Guerra de dependencia
Se cree que si tomáramos dosis moderadas y regulares de litio viviríamos mejor. También es posible que se requiera de todo el litio del mundo para producir aparatos que, en teoría, debieran hacernos vivir mejor.

El litio se ha usado a lo largo de la historia de la humanidad como una sustancia para calmar el carácter, y las pasiones arrebatadas en quienes son esclavos de estas. Esa esclavitud crónica que se presenta en algunos pacientes –ahora lo sabemos– se llama trastorno bipolar.
Según cifras de la OMS, 60 millones de personas en el mundo padecen esta alteración. Sus carreras, sus vidas, sus hogares, dependen del carbonato de litio, lo único capaz de contener los súbitos e intensos cambios de ánimo que experimentan en una crisis. Un desgarrador testimonio de la escritora Jaime Lowe publicado en “The New York Times” lo resume a la perfección: “No creo en Dios, pero creo en el litio”.
La idea de una divinidad siempre se sostiene en el misterio, y lo cierto es que hasta el momento la ciencia no da con una respuesta certera que explique por qué exactamente el litio tiene ese efecto en nuestro cerebro. Sencillamente funciona, incluso si no te lo han prescrito o no tienes un diagnóstico psiquiátrico.
En nuestro país se calcula que alrededor de 200 mil personas son bipolares. En abril del año pasado empezó a circular una noticia alarmante: no había litio en las farmacias. O una de sus presentaciones, para ser más específicos, el Litocarb. Ojo-publico. com reportó que esta escasez se debió a que el laboratorio que fabrica las pastillas y abastece centros de salud del Estado decidió dejar de producir las tabletas por no considerarlas rentables.
Al ser un elemento químico, el litio no puede ser patentado. Sin patentes no hay rentas, sin rentas no hay negocio, sin negocio no hay pastillas. Y sin pastillas no hay calidad de vida. Existen otras marcas y variantes genéricas del medicamento, pero quienes consumen litio regularmente afirman que los efectos no son iguales con los sustitutos.
Pocos son los que quieren arriesgarse a ver si el genérico le funciona igual, y ciertamente son muchos los que ignoran la repercusión que esto tiene en la vida de miles, explica una nota y el testimonio de Cecilia Podestá para LaMula.pe
“Para producir medio millón de autos al año es probable que tengamos que usar todas las reservas de ion de litio que existan en el mundo”. Con esas palabras, Elon Musk, CEO de Tesla Motors, la compañía que busca liderar la revolución de los autos eléctricos, presentó en marzo último sus más recientes modelos. Este tipo de anuncios proféticos e hiperbólicos tienen asidero en la realidad: “The Economist” lo ha llamado “un metal precioso en ascenso”, Goldman Sachs calcula que para el 2025 la demanda anual de litio podría llegar a 570 mil toneladas, casi el triple de la cifra que se maneja al día de hoy.
De hecho, los autos eléctricos de Elon Musk son solo una fracción del creciente mercado global cada vez más dependiente del litio. Teléfonos celulares, dispositivos digitales móviles, artefactos domésticos interconectados entre sí a través de internet, dependen casi exclusivamente de este metal para sus baterías. De momento, no existe otro sustituto mejor para las demandas de producción a gran escala. Calcio, magnesio, mercurio y otros elementos han comenzado a usarse de manera experimental, como reporta Greentech Media, pero no se ve un uso industrial masivo en el corto plazo.
Bolivia, Chile y Argentina –en ese orden– concentran el 58% de las reservas globales de litio. Como ocurre con otros minerales en la región andina, la demanda se sostiene esencialmente en la exportación. Y Estados Unidos y China, pese a que ocupan el cuarto y quinto lugar en la misma lista, son actualmente los que más le compran a los tres primeros, pues sus reservas son insu cientes para las nuevas demandas.
Simultáneamente, los carros eléctricos en ambos países comienzan a ser la apuesta por masificar aún más el uso del automóvil. Y con energía “limpia”. Los fabricantes cuyos productos dependen de las baterías de ion de litio están elevando el valor comercial de este metal. Pero, a diferencia del oro o el cobre, este no se cotiza en bolsa, por lo que los precios internacionales se establecen a través de las transacciones entre productor y comprador.
Este es uno de los argumentos que utilizan los escépticos de la sostenibilidad del litio a largo plazo como fuente alternativa de energía. El valor de un metal o elemento químico depende de la ciencia. Basta que en un laboratorio se logre producir exitosamente un sucedáneo sintético de uso sostenible para que, de un momento a otro, ya no sea rentable demandar toneladas de litio para hacer baterías.
En paralelo, bastaría también con que en un laboratorio se logre entender finalmente qué hace el litio en nuestro cerebro para producir un sustituto que cumpla la misma función. ¿Cuál hallazgo llegará primero? Las urgencias no las determina el bienestar, sino el negocio. En ambos casos.
(Publicado originalmente en Revista h — Edición 56, mayo 2016)