Neolítico

¡Qué incierta es la vida!

Mi madre convivió con sus hermanas durante un tiempo indeterminado. Tras surgir todas de su madre, se agruparon en un receptáculo, esperando su momento de liberación tras el que se lanzarían al mundo para conquistarlo.

Nunca pudo explicarme cómo sucedió. Qué fue lo que causó que pudiera desligarse para vivir sola. De forma imprecisa, el albergue común procedió a abrirse, de súbito, y todas volaron por los aires, a la búsqueda del lugar apropiado para establecerse y seguir el ciclo vital.

Mi madre se alojó en el suelo donde nací y viví. Tuvo la fortuna de poder germinar, alimentarse, generar su descendencia y morir por ello. Yo no lo haré.

Desde entonces, he permanecido unido a mis hermanos, esperando un futuro incierto. Hubo jornadas luminosas donde advertí que crecíamos, aunque no siempre la bola caliente del cielo fue buena para nosotras pues, a veces, su presencia generaba una sed que sólo se calmaba con las escasas lágrimas de las masas blancas que veíamos sobrevolarnos. Los susurros invisibles nos agitaban con fuerza, sintiendo cómo, a veces, parecía quebrarse nuestro cobijo.

Llegué a ver cómo cambiábamos, desarrollando nuestra sexualidad, anticipo de la madurez. Fue en ese momento cuando me enteré de la futura liberación. Unas hormigas nos dijeron estar explorando los alrededores en busca de alimentos para sus hijas. El terror se apoderó de mí. ¡Iba a servir de alimento! Las hormigas son muy sabias y una me explicó muchas cosas sobre nosotros.

— Pequeña, eres un grano de trigo.

— ¿Un grano de trigo?

— Sí. Eres parte de una comunidad de granos, tus hermanos, con los que has convivido durante todo este tiempo, juntos, alimentándoos del suelo, del agua de la lluvia…

— ¿Lluvia?

— Lo mojado que cae de arriba.

— ¡Ah! Lluvia — dije alargando la “a”.

— Mira, lo principal es que servís de alimento a muchos animales. Para nosotras, sois una reserva de alimento duradero.

— Ooooooh.

Tanta historia me sorprendía y me hacía olvidar que sería comida. Mi vida había sido monótona. Una rutina desde que llegaba la luz hasta que se marchaba. La hormiga continuó su historia. En ese momento, advertí su interés.

— El problema que nos ha surgido es que, hay veces, que ya no os separáis los hermanos. No iniciáis vuestra nueva vida, permanecéis juntos.

— ¿Cómo?

— Que vosotras, llega un momento en que se rompe vuestro grupo y os esparcís por el suelo. Pero últimamente no sucede en algunas de vosotras.

— …

Seguía escuchándola embelesado. De manera fortuita, una extraña me contaba cómo tenía que ser mi vida, cómo le servía y que los tiempos estaban cambiando. Mis hermanos también la escuchaban, sin prestarle demasiada atención, y ninguno parecía darse cuenta de nuestro fatídico final.

De repente, la hormiga saltó por los aires. Algo enorme nos había agitado y me levantaba hacia el cielo. Me soltó y caí en un lugar oscuro. No sé en qué momento, pero algo cambió a mi alrededor aunque no lo pudiera ver. El ruido era infernal. Golpes rítmicos. No escuchaba gritos. Inesperadamente, la luz me cegó, me pusieron en un suelo duro y mi interior conoció el exterior. Llegué a un lugar húmedo, realizando mis últimas respiraciones y sintiendo un amargor a mi alrededor.

Ese fue mi final.

Uo ah ooh (“Este trigo machacado está bueno”)


Actualidad

Nadie me quiere.

En cinco minutos destruí la empresa de un hombre, su existencia, lo eliminé.

En otra situación, acabé con una familia mientras comían. Se aletargaron y dejaron de respirar. No hacemos distinción entre animales.

— Puedo acceder a toda tu información vital. Penetro en tu interior, por propia voluntad, te proporciono un pequeño placer y en menos de lo que puedas esperar, has muerto.

La persona, de piel oscura, que acaba de proferir un grito, finalizando con una exhalación, inicia una conversación entre estertores, no tan cavernosos como los del último blanquito que visité.

— ¿Por qué yo? ¿Soy diferente? ¿No lo soy?

— Entiendo lo que es ser diferente. Yo lo soy.

Los ojos del atacado se abren al máximo. Sus pupilas se dilatan impidiendo ver el iris. La escasa luz le hace daño. Los ojos le lloran.

— ¡Yo no! No me masturbo con bebés, ni veo películas snuff. No quemo a indigentes, ni tengo empresas deslocalizadas. No esclavizo a personas. Ni ordeno atentados terroristas.

— Todos vuestros héroes son un fraude: personas envidiadas por lograr empresas, proyectos, records, engañando a los demás, utilizando a niños sin piedad, siendo todos ellos, en sí mismos, una gran mentira. Os boicoteáis mutuamente con vuestros comentarios, vuestras pertenencias, porque sois cobardes y, por ello, fingís.

— …

— Me da igual. Mi padre murió por irradiación. El tratamiento que usted inventó.

— …

— Está bien. Ya no tendrá que preocuparse más.

La congestión de las mucosas empieza a generarle un dolor inaguantable.

Llegó el momento de la revolución silenciosa. Mataremos sin que lo esperéis, por vuestra propia voluntad.

Ha dejado de respirar. Un objetivo menos.

Fuimos el soporte fundamental para el cambio de conducta del ser humano. El cambio fundamental que dio lugar a la creación de sociedades. Mientras actuábamos como otras plantas, difundiendo nuestras semillas con el propósito de lograr reproducirnos, el ser humano cazaba y buscaba cómo alimentarse. Pero cuando una leve mutación en nuestro genoma, modificó nuestro comportamiento, nos llevó a no separarnos y continuar como forma gregaria, lo que denomináis espigas.

Nos comunicamos a través de las células que portamos. Somos la super-raza. Nuestros genes se han visto modificados, lo que nos ha permitido dominar la biosfera humana. Mientras los humanos portan dos copias de sus genes, nosotras llevamos seis. Esto nos ha permitido desarrollar una inteligencia cuántica que nos permite estar conectados entre todas sin necesidad de vías, ni de lenguaje propio. Formamos una unidad a nivel mundial.

Hemos conocido dinastías de reyes, sagas de emperadores, imperios que nacen, se mantienen y se derrumban causando el caos entre la humanidad. Mientras, seguimos avanzando en la colonización del planeta.

Los granos de trigo hemos experimentado el poder de la naturaleza. Hemos padecido múltiples fenómenos: las inundaciones no han logrado diezmarnos, a pesar de que nos hacían presa fácil de los hongos y sus micelios. Los huracanes y los tifones han sido tanto perjudiciales como beneficiosos para ayudarnos en nuestra expansión. La erosión de los terrenos y la desertificación han intentado evitarla pero hemos sobrevivido gracias a la información inmutable que hemos transmitido a lo largo de los siglos, de generación en generación.

Pero los cambios que nos habéis realizado han logrado que podamos iniciar vuestra extinción. Con algo tan simple como el gluten.