Descubrimiento

A principios de lo que luego supe que era el décimo tercer mes del vigésimo cuarto año del reinado de los cuatro mares plácidos, descubrí la existencia de unas tierras desconocidas. Un nuevo mundo.

Mi nombre es Téa. Era propietaria de un barco que comerciaba en los mares australes. Nos dirigíamos de vuelta a casa, tras mercadear por los reinos de Oriente, cuando un tifón nos alcanzó. El viento, la lluvia y el agua se tornaron en un monstruo terrorífico con una fuerza descomunal, produciendo indescriptibles sonidos aterradores con los que parecía dominar el mundo. Escuchábamos quejarse a la nave con tanto bamboleo, aunque tuviéramos los sentidos aturdidos. En una de las rachas, los foques empezaron a rasgarse sin que pudiéramos evitarlo. Empecé a temer que el bauprés se quebrase. Los mástiles aguantaban los embates pero las vergas crujían sin parar. La mesana y la mayor resistían el ataque. Mantenernos en el barco sin perecer era un esfuerzo titánico. Entonces, en una de las embestidas, el mar se tragó al capitán.

Cuando ya pensaba que no saldríamos de aquel caos furioso, la tormenta empezó a perder fuelle. Poco a poco, el cielo volvió a aparecer sobre nuestras cabezas. Empezábamos a recuperar el resuello y a mirarnos estupefactos por lo vivido, cuando todo quedó extrañamente tranquilo, como una balsa de aceite. Tanta calma hizo que hablásemos suspicaces sobre el peculiar final cuando, de repente, Alton levantó su brazo y, sin articular palabra, señaló hacia estribor. Vimos, a lo lejos, bolas humeantes que cruzaban el firmamento hacia nosotros. El pánico se apoderó de la tripulación pero mantuve una fría calma que me permitió dar órdenes. Necesitábamos volver a navegar para escapar del desastre que se cernía sobre nosotros, pero no soplaba viento alguno. Teníamos que mover el barco como fuera. El fuego celestial cayó a nuestro alrededor. Me pareció estar en una batalla. Escuchaba explosiones, detonaciones y rugidos que harían temblar al más osado. Las luces que desprendían nos cegaban momentáneamente, dejando el aire lleno de un polvo espeso que nos impedía respirar. Algunas de ellas atravesaron las pocas velas sanas que quedaban. Otras agujerearon el casco tras alcanzar al contramaestre, a uno de los pilotos y al oficial de cubierta. Empezamos a hundirnos lentamente. No se veía rastro alguno de tierra a nuestro alrededor. Desesperados, los escasos compañeros de viaje que me quedaban empezaron a arrojarse por la borda, cada uno en una dirección, atolondrados. Fue la última vez que los vi. El miedo me inundó, me resigné ante mi destino. ¿Dónde podía ir? El agua me alcanzó poco a poco hasta que me desmayé.

Desperté al golpear contra unas rocas, el dolor me hizo reaccionar. Aturdida, sin saber qué me sucedía, me agarré como pude. Las olas me empujaban hacia ellas con suavidad. Una vez que pude advertir dónde estaba la orilla, me desplacé a duras penas para intentar alcanzarla. Tosía. A veces, tragaba agua. Respiraba con dificultad pero no cejé en mi empeño, y volví a desmayarme. No recuerdo haber alcanzado la playa.

Me desperté con una grata sensación de calor que recorría mi cuerpo. No puedo recordar cuánto tiempo estuve inconsciente. Fui a moverme pero sentí mi cuerpo magullado. Abrí los ojos y, en la penumbra, pude distinguir las figuras de varias personas que me rodeaban con rasgos como nunca había contemplado. La piel era de color cetrino y sus ojos rasgados. Sonreían. Me llegó un estupendo olor a comida. Una joven se acercó portando un tazón de sopa. Recuerdo tomar un par de cucharadas con su ayuda y quedarme dormida. Tras varios días postrada, cuando me sentí con ganas, hice por levantarme. Con ayuda, pude salir y ver el poblado por primera vez. Las construcciones eran diferentes, tanto en forma como en materiales. Los niños pequeños jugaban alrededor de las madres mientras las mujeres preparaban la comida y secaban pescado. Advertí que no había hombres en el poblado y, por señas, me indicaron que habían marchado de expedición al interior de la jungla. Pasaron algunos días más y ya caminé sola. Tras varias lunas, gracias a los niños, aprendí a comunicarme en su lengua, de forma tosca pero suficiente.

Allí pude descubrir la existencia de un estilo de vida bastante enigmático. Antaño había conocido personas que buscaban la aprobación social como otras el poder, las tierras, la carne o el sexo. El enigma no residía en que estos pueblos buscasen la aprobación social, sino que la competencia por lograrla fuese tan feroz, un fin en sí misma, tornándose en una obsesión tan profunda que llegase a nublar el raciocinio de los participantes. Una manada de buscadores competitivos de status social que invertían toda su vida en intentar ascender en la pirámide social, cada vez más alto, y yo creía que sólo era para impresionar a los demás. Entendí que el propósito estaba en trabajar para conseguir encandilar a los que les rodean y disfrutar de la envidia de los enemigos, ser admirados por la riqueza, una que no consiste en objetos onerosos e inútiles. El lenguaje ideogramático recogía con exactitud este deseo: no se podía ser menos que los vecinos. Este anhelo se ocultaba tras el despilfarro conspicuo en prendas de vestir, alimentos o herramientas.

Quedé sorprendida cuando descubrí que competían entre ellas por lograr la aprobación de la sociedad dando grandes ágapes. Estas fiestas no se podían comparar ni a las Saturnales de Roma donde el mundo se volvía del revés durante siete días en los que la diversión, el bullicio, los banquetes públicos pantagruélicos y el intercambio de regalos eran inconmensurables. Aun así, todo lo expuesto se veía superado por el hecho de voltear las jerarquías, jugar al mundo al revés, con la permuta de papeles entre esclavos y amos, la ridiculización de las leyes y los cargos públicos y el aplazamiento de los condenados a muerte. Creía que sólo era por contentar a Tututika, la Diosa de la Agricultura.

Las personas donantes de los festines, rivales sin igual, procedían a ser juzgadas por la cantidad de alimento que eran capaces de suministrar. El evento sólo se podía considerar culminado con éxito si los invitados podían comer hasta desmayarse, o que se levantasen de sus sitios, partieran de la celebración tambaleándose para ir a la playa, introducir los dedos en la garganta, vomitar y poder volver al festival en busca de más. El fin era donar o destruir más riqueza que el rival.

El caso más extraño que encontré fue en la isla de Tunoa. Si el donante del festival era un jefe poderoso, intentaba avergonzar a sus rivales y conseguir la admiración perpetua entre sus partidarios destruyendo incluso su propia casa, quemándola. Pensé que este tipo de actuaciones respondía a un estilo de vida megalómano que podía ser característico de la cultura local. Algunos viejos del lugar decían que estas celebraciones eran el altar que el Dios Tazu les había entregado para honrarlo. Sospechaba que estas culturas eran el resultado de las creaciones de fuerzas incognoscibles y temperamentos perturbados. Mi primera conclusión fue que la persecución del prestigio hacía imposible cualquier empeño racional que explicase este estilo de vida, allá de dónde venía.

Sin embargo, pude comprobar que el hakari no era el resultado de caprichos maníacos, ni de cultos religiosos, sino de condiciones ecológicas y económicas. Si éstas no eran propensas a realizarlo, la búsqueda se diluía porque se prohibía el despilfarro.

Los líderes hacían descollar las aldeas erigiendo en la playa troncos de árboles esculpidos y con calaveras de los animales sagrados colgadas. Estos postes simbolizaban los títulos ancestrales que reivindicaban. De este modo, un cabecilla anfitrión y sus seguidores ofrecían la festividad en honor de otro que acudía como huésped junto a sus vecinos. El anfitrión tenía derecho a su status y a ser considerado más magnánimo que el invitado. Se donaban al jefe rival y su cohorte una gran cantidad de valiosos regalos que ellos menospreciaban al recibirlos, prometiendo dar una nueva celebración en la que demostrarían ser más importantes al devolver una mayor cantidad de regalos y de más valor.

Durante los preparativos, se procedía a acumular pescado seco y fresco, aceite de cruben, bayas, pieles de animales, telas y otros objetos de valor. Se fijaba un día. Los huéspedes se acercaban hasta la aldea anfitriona. Y en el lugar de celebración se empezaban a atiborrar con bayas silvestres y salmón mientras bailarines disfrazados de dioses y animales sagrados les entretenían.

Durante la celebración, el anfitrión y sus ayudantes disponían la riqueza en montones ordenados. Los visitantes les miraban de forma hosca porque se jactaban de lo que les iban a dar. El líder se burlaba de la pobreza de los rivales que, cargados de obsequios, eran libres de regresar a sus hogares. Los huéspedes, heridos en su amor propio, juraban desquitarse de esta afrenta. Para ello, tenían que invitar a los rivales a participar en un nuevo encuentro y obligarles a aceptar un número de regalos mayor y con mayor valor que los recibidos. Esta actuación estimulaba un flujo incesante de prestigio entre jefes y de mercancías valiosas entre las aldeas. Lo más llamativo de todo este ritual era la existencia de los contadores, especialistas en valorar los bienes, vigilando lo que se tenía que realizar para igualar los esfuerzos. Y, además, se me reveló que un líder tenía que enfrentarse a más adversarios en otros territorios e incluso a la vez.

Tras pasar las estaciones, comprendí la verdadera intención: asegurar la producción y la distribución de riqueza entre los pueblos, a través de una clase dirigente que trabajaba más que cualquier aldeano. La persona sedienta de prestigio iniciaba el camino hacia su propósito convenciendo a su familia para que cultivasen huertos más grandes, mientras él se dirigía con sus parientes a pescar y cazar. Luego, pedía a sus amigos que le facilitasen cerdas para aumentar el tamaño de su piara. Y, al nacer las crías, devolver lo prestado y alojar los animales adicionales en las cuadras de sus vecinos. Llegado este momento, es cuando el pueblo presiente que puede tener éxito, al contemplar los grandes esfuerzos que se han realizado. Entonces, redoblan las faenas para que el logro sea memorable. Esperan que el candidato conquiste la fama y les recuerde por la ayuda prestada. Luego, todos se reúnen y construyen una casa enorme, muy hermosa. Finalizada, se hace la última recolección de frutas y de pesca para iniciar el festival. Recuerdo que en esa ocasión, algunos de los huéspedes trajeron presentes que se sumaron a los regalos. El pretendiente procedió a dividir la riqueza entre todos los que le habían ayudado o traído regalos, quedándose sólo con los restos. Este es el inicio de la carrera. Una vez ganado, no conocía el descanso. La amenaza de verse convertido en un igual, le llevaba a estar atareado con planes y preparativos para las siguientes celebraciones. Estos pensamientos implicaban ideas complejas que lograsen el apoyo necesario: los líderes trabajarán mucho, se preocuparán más, pero consumirán menos.

La única recompensa: el prestigio.

La repetición de estas situaciones me llevó a comprender que esta coyuntura, donde todos tienen acceso a los medios de producción, unido a la donación de lo logrado, cumple una función práctica: impedir la hambruna si hubiera una guerra o una pérdida de cosechas. Los regalos actúan como compensadores de las fluctuaciones: los festines más importantes los celebrarán aquellas aldeas cuyas condiciones productivas hayan sido más favorables compensando a aquellas que no lo hubieran sido. Y los seguidores del líder participarán indirectamente de su prestigio. Entonces, procedían a colocar los postes totémicos, anuncios grandiosos que proclamaban el poder del jefe de una aldea capaz de realizar grandes obras y proteger del hambre y la enfermedad. El culmen se marcaba con una calavera de ciervo pintada y llena de bayas que mostraba el poder del cabecilla sobre la naturaleza. Siempre había pensado que los regalos hacían esclavos como los latigazos domaban a las fieras.

¡Qué equivocada estaba!

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