EL MINIBUS (y su especulación)

Mis dedos buscan las monedas que no quieren bajar en la próxima esquina — tomar aire- y me pregunto, con el cuerpo compungido, ¿cuántas cosas caben en un minibús?.

Estos vehículos de transporte público, llegados del Perú, hechos para acomodarse a cualquier situación- y también para que uno se acomode a ella- traen consigo el reflejo de algo más que la precariedad de sus estructuras metálicas. En el minibús cabe todo lo que puede entrar en un límite elástico- de plástico- , y se sube todo aquello que la ruta proyecta sobre su imagen especular- de espejos.

La cantidad que sobre pasa los miles de vehículos por año, en una sola ciudad, señala lo que es su función principal: reproducir. Hay tantos en las calles que parecen reproducirse solos. Un medio de re-producción, un trabajo, o dos, o todo el minibús lleno. Pero, si hay una peculiaridad en el minibús es la justicia, o mejor aún, la justesa. Si entras justo, es justo, y si no entras, el pequeño quirquincho metálico se convierte en un tribunal de grandeza: todos los empotrados en sus asientos son testigos y actores de lo que sucede ahí cuando el criterio por algo justo es la prioridad.

Los reflejos que inundan estos bichos cuadriformes cargan consigo el brillo del exterior y de lo que todos meten a su interior, mientras giran como calidoscopios. En sus límites expandibles y hasta en lo remoto de sus horizontes — que solo sus dueños conocen sus confines- entra en los minibuses todo tipo de objetos y personas. Se extienden para que entre comida, mamas con kepis, wawas por docenas, pares de abuelas, trica de solteros, como navaja suiza se va desplegando. Este medio no se priva de nada, aunque sea el más privado de todos. Como buen fetiche andino, su labor es cargar con los reflejos que la sociedad le proyecta. El minibús es un deseo rodante.

Espalda, pelo, nuca, susurros, y una radio, son parte de lo que queda del minubus una vez que se lanza cuesta abajo, ventilando las axilas del chofer y los peinados de los apretados pasajeros que esperan llegar a tiempo y saltando por encima de todos los demás minis que ya ocupan las calles desde muy temprano. La forma en que el minibús toma sus rutas en las bajadas es una característica de sus pequeñas alas y cortos pies.

El origen del transporte colectivo- no publico- se puede remontar a las caravanas de los pueblos nómadas, y desde una perspectiva antropológica quizá alguien podría destacar que la agencia se remonta a esta pulsión de tomar lo que hay e irse a otro lado- como un minibús. Con el minibús, mientras exista, una vez más el mundo andino demuestra cómo seguir inaugurando otra modernidad, esa que no quiere dejar de estar en contacto con otros, pero la que pasado un tiempo en comunidad, necesita escabullir una muestra de individualidad, la que necesita salir corriendo del minibús a estirar la piernas como recién parido al mundo exterior. Porque simplemente, tu envidia es mi bendición.

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