Debería darnos vergüenza

¿Es posible crear cultura científica en un país que nunca la ha tenido? Afortunadamente, es menos complicado que enviar misiones tripuladas a Júpiter. Aunque, para lograrlo, primero hay que sentirnos un poco avergonzados de nuestra ignorancia.

Ilustración tomada de acá

El año es 2016. El Perú es un país en el que dos periodistas pueden divagar al aire, durante más de tres minutos y sin que nada ni nadie los detenga, sobre viajes tripulados a Júpiter y astronautas heroicos que se separan de sus familias por el progreso de la humanidad. ¿Y cómo no? ¿Por qué no habría de ocurrir eso en un lugar con una cultura científica escasa, casi inexistente?

En realidad, lo único que pudo haber detenido este incidente de burla a nivel planetario protagonizado por periodistas aficionados a la ciencia ficción hubiera sido la vergüenza. No es una cuestión filosófica, sino evolutiva. Porque la vergüenza es un poderoso regulador moral, un rasgo evolutivo que aún poseemos como especie, una fuerza que nos inhibe de conductas que podrían generarnos conflictos o aislamiento de nuestros círculos sociales.

Sensatez de sentimientos

Recientemente, el doctor Daniel Sznycer y un equipo de investigadores del Centro de Psicología Evolutiva de la Universidad de California, en Santa Bárbara, han publicado un estudio que resalta la relevancia que ha tenido la vergüenza en la evolución de nuestra especie.

La investigación se realizó en Israel, Estados Unidos y la India, con grupos de personas sometidas a una serie de preguntas y dinámicas para determinar cuán importante es el juicio de otros sobre nuestro comportamiento. A partir de los hallazgos que resaltan la poderosa correlación entre la vergüenza y los comportamientos que son percibidos como negativos, los científicos han calificado a la vergüenza como un “excelente instrumento predictivo” a nivel social. Ha funcionado con las campañas antitabaco, por ejemplo. Al convertir al fumador en un paria, se ha logrado disminuir la tasa de fumadores en todo el mundo, al igual que el número de males asociados con este hábito de manera comprobada.

Pero no solo nos avergonzamos de lo que hacemos, también de lo que decimos. Es en el plano de la lucha por la igualdad universal donde quizá se haga más evidente el poderoso papel del “shaming” como regulador de conductas, con mayor visibilidad en las redes sociales.

No ocurre lo mismo con la ciencia, pese a ser el motor de todo aquello que llamamos siempre, de manera genérica, “avance” y “desarrollo”. No existe país “avanzado” o “desarrollado” que no tenga una extendida cultura científica, la suficiente como para producir conocimiento propio que favorezca a la población y a su bienestar. Pero esa es una noción muy poco difundida por acá, desde las aulas hasta los sets de televisión.

Queda mucho por hacer

Para sentir vergüenza sobre nuestra ignorancia, es necesario crear nuevos sentidos comunes. A mediados de agosto, se presentará en sociedad el Programa Especial de Popularización de la Ciencia y la Tecnología (PPOP), una iniciativa del Consejo Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación Tecnológica (Concytec).

Se trata de ocho proyectos –que irán desde 2017 hasta 2021– dirigidos a diferentes públicos (docentes, estudiantes, científucos y periodistas). ¿El objetivo? Incrementar el acceso a la ciencia y a la tecnología, y volverlas populares. “Hemos identificado que es necesario alfabetizar científicamente, por un lado. Pero también buscamos un acercamiento de la comunidad científica con la población en general”, me explica por teléfono Gabriela Bertone, coordinadora a cargo del programa.

La ciencia debe volverse popular y, con esfuerzos denodados y estoicos como los del Concytec, vamos por buen camino. Pero no es suficiente. Y así como abandonamos malos hábitos y suprimimos conductas discriminatorias, también podemos estimular nuestra curiosidad si queremos acercarnos más a la ciencia.

El motor y el fundamento del conocimiento científico es, precisamente, la curiosidad. La curiosidad que ha hecho posible que enviemos una sonda a Júpiter es la misma que puede llevarte a buscar interesantes conferencias sobre astrofísica en YouTube. Son pasos pequeños, como los del primer hombre en la Luna. No seremos capaces de entender el valor de la ciencia mientras no valoremos y ejercitemos nuestra curiosidad. Porque, en esta era, la ignorancia supina sobre cualquier tema es, literalmente, una decisión. Y las decisiones malas son aquellas de las que normalmente nos avergonzamos.

(Publicado originalmente en Revista h — Edición 58, julio de 2016)