Ves lo que quieres ver

Nuestra asombrosa habilidad para construir narrativas inexactas a partir de las ciencias exactas.

Carl Diggler, el mejor analista político inexistente (Fuente: Cafe.com)

Nos gusta pensar que cada vez somos menos esclavos de nuestra subjetividad buscando evidencia numérica y cuantificable detrás de esta, con la esperanza de defender las causas y los credos más diversos de una manera objetiva. Pocas cosas, sin embargo, son tan subjetivas como esa obsesión por la objetividad.

Statistical bullshit, llama el “Financial Times” a esas encuestas o sondeos que se difunden con la única finalidad de vender un mensaje, que puede ser cier- to o no. Lo vemos en la publicidad, en el marketing de contenidos y también en las campañas políticas. Hoy se propagan instantáneamente y su fiabilidad es cada vez más difícil de distinguir en internet, en medio de titulares tremendistas y la angurria por los clics de los medios digi-tales. Pasa aquí y en todo el mundo. En Estados Unidos, por ejemplo, un tal Carl Diggler es prueba reciente de ello.

Diggler en realidad no existe. Es un personaje creado por los escritores Felix Biederman y Virgil Texas para el portal Cafe.com. Nació como una sátira del pundit, el opinólogo politiquero universal de los medio de comunicación. En sus columnas, Diggler evidencia sus prejuicios y fanfarronería como virtudes de autoridad que lo iluminan para pronunciarse sobre cualquier tema político o de coyuntura desde un púlpito de supuesta imparcialidad y objetividad.

Para las recientes elecciones primarias en Estados Unidos, la dupla escribió pronósticos de los resultados en nombre de Diggler, sin ninguna otra pretensión que satirizar a los especialistas con supuesta autoridad en estos temas. Lo que ocurrió fue delirante: Carl “predijo” correctamente el resultado de 77 de las 87 primarias, muy por encima de sus competidores de carne y hueso.

La ironía, como recalca uno de los creadores del personaje en un artículo para “The Washington Post”, es que todas las predicciones de Diggler son presentadas abiertamente como un cálculo subjetivo y basado en la ignorancia. ¿Dista mucho de los sesgos también presentes en quienes aseguran ser imparciales y rigurosamente científicos en sus predicciones? A juzgar por las iracundas reacciones de algunos de estos analistas, no.

El prestigio de las herramientas y los profesionales de la predicción se construye sobre lo que cierto grupo de gente quiere oír, pero revestido del manto de fiabilidad que da la supuesta objetividad científica. Uno puede “predecir” un resultado electoral, pero negar que detrás hay variables subjetivas que condicionan en mayor o menor medida dicha predicción es sencillamente imposible.

La estadística es una herramienta para calcular riesgos. Y es nuestra propia humanidad la limitación para poder entender las predicciones de la manera más útil y e ciente, explica el profesorDavid Spiegelhalter, estadístico de la Universidad de Cambridge en una entrevista para “Quartz”. Incluso si pu- diéramos superar esa tara, asegura, la evidencia muestra que a pesar de ser conscientes de nuestros límites, somos reincidentes.

La precisión y el rigor de instrumentos científicos y tecnológicos a nuestra disposición debe servir como contrapeso a nuestros propios sesgos, debilidades y taras ineludibles como seres falibles. Pensemos en la palabra de moda por estos días: “algoritmo”. Facebook lo usa, Waze lo usa, todo lo que utilizas a diario se vale de estos para anticiparse a necesidades básicas y antojos inescrutables. Parece una herramienta infalible si nos dejamos guiar por la cantidad de veces que escuchamos esa afirmación. Parece.

“Los algoritmos se presentan con frecuencia como una extensión de las ciencias naturales, como la física o la biología. Y si bien estos usan datos, matemática y computación, son también una fuente de nuevos tipos de sesgos e inclinaciones”, advierte la profesora Zeynep Tufecki, de la Universidad de North Carolina, en un artículo publicado en “The New York Times”.

La ciencia, por definición, es susceptible de ser contrastada con evidencia. De eso se trata el progreso científico, de no asumir que hay verdades incuestionables, sino de un proceso continuo de investigación y descubrimiento.

Justificar la inamovilidad de un punto de vista sesgado con “evidencia científica” nunca apunta a una discusión, sino a una sentencia. Y de eso están llenas ciertas supuestas verdades que hoy marcan la pauta en los medios, en la política y hasta en la academia. Cuestionar a quienes imponen dichas sentencias –y sus motivos detrás– con las mismas herramientas es lo que nos toca al resto. No es difícil de ver, pero hay que querer.

(Publicado originalmente en Revista h- Edición 57, junio de 2016)