Descubriendo el minimalismo

Juan Manuel Ramírez
Mar 6 · 8 min read

Hace unos meses que trato de ser minimalista. Más o menos el mismo tiempo desde que descubrí que el término no se refiere únicamente a un estilo de decoración.

No sé como caí en un largo artículo de una periodista que explicaba a través de su experiencia personal qué es el minimalismo y cómo lo aplica en su vida diaria. Me resultó intrigante, revelador y atractivo. Aunque ya había leído los libros de Marie Kondo y tenía bastante inercia en buscar cierta simplicidad en mi entorno, no era consciente de todas las implicaciones de la filosofía minimalista.

Poco después vi el documental de Netflix “Minimalism” que protagonizan dos grandes defensores de la causa. Desde entonces siento que el tema ha explotado a mi alrededor y tengo un interés genuino por tener una vida cada vez más simple. Es muy muy muy complicado, incluso si tu pareja te da soporte regalándote más libros sobre el tema o aceptando algunas de las renuncias que implica.

He pensado a menudo en de dónde nace este interés, observando mi pasado y tratando de entender qué estímulos recientes me han influido.

En primer lugar, no me cabe ninguna duda de que mi padre es minimalista, aunque él no lo sabe. Recuerdo desde que era pequeño que siempre le molestaba que se acumulasen los papeles de regalo en Navidad, que hubiese muchas bolsas de la compra o que en la nevera guardásemos los yogures con su cartón. Esos comportamientos se han exagerado con la edad. Estoy convencido de que yo he recibido esas influencias de algún modo.

Además, siempre he tenido ciertas “manías” que encajan claramente con un patrón minimalista. Desde que recuerde, siempre que llego a un hotel lo primero que hago es esconder todos los elementos de la habitación que para mi son absurdos: folletos, pequeños carteles, un directorio, el lápiz… cuanto más despejada esté la habitación, mejor. De hecho, mi marido me acusa de esconder en lugar de ordenar. Puede que lleve razón en ocasiones. Para mí lo importante es reducir la estridencia de lo que veo.

También recuerdo un antiguo ligue de universidad que quitaba las etiquetas a todo lo que compraba. Lo descubrí y me pareció fascinante. Yo también quito las etiquetas de la mayoría de envases del baño, excepto si son de alguna marca cuyo diseño me gusta. Y siempre he borrado fotos o mails antiguos o inservibles porque me parecía que era lo más ordenado.

Todo esto creció el último verano cuando pasamos unas vacaciones en Suecia. Oficialmente creo que Japón tiene mayor tradición, pero la forma en que los nórdicos juegan con los espacios y la decoración encaja bien en un estilo de vida minimalista. Algo que también se refleja en su modo de vestir. Me pareció atractivo y elegante la cantidad de gente que podías ver con colores neutros, grises, azules, negros, estampados inexistentes o muy sencillos. Uniformados sí, pero con un uniforme que me gustaría llevar. Muchas de las recomendaciones que se pueden encontrar para comenzar un estilo de vida más minimalista, como el proyecto 333, tienen que ver con la ropa que usamos.

Pero en realidad el minimalismo no es sólo una filosofía esteta. Aunque lo estético sea una de las formas más accesibles de entrar en el minimalismo y mucho de lo que se considera gran diseño sea esencialmente minimalista.

El minimalismo también tiene que ver con establecer y cuidar relaciones personales de una forma más auténtica y significativa. Y con un menor consumo.

Y fomentar ese menor consumo es muy importante cuando crece la preocupación por los efectos del cambio climático y otras cuestiones medioambientales. En mi caso muy centradas en la contaminación, a la que soy más sensible desde que me mudé a Madrid, o el abuso de los plásticos. Puede parecer superficial, pero en mi cabeza resulta imposible distinguir ambos problemas: ¿acaso hay algo más feo que un envoltorio de plástico? Mi inquietud con el tema se está trasladando rápidamente a otros asuntos, como la reducción del consumo de carne.

Creo realmente en que nuestras decisiones individuales tienen capacidad de impacto en los problemas de la humanidad -el planeta ha sobrevivido a peores catástrofes- pero también es tan desalentador el simple hecho de acudir a determinados comercios o que personas inteligentes en tu entorno nieguen poder hacer nada al respecto, que tengo serias dudas de que lo que intento hacer en mi día a día sirva de algo, pero quiero seguir intentándolo: es beneficioso para mí, y es beneficioso para el planeta.

Hablamos eso sí de intentar, porque hay que tener una voluntad de hierro o un estilo de vida demasiado austero para conseguir según qué méritos.

Para inspirar a quienes me rodean, ésta es una lista de las cosas que he logrado hacer y otra de las que me gustaría ser capaz.

Mis pequeños méritos para una vida más minimalista y sostenible:

1. He hecho una enorme limpieza en casa. He regalado a amigos, donado a extraños a través de una web, o vendido todo tipo de artículos, cachivaches y objetos varios, desde un iPad que no usaba lo suficiente, hasta una caja llena de lápices desparejados con los que nadie coloreaba. Lo más duro ha sido aquello que no era exclusivamente mío, como los utensilios de cocina -¿para qué necesitamos cuatro tablas de corte?- o la ropa de mi pareja -¿por qué tienes 43 jerseys?-.

2. Me he deshecho de mucha ropa. Desde que comencé, apenas he renovado prendas y si lo he hecho ha sido conforme a ese nuevo estilo en colores neutros. Estoy en camino de que toda mi ropa sea mi ropa favorita y encuentro un gran bienestar cuando por las mañanas solo tengo que escoger una camiseta negra lisa y un pantalón azul oscuro y no pensar más en qué ponerme. Me haría feliz deshacerme de casi todo y comprar cuatro unidades idénticas de lo que fuese, pero ese sería un tipo de derroche que intento evitar.

3. Estoy esforzándome todo lo posible por hacer regalos experienciales.

4. Me compré una botella rellenable de acero inoxidable que uso en el trabajo e incluso recuerdo llevarme los fines de semana o de viaje la mayoría de las veces. Cuando se me olvida o no tengo donde rellenarla, me siento culpable comprando agua embotellada y no sé si sería más justo simplemente aguantar la sed, pero me parece un avance enorme. Hace menos de dos años compraba cajas de botellas de 25cl cada semana.

5. Hacemos la compra de fruta y verdura en una cooperativa que produce de forma ecológica y distribuye en cajas de cartón sin usar plásticos. Nos gusta cocinar y comer sano y valoramos mucho la calidad de sus productos. Se puede argumentar que el transporte de esa verdura también perjudica el medio ambiente pero no tengo claro cuál de los comportamientos genera peor huella ecológica así que me he decantado por el que creo tiene mejor relación coste / beneficio.

6. Trato de comprar todos los productos cosméticos reduciendo plásticos: lo hago en Lush porque son veganos, porque creo mucho en su política de reutilización de sus propios envases y porque cada vez tienen más productos sólidos que no requieren envases, como el champú. Podría producir mi propio desodorante o pasta de dientes pero no estoy ahí y no es realista pensar que lo estaré a corto plazo. Los productos Lush no son baratos, pero me gustan y no estoy seguro de que maximizar la austeridad sea una estrategia sostenible.

7. Soy real fooder el 95% del tiempo.

8. Voy al trabajo en bici o andando. En ocasiones cojo coches compartidos y taxis pero estoy esforzándome por reducir esos desplazamientos al máximo en favor del transporte público y sigo una recomendación que leí hace poco: jamás usar un transporte privado para desplazamientos de menos de 2 kilómetros.

9. Hablo de todo lo anterior con las personas que me rodean para intentar evangelizar desde lo que conozco.

Objetivos que me gustaría ser capaz de cumplir:

1. Ser vegetariano la mayor parte del tiempo. Aunque no soy un hater de los consumidores de carne, sí creo que llegará un momento de nuestra historia en que parecerá un atraso cultural aquel siglo en el que aún comíamos carne. Estoy avanzando en reducir el consumo de mamíferos y en aprender más recetas para estar bien nutrido únicamente con verduras y legumbres aunque me resulta complicado, de momento, obtener siempre el sabor y proteínas que necesito. No creo que nunca pueda ser vegano, pero sin duda aspiro a comer menos carne.

2. Hacer limpieza de libros. En un par de años nos mudaremos y no tendremos tanto espacio como ahora para guardar libros. Además, mi marido considera que es el último área de la casa que podemos “minimalizar”. Aunque no estoy de acuerdo, lleva razón en que es un asunto que debemos acometer.

3. Reducir más el volumen de ropa. Encadeno varios viajes seguidos con sólo una maleta y me he dado cuenta de que no he llegado a necesitar todo lo que había ahí. Al llegar a casa y guardarla en un armario en el que hay más prendas, me doy cuenta de que aún podría reducir más. He leído que tan peligroso y adictivo como consumir sin parar puede ser tirar sin parar, pero honestamente espero no estar ahí porque me imagino un armario más aireado.

4. Comprar a granel o no pasar vergüenza por acudir a la pescadería con recipientes para que no seguir generando más plásticos.

5. Rechazar freebies y regalos promocionales siempre que me los ofrezcan.

6. Cambiar de profesión. Esto es utópico, pero no voy a negar que no sé si todo lo anterior tiene algún tipo de sentido teniendo en cuenta que trabajo en publicidad.

Todo esto no pretende ser una reedición de un libro de mi infancia titulado “50 cosas que los niños pueden hacer para salvar la tierra” porque seguro que tiene grandes carencias o contradicciones: una de las grandes recomendaciones contra el cambio climático es no volar en avión, y yo escribo esto en uno de ellos. Sí espero que inspire a encontrar una forma propia de sentirnos mejor.

Los minimalistas hablan de grandes cambios en su salud física y mental, en sus relaciones con familia y amigos, en sus finanzas, en la mayor comodidad de sus rutinas diarias o en la sensación de libertad.

Yo no sé si puedo ponerme aún tan trascendente pero sí sé que me hace más feliz una balda vacía que llena, y que esa es una muy pequeña pero útil contribución contra el mayor problema del mundo en este siglo.

Juan Manuel Ramírez

Written by

Head of Planning, McCann Madrid

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