Mi nombre de guerra es C. Saltarín.

Soy un soldado infiltrado. Estoy en plena invasión y estamos luchando por lograr el control del planeta.
Aunque mi madre es de color blanco níveo, nací negro zaíno como noche sin luna en la que los maletillas aprenden el oficio. Alguna persona dirá que mi color es fruto de la maldición. Otros que este sentimiento es resultado de la ignorancia histórica del ser humano. Lo único que sé sobre mi color es que será culpa de mi padre, al que solo mi madre conoció, entre otras hembras, pero no puedes decir que sea un hijo de puta. O sí. Dependerá del momento y de mis acciones.
No abrí los ojos al nacer. Tardé una semana de edad en poder hacerlo, algo raro para la especie dominante de este planeta, pero habitual entre los de la mía.
La costumbre de las colonias de este planeta es que, tras los nacimientos, cada madre deba presentar a los hijos ante el consejo. ¿La fecha? Depende del lugar. En algunos sitios se celebra cuando aparece la luna llena por segunda vez tras el parto, mientras que en otros sucede cuando la luna desaparece del firmamento. En mi caso no sucedió así. El consejo de cada colonia tiene que decidir el destino de cada uno de los nuevos miembros, destinándoles a la casta que consideren oportuna, tras la prueba del sabor: te miran las orejas, te miran los ojos, te miran el interior de la boca, ven tu reacción y contemplan tus extremidades. Puedes ser vigilante, rastreador, cazador, guerrero… El consejo se limita a confirmar lo que las maneras de los chiquitines muestren. Los ancianos, con el boato que los padres y madres esperan, celebran el rito y proceden a presentar al nuevo miembro de la comunidad ante ella y ante los dioses. El punto final a cada una de ellas es la imposición de nuestro nombre. Para la invasión utilizamos otro. En la noche de plenilunio en que mi madre quiso presentarme, otras dos madres acudieron con sus proles, muestra de su prodigalidad en bien del clan y de nuestro propósito común. Entre las proles de estas dos madres, empezaron a aparecer exploradores, soldados, luchadores, zapadores, vigías, sanadores, cazadores, oficiales, espías … Todos ellos bautizados con nombres llamativos, pero que no puedo desvelar. Una de las peculiaridades de nuestra raza es que si conoces nuestro nombre verdadero, puedes dominar nuestra voluntad, tanto que quedamos sometidos por quien lo haga. Y eso es lo que tratan de hacer los humanos cuando nos capturan. Eso, entre otras muchas barbaridades para controlarnos que van desde nuestra reclusión hasta nuestra eutanasia. La cuestión es que mi madre se introdujo como espía en uno de los recintos que tienen los humanos en este planeta. Podía entrar y salir, con cierta dificultad pero sin mucho impedimento, porque había acatado las normas humanas y pensaban que era una colaboradora. Me engendró a mí y a mis hermanos, pero tras una gestación sin complicaciones, tuvo un parto difícil y el único que sobrevivió, es lo que tiene invadir un planeta y vivir en un entorno extraño, fui yo. Meses después he hablado con mi madre para que me contase sus muchos desvelos para lograr que sólo sobreviviera uno de sus bebés. Me ha costado, porque las comunicaciones telepáticas se ven afectadas por las altas temperaturas que padecemos. No, no es que el mecanismo se vea alterado; es que nos quedamos dormidos. Es una de las armas que utilizan nuestros enemigos para dominarnos: sobre todo en invierno.
Pero, vayamos a mi presentación, que me despisto. Por aquél entonces yo era de tamaño pequeño para mi especie, frágil, enclenque y a veces me movía raro. Mi madre andaba preocupada por lo que pudieran pensar los ancianos. Su principal temor era que no encontrasen o no quisieran encontrarme una posición en la comunidad: mi futuro. Conforme se acercaba el momento, su inquietud crecía.
— Má. ¡Má! ¿Por qué estás tan inquieta?
— ¡Ay, nene! Eres un niño muy inquieto. Te gusta todo, incluso lo prohibido para nuestra especie y temo que los sabios ancianos quieran separarte de mí y te recluyan con los “especiales”.
— ¿Los “especiales”, Má?
— Sí. Cuando no eres aceptado en la comunidad, te envían con los especiales. Sirven de tributo para calmar las ansias de los humanos, mientras nuestro cometido sigue fraguando.
El canto de llamada a la reunión interrumpió la conversación con mi madre.
Terminamos de prepararnos y nos dirigimos al punto de reunión. Desde que nos adentramos entre la multitud, las miradas de todos los miembros de la colonia se clavaron en mi madre: la señal de que era la hora.
Se acicaló y me agarró por el cuello. Me acarreó hasta situarme delante del consejo donde me depositó y esperó, en actitud sumisa, su decisión. Esperaba que su veredicto fuese indulgente.
≪¿Nos expulsarán?≫pensaba mientras yo temblaba ligeramente lo que causó que un murmullo de desaprobación circulase entre los presentes.
De repente, uno de los ancianos, la de más edad, la Abuela, sabia y respetada por todos, a la que faltaba un ojo por las luchas en las primeras oleadas, se acercó a mí. Aún así, la mirada mostraba ternura y era de las pocas de nuestra especie que podía sonreír. Acercó sus labios a mis orejas. Me dijo mi nombre. Y sin más, procedió a bendecir mi entrada en la comunidad.
— Que nuestros antepasados, los que murieron aquí y los que se quedaron en nuestro planeta a la espera de nuestro retorno, contemplen a nuestro preciado retoño que se incorpora hoy a nuestra manada. Que lo bendigan y permitan que sirva a nuestros propósitos con la nueva casta que vamos a crear.
El asombro surgió unánime de todos los presentes con multitud de signos diferentes. ¿Una nueva casta? Las castas venían predeterminadas por nuestras leyes, si bien se contemplaba esta posibilidad nunca había sucedido. No en este planeta que intentábamos conquistar.
— Que la madre Tierra y el padre Firmamento acojan esta gran culminación de nuestra comuna. Necesitábamos que llegase para ayudarnos a modificar nuestros planes — dijo la Abuela.
Tras levantar la cabeza, miró hacia la Luna, y luego volvió su mirada hacia el resto de los presentes.
— Este nuevo miembro pertenece a la casta de los sacerdotes. Con sus bailes y con sus saltos se comunicará con los dioses — sentenció la Abuela — . ¿Qué pensabais? ¿Que no tenía sitio en nuestro grupo porque no se ajustaba a lo establecido? Además… Pronto mostrará sus especiales habilidades con las sustancias prohibidas. Llamará la atención por ello, sí, pero no le atribuirán la importancia que tiene. Nuestro enemigo seguirá despistado. Es lo mejor que podíamos haber tenido hoy. Es lo mejor que nos ha pasado en muchos siglos de presencia en nuestro planeta y además proviene de una madre espía. Hoy se inicia un nuevo período en nuestra gloriosa gesta.
Un grito de admiración surgió del grupo.
— Observadle con detenimiento. Recordadle en vuestra memoria. Él será nuestro guía en la conquista final. Se sacrificará por todos nosotros. Padecerá enfermedades por todos nosotros. Y se fortalecerá para, llegado el momento indicado por los dioses, proceder a dirigir la invasión final. ¡El día C habrá llegado!
Mi madre se acercó a mí para ayudar a que me levantase. Me besó en la boca. Yo froté mi nariz contra ella y una lágrima de tristeza surcó mi cara. Me las prometía felices con mi madre y, tan pequeño, me infiltraban ya en el enemigo.
Mi nombre es…
