Burrocracia

Primera Ley Universal: “El tiempo coloca a cada persona en su sitio”

Nunca hubieran imaginado Cronos y Rea que el resultado de su amor que engendró a un dios tan sombrío y oscuro como Hades, en contraposición a sus hermanos Zeus y Poseidón, pudiera hacerles reír tanto. Había que considerar que no vivía en un reino que le pudiera otorgar alegría pero estos dioses ¡son tan inesperados! Y los ataques de risa que causó la situación provocaron dos efectos, uno positivo y otro negativo: hubo un terremoto en el Mar Mediterráneo y la Muerte estuvo sin actuar durante una semana.

Ya, ya. Ya sé que sabéis que Hermes es quien acompaña a las almas al reino de Hades pero resulta que ese día lo solicitó como asuntos propios. ¡Joder! ¡Es su derecho! ¿Quién iba entonces a acompañar a Mercedes, apodada por sus compañeros del INEM como “la bruja”, hasta la barca de Caronte para poder llegar al reino de los muertos? A ella le encantaban los Campos de Calatrava pero nunca pisaría los de Menelao, más bien iría al Tártaro por su actitud en el desempeño de su puesto de funcionaria.

Así que Hades mandó a su sobrina, la Muerte, al encuentro de Mercedes a la Oficina del INEM. La Muerte llegó hasta el Pinar de Gaztelu, poco antes de la rotonda de Puerto Sherry, en bicicleta y caminó por la Avenida del Descubrimiento hasta entrar en el edificio público para cumplir su encargo.

Casi se cae al entrar. Observó que en el recinto había pocas personas. Le llamó la atención el color del pelo de una de ellas, aunque no el título del libro que leía: “El asesino que se merece”. Vio que en el mostrador había ocho funcionarios en animada conversación, más de la mitad eran mujeres y Mercedes podía ser cualquiera de ellas. Se dirigió a la más próxima y le preguntó por ella. La funcionaria se giró y con cara marmórea y voz ronca le preguntó con aspereza:

— ¿Tiene usted cita previa?

— Mmmmm… ¿Cita previa? No.

A partir de ese momento, la funcionaria no le permitió articular palabra alguna. Le manifestó, agriando su semblante aún más si cabe, que sin cita previa no se atendía pregunta alguna.

— Son las nuevas normas de atención al público en la Administración — espetó la empleada — . Y el usuario de las doce y veinte tiene que estar al llegar.

— Mire usted, sólo es una pregunta…

— Solicite cita previa — le indicó la mujer con gesto de asco — . Todas las personas que ve usted aquí vienen a preguntar pero sin cita previa no se puede atender ya. Lo siento. Me pueden sancionar.

— Pero, pero, pero… ¡si la pregunta es muy sencilla! ¡No le llevará ni un segundo!

En ese momento, otro funcionario, en alta voz y gesto amenazante, zanjó la conversación con la misma observación, volviéndose hacia los compañeros con una sonrisa que fue contestada con claros gestos de aprobación.

No obstante, la Muerte no es una cualquiera que pudiera amilanarse ante unos funcionarios y, dada su experiencia en tratar con los vivos, le soltó la pregunta de sopetón.

— Sólo quería ver a Mercedes…

La funcionaria se volvió como un resorte y contestó « — ¡Está en la segunda planta!» mientras se cabreaba consigo misma por traicionar su código al responderla y se levantaba de la silla, extendiendo su mano para señalar la salida mientras gritaba que pidiera cita previa.

La Muerte sonrió entrecerrando los ojos y le indicó con algo de parsimonia:

— Ya ve usted que la pregunta era muy sencilla y rápida de resolver.


Mercedes estaba indignada. No paraba de dar vueltas por aquel sitio que desconocía, tan tétrico, tan feo y con tan mal olor. No sabía en qué lugar se encontraba. Y a cada engendro que se le acercaba, le preguntaba:

— Buenos días. ¿Me podría indicar dónde estoy?

Y la respuesta que recibía siempre era la misma:

— ¡Pida Usted cita previa!