Charly garcía, la máquina perfecta.
Calor infernal en la ciudad. Las partículas del asfalto y el cemento amenazan con disolverse por la presión de la sensación térmica, sensación que como todas es un poco indescriptible y está más allá de las leyes de la física.
El último disco de Charly García se llama Random y es el primero de estudio después de “Terapia intensiva” (2006) y una etapa trash y de excesos que tuvo al artista al borde de la locura y la muerte. Random fue publicado en el calor de enero de este año y supone el regreso del García más armónico, una suerte de resurrección artística para el genio vivo del rock en castellano. Yo, todavía no lo había escuchado.
Voy hasta la compu, apunto aire y ventiladores hacia mi deshidratada humanidad, me pongo los auriculares y le doy play a la última creación del genio loco del rock argentino (ya disponible en Spotify)
El primer track (difusión del álbum) sorprende desde el título: “La máquina de ser feliz”. Muy deleuziano, dirá alguno. Una referencia directa a “La máquina de hacer pájaros”, dirá otro. Lo cierto es que la tendencia hedonista y experimental que está en la esencia de García está indudablemente presente en esta canción.
De entrada, son las obsesiones de Charly las que le dan arranque a la máquina: diálogos de cine, sintetizadores y fragmentos de Chopin. Después, los golpes secos de la batería. Luego el bajo y los coros angelicales. “Pedimos perdón, corriendo, enmascarando el fin. Por eso te busqué, por eso diseñé la máquina de ser feliz” dice García.
El paisaje sonoro del comienzo nos pone de entrada en el interior de esa misteriosa máquina hecha de fragmentos visuales, sonoros, químicos, biográficos al fin. La de Charly es una máquina que bien puede estar proyectándose en su memoria, una versión de aquella máquina que Bioy Casares atribuyó a un tal Morel pero en modo Siglo XXI.
Esa máquina garcíamoreniana es una que muy en sintonía con el discurso del hedonismo mercantilista nos exige ser feliz y de la que nadie quiere ni puede huir, es la máquina que oculta la muerte, la que enmascara el fin.
“Remotamente digital, prende y se apaga sola, sale después de hora. Hay tanta gente sola”… dice García, aludiendo a la emblemática soledad contemporánea, al pathos de nuestro tiempo. Se trata de la misma máquina que relatan series como la inglesa Black Mirror o la película Her de Spike Jonze (donde esa perfección voluptuosa y carnal llamada Scarlett Johansson le da vida a un dispositivo afectivo maquinal). Es un artificio replicante de sentimientos, emociones y sensaciones humanas pero en formato digital, personalizable y al alcance de la mano. ¿Les suena?
“Con forma de pez (…) no sé si la robé, no sé si la pedí o simplemente estaba ahí”. ¿La forma del pez aludirá al infinito? ¿O a una suerte de génesis? “Un día se me fue, ese día yo volví a reír. Y la felicidad no existe en soledad, la máquina no puede dar”, sigue García. No hay nada como el contacto humano parece querer decirnos el artista. El dispositivo de Random funciona siempre que haga “máquina”, que haga “sistema” con un organismo vivo, con una sensibilidad actuante (al igual que la música o cualquier fenómeno estético).
La tesis de la primera canción del disco de Charly Gacía (perdón por esta excursión filosófica) parece ser advertir sobre el riesgo de otorgarle nuestro deseo a una máquina, a un dispositivo, a una entidad tecnológica creada por nosotros mismos como doble, como alteridad controlable y controlada.
La máquina no puede dar… El otro es insustituible, parece señalarnos el humanista Charly García, el artista analógico y músico total Charly García, el actor de mil batallas, el creador que vivió al límite cada uno de sus personajes, el que se reinventó y no temió tirarse de cabeza a cada una de las corrientes a las que lo llevó la época. Charly, el del oído absoluto, el visceral, el hipersensible, la máquina de nuestra musicalidad nacional, lo hizo de nuevo.
Random es la máquina musical de un Charly vivo, lúcido, recidivo.Una máquina de intensidades, de paisajes musicales y micro homenajes a una trayectoria que nos atraviesa como cómplices. Es la inventiva y la poética de un creador que parece inagotable, de un chip guardado en algún recoveco neuronal que resiste al paso del tiempo y del bombardeo químico al que el músico se expuso y hoy, 15 años después, nos regala esta gema, su mejor disco desde aquel “Influencia” del 2004.
El loco lo hizo de nuevo: dejó la cama soporífera y fue hasta el living para regalarnos una máquina perfecta.