea lo tuyo.