Oscura desesperación

En la inmensa oscuridad de la solitaria noche, la desesperación llega en silencio para acomodarse en un rincón de la habitación.

No dice nada. No se escucha siquiera su respiración, pero su negra figura se dibuja entre las penumbras y el frío se adueña del lugar a pesar de que la temperatura es más bien cálida.

- «¿No habíamos pasado ya por esto?». Las palabras toman forma en mi boca como si hablara con alguien cuando en realidad no hay nadie. Salvo por la silenciosa sombra.

- «Lo que te faltaba, comenzar a hablar solo en medio de la oscuridad de la noche», sigo diciendo. «¡Sos un boludo!», digo casi a los gritos.

Quizás el camino a la locura sea mejor alternativa. Al fin y al cabo, ellos, los locos, no son capaces de recordar el dolor que los llevo a su estado ¿O sí?

De pronto, su rostro sonriente aparece como un recuerdo vívido en una fracción de segundo. Sus negros cabellos cubren parte de su rostro, pero la curva de la bella sonrisa no se puede ocultar. No hay nada en el mundo que pueda esconder esa bella sonrisa.

Y yo que me había jurado nunca más permitirme una debilidad así . Ya había superado estos procesos una vez y para evitar volver a atravesar por la dolorosa experiencia me había negado cualquier oportunidad de vivir eso que… ¿cómo es que le llaman?

Ya no importa.

- «Vos sabías que era imposible ¿por qué no te apartaste?». La pregunta retumba en mi cabeza. ¿Cómo fue posible que en tan poco tiempo el escuchar su voz se convirtió en una necesidad mayor que el mismo aire? ¿En qué momento se consumó mi desgracia?

Miro al celular. El aparato parece dormir en la oscuridad, con la pantalla apagada. Todavía existe una esperanza mínima de que llame o quizás envíe un mensaje. – «Tenés que ser boludo», me digo. Lleva días ignorando las llamadas y mensajes que le envío.

Mientras tanto, la sombra de la desesperación de acerca y tiende un manto que me cubre lentamente. No emitió sonido alguno, pero en su desfigurado rostro me puedo imaginar una risa burlona.

Pego una rápida mirada al frasco de la mesita de luz.

Sepa disculpar quien lee, si es que alguien decidiera perder su tiempo leyendo estas líneas que rozan lo patético si confieso que algunas lagrimas han brotado. Siempre me dijeron que el hombre no debería llorar, pero la emoción supera al dogma.

El frasco vacío tirado en el suelo. Y la mano de la negra sombra que se extiende en una invitación. Y las lagrimas.

Y el silencio…

En la inmensa oscuridad de la solitaria noche, la desesperación llegó en silencio y se sentó a observar.

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