Hoy no llamó
Y he ahí otra vez. El mensaje pregrabado del buzón de voz no me había parecido nunca tan irritante. Por un instante trató de recordar la cantidad de intentos en lo que va de la jornada ¿Cuatro? ¿Cinco, tal vez? En todas y cada una, el eco de los tonos vacíos hacía parecer que la vida se escurría con cada uno de ellos. Y una voz femenina exalta los sentimientos. No, no es ella.
Un último intento, quizás.
Y otra vez, la falta de respuesta es la única contestación.
“Pareces tarado”. La frase de un viejo amigo retumba en la cabeza. Como nunca, una expresión por demás acertada.
Bajo el celular. Quizás debería tratar de concentrarme en algo más. En estos días la oficina ha estado cargada de movimiento y un poco de trabajo podría ser una buena distracción. Me fijo en el documento que espera mi atención en el monitor de la computadora.
Avanzo algunas líneas. El tono de una llamada acelera todo. Contesto, sin siquiera mirar, seguro de que sería ella. “No seas boludo, seguro estará con mucho trabajo”, repite en mi interior una voz que suena bastante parecida a la mía.
- “¡Hey! ¿Cómo estás?”. Trato de disimular la angustia de la eterna espera en mi voz.
Al otro lado, responde una voz que era de cualquier otra persona. Quien sea, no era ella.
Y la decepción.
- “Pero si vos mismo te dijiste que no ibas a caer nunca más”. Esta vez, los pensamientos se convirtieron en palabras que sonaron quizás demasiado fuerte. “Boludazo”, dice alguien mientras vuelve a su jornada.
Es verdad. Hace ya tanto tiempo había hecho la promesa de no permitir más que alguien tuviera el poder de convertirse en indispensable.
¿Por qué ahora entonces? ¿En qué momento había pasado? No sé si fue en el instante mismo de la primera llamada, una cuestión formal nada más. O, tal vez, en el preciso momento en el que aquellos ojos oscuros me miraron directo y de ellos un brillo particular me obligaron a bajar la mirada.
Todavía no consigo entender cómo. Pero, en medio de la desesperación por su falta, debo reconocer que su dulce voz se había convertido en algo tan indispensable como el oxígeno.
- “Carajo que sos un idiota”. Tendría que repetirlo todo el día.
¿Un último intento? No, habrá que resistir. Quizás sea momentáneo, una impresión pasajera por la fuerza de su personalidad.
Otra vez miro al teléfono. ¿No habrá sentido también ella algo así? “No, no seas iluso y eliminá esas ideas peligrosas rápido”, me respondo.
Cedo. Uno, dos, tres, cuatro, cinco tonos. Una eternidad. Y otra vez, la voz de la mujer desconocida diciendo que no podían hablar conmigo. ¿O no querían?
Hoy no contestó. Hoy no llamó.
Las ideas se agolpan en la cabeza, mientras la noche pasa lenta.