(Publicado en Rolling Stone, octubre de 2014)

Durante los cuatro años y casi cuatro meses en que Gustavo Cerati estuvo en coma, su estado se convirtió en un gran enigma que pareció abrir un baldío existencial entre la vida y la muerte, haciendo de su habitación en el primer piso de la clínica ALCLA una especie de limbo, un purgatorio en el que su cuerpo dormía un sueño que su familia, sus amigos y todo el resto de nosotros aprendimos a imaginar como algún tipo de viaje cósmico, una excursión fuera del tiempo que había llevado a su conciencia lejos hacia un plano abstracto. Y que de pronto estuviera ahí, en un ataúd de madera lustrosa, parecía mentira: era algo demasiado real.

“Se elevó aun más”, dijo su amigo Oscar Fernández Roho, mirando el cajón, con la cara desencajada detrás de unos anteojos negros. Alrededor, cientos y cientos de fanáticos que subían las escaleras de mármol hasta el primer piso de la Legislatura de Buenos Aires seguían un camino circular que rodeaba el lugar donde estaban los restos de Cerati, en un rito funerario silencioso y palaciego, una procesión atávica para despedir al padrino de la modernidad de la música latina, a la máxima estrella de rock al sur del Río Bravo, al líder de Soda Stereo.

Esa mañana del jueves 4 de septiembre, la noticia fue imparable: casi todos sus amigos se enteraron por los medios o las redes sociales y, al mediodía, mientras sus canciones empezaron a sonar en las radios como himnos de despedida, ya había impactado en todo el continente. “Siempre había sido uno de mis ídolos de la música”, dijo Shakira, que a partir de 2005 sostuvo una relación artística con él. “Para mí, desde una opinión muy personal, la figura del rock en español más representativa y la figura máxima.” Y esa noche, cuando llegó al funeral en la Legislatura, Charly García le dio a los micrófonos de los noticieros una ajustada valoración sobre Cerati: “Era un arquitecto de la música”.

Al otro lado del cajón, Benito Cerati estaba inmóvil, acompañado por un grupo de amigos. Y a un costado, sola, su ex mujer Cecilia Amenábar, la madre de sus hijos (Benito y Lisa), miraba en silencio, asimilando cómo todo eso encajaba ahora en su vida. Cruzando una puerta de vidrio, en un salón reservado para la familia y los amigos, estaban casi todas las personas que atraviesan su biografía. En unas sillas, mirando hacia donde pasaba la gente, estaban su madre, Lillian Clarke, su tía Dora, sus hermanas Estela y Laura, sus sobrinos, las novias de distintas etapas de su vida (como la actriz Leonora Balcarce y Anastasia Chomyszyn, con la que Cerati salió en los comienzos de Soda) y sus amigos más cercanos. Adrián Taverna, su sonidista de toda la vida. Roho, uno de los amigos más cercanos, encargado de su imagen desde los comienzos de la carrera solista del ex Soda, director del video de “Me quedo aquí” y dueño de la peluquería Roho. El baterista Pedro Moscuzza. Leandro Fresco, su último socio creativo. El videasta Andy Fogwill. “Se cierra una etapa de mi vida que empezó cuando tenía 15 años”, me dijo esa noche Anastasia Chomyszyn. “El año pasado Lillian me había dicho que como la canción «#» [del disco Fuerza natural, un tema que habla de los números] terminaba en el número trece, tenía miedo que no llegara al 2014.”

Eran las once y media de la noche y afuera, bajo una llovizna tropical, una cola de unas quince cuadras se desplegaba en las manzanas que rodean la Legislatura para despedirlo. Gustavo Cerati había muerto definitivamente doce horas antes, en la mañana, de un paro cardiorrespiratorio en la habitación 116 de la Clínica ALCLA. El diagnóstico médico hablaba de un daño cerebral extenso tras sufrir un ACV que había derivado en el infarto del hemisferio izquierdo de su cerebro y que, desde un principio, volvía casi nulas las expectativas médicas de su recuperación: ese hemisferio y el 70 por ciento de su tronco cerebral ya no funcionaban. Pero esas palabras no eran terminantes porque su estado había quedado fuera de las manos de la medicina y ningún neurólogo podía decir con certeza dónde estaba.

En los últimos días, Estela lo había visto más colorado que de costumbre y Diego Lucente, un amigo que fue road manager durante la gira de Siempre es hoy y que lo visitaba todos los viernes a la tarde, le notó los brazos más flacos. Lillian y Dora se quedaron hasta tarde un día que tenía las pulsaciones altas, pero se fueron tranquilas una vez que se estabilizaron. El jueves a la mañana, desde la clínica llamaron a Laura, su hermana menor y apoderada, que estaba de vacaciones en Villa La Angostura, para avisarle que Gustavo había sufrido un paro cardiorrespiratorio y acababa de morir.

“Antes, cuando lo querías ver a Gus ibas a la clínica, lo tocabas, le hablabas y estabas un rato con él”, decía Roho en voz baja, sin poder moverse de al lado del ataúd. “Ahora no está más.”


Una tarde de febrero de 2012 fui a visitar por primera vez a Lillian Clarke a su casa. La madre de Cerati sigue viviendo en la casa de siempre, un primer piso con un frente de piedra Mar del Plata en una calle tranquila de Villa Ortúzar, con ese tipo de decoración recargada de las casas de otra época, aunque todo brilla de una forma impecable: una chimenea de mármol color esmeralda contra una pared recubierta de madera detrás de una pequeña escena de living color pastel que componen el sofá dorado y azul a rayas, la mesa ratona de madera oscura, otro sillón beige y un tótem negro y raquítico que Gustavo trajo de unas vacaciones en la Isla de Pascua.

“Todavía me parece verlo ahí”, me dijo, señalando un rincón del living junto al ventanal que da a una terraza de baldosas moradas. Eran las 3 tarde de un miércoles y, salvo ese rincón, la casa estaba inmersa en un suave eco de penumbra. Todas las tardes, cuando era adolescente, Gustavo volvía del colegio, agarraba uno de los silloncitos del living y se sentaba ahí a tocar la guitarra bajo el sol, tratando de convertir los complicados entramados de acordes de las canciones de Genesis o Yes en posiciones posibles para las yemas de los dedos.

“Me había olvidado que venías, tengo que ir a la clínica a reemplazar a la señora que lo cuida”, me había dicho un rato antes, mientras apoyaba dos tazas de té sobre la mesa del comedor. “A las 4 quedé en encontrarme allá con mi hija Estela, que viene de La Plata.” Las persianas del living estaban bajas, dejando atravesar pequeños arañazos de luz sobre los muebles en los que se acumulan caballitos de porcelana, imágenes de la Virgen, adornitos, fotos de fiestas de 15 de sus dos hijas, fotos de sus nietos, plantas, más de 60 años de memorabilia familiar y, últimamente, cartas para su hijo, fotos, rosarios, cadenitas, almohadones con su cara y mensajes que le llegaban todos los días de distintas partes de Latinoamérica.

Después de que Cerati cayera en coma, fue como si algo suyo finalmente hubiera vuelto a su madre. Ciertamente, había algo amniótico en su estado. Durante estos últimos años, Lillian acompañó el trance de su hijo al borde de la cama, como acunándolo. Nosotros vimos a Cerati a través de los ojos de su madre. Después de todo, ella era el lugar de donde él venía, era lo más cerca de él que podíamos estar y, también, la mejor manera de entender la génesis y conformación del artista más importante del rock latino. De ella heredó el porte, la prestancia.

“Cuando empezó con «El temblor» yo estaba en la cocina preparando algo para comer y le digo: «Qué hermoso, Gustavo, ¿qué es eso?». Y me dice: «¿Te gusta, mamá?»”, recordaba Lillian sobre el origen de “Cuando pase el temblor”, la canción con la que Soda Stereo, en Nada personal, empezó a construir su proyección continental. “Por eso nadie me va a decir quién fue el compositor de todos los temas.”

A sus 83 años y con esa manera británica de envejecer, con una elegancia obstinada y conservando una intensidad dócil en la mirada de ojos celestes, por esos días Lillian mantenía la casa impecable y una rutina que incluía guardar y clasificar todas las cartas y regalos que llegan de los fans en unas carpetas oficio de tapas negras y visitar la clínica todas las tardes, desde hacía dos años. “Yo tengo fe de que se va a despertar. Vemos signos, avances”, me dijo esa tarde.

Después se hizo la hora y, como yo en esa época vivía por Belgrano, la llevé en auto hasta ALCLA, mientras me iba indicando qué calles solía tomar con los taxis a los que se subía siempre en Alvarez Thomas. En el camino, me contó que cuando empezó a salir con Juan José Cerati, el padre de Gustavo, como a ella le gustaban los hombres más grandes él le había mentido diciendo que tenía 26 años en vez de 23, la misma edad que ella en ese momento; que ya a esa edad Juan José era medio pelado y por eso Gustavo siempre había tenido complejos con el pelo; que antes de casarse habían actuado juntos en una obra de teatro que habían organizado en el club social de Esso, donde se habían conocido trabajando, ella como taquidactilógrafa y él como cuadro ascendente dentro del área contable; que nos convenía doblar en Pampa a la derecha; que la llamara a la tía Dora, la hermana de Juan José, que sabía mejor la historia de cómo los Cerati habían llegado a Argentina desde Mozzate, un pueblito al norte de Italia.

Cuando llegamos a ALCLA, el guardia de seguridad que custodiaba la entrada bajó hasta la vereda para abrirle la puerta del auto y después le abrió la puerta de vidrio de la clínica. Antes de subir en ascensor al primer piso, Lillian saludó a las chicas que estaban en la recepción.


Después de ser trasladado desde Venezuela en un avión sanitario, Cerati pasó una temporada en la clínica de rehabilitación Fleni. En los primeros días ahí, mientras en los medios se hablaba de excesos relacionados al consumo de cocaína y viagra durante la gira, su cuerpo sufría unos espasmos que le levantaban el torso de la cama como si quisiera sentarse. A fines de octubre fue trasladado nuevamente, esta vez a ALCLA (una clínica de permanencia), donde siempre estuvo alojado en el primer piso, aunque en tres habitaciones distintas (su internación coincidió con unas reformas que estaban llevando adelante en el lugar). Pocos días después de su llegada a ALCLA, Cristian Castro fue a visitarlo sin autorización y logró pasar. Entonces decidieron instalar en la puerta un detector de huellas digitales en el que sólo su familia estaba registrada. El resto de los amigos tenían que estar autorizados en una planilla y firmar cada vez que entraban a verlo.

El parte médico permanecía invariable: “Daño cerebral extenso con incidencia en el hemisferio izquierdo y tronco cerebral secundario, con hipertensión endocraneana”. Cerati había sido internado en la clínica La Trinidad, de Caracas, al terminar el último show de la gira de Fuerza natural en el campus de la Universidad Simón Bolívar. Esa noche había sido sometido a varios exámenes y, tras pasar todo el sábado consciente pero sin poder hablar ni lograr que el costado derecho de su cuerpo le respondiera, el lunes 17 a la mañana había caído en coma.

En un principio, alrededor de su cama, todo era shock y efervescencia. Los familiares y amigos que iban a visitarlo estaban esperando el momento en el que volviera del coma y abriera los ojos. Los movimientos de su cuerpo hacían creer que Gustavo estaba ahí, tratando de comunicarse, aprendiendo la forma de volver a dominar sus músculos. Benito, Roho, Taverna y Moscuzza le cargaron varios iPods con música, muchos discos nuevos de bandas que le gustaban. Su tía Dora le llevaba chupetines para que su boca se mantuviera en movimiento. Llevaron un tapiz de la Virgen de Guadalupe que había comprado en México y tenía en su casa de Vicente López para usarlo como manta en su cama. En junio de 2011, Luis Alberto Spinetta lo fue a visitar y le llevó de regalo una guitarra.

“Está vivo”, aseguraba por esos días el artista plástico Eduardo Capilla, padrino de Benito, amigo suyo desde principios de los 80 y responsable de varias de las puestas en escena de los shows de Soda y de su carrera solista.

Oscar Roho, que también lo iba a ver todas las semanas y le cortaba el pelo, decía lo mismo. “Está vivo y tiene una energía y una luz que traspasa toda cuestión científica, lo que los médicos dicen”, contaba. “Yo parto de mi instinto, de cuando lo veo a él y me pone un gesto. Yo me agarro de esas cosas. Para mí, contra cualquier pronóstico, Gus se despierta. Tiene una energía que es letal, alucinante.”

Mientras la familia averiguaba sobre un tratamiento con células madre en Brasil y cuáles podían ser los riesgos del traslado, un ejército de médicos y enfermeras lo atendía constantemente para mantener su cuerpo en el mejor estado posible. Cuando su frecuencia respiratoria bajaba, un respirador se activaba automáticamente. A la tarde, lo sentaban en un sillón negro con un arnés que lo mantenía erguido, lo vestían con una remera marrón de Queen, jogging y zapatillas deportivas, y las kinesiólogas hacían trabajar los músculos de sus brazos y sus piernas buscando que no perdieran tonicidad. Además, le habían enseñado a tragar otra vez, poniéndole miel y chocolate en los labios. Para despertar su olfato, le acercaban cigarrillos a la nariz.

“Se supone que escucha”, decía en diciembre de ese primer año Adrián Taverna, que lo iba a visitar casi todas las semanas. “Es más, desde un primer momento nos dijeron que hablásemos y, para los médicos, escucha. Y yo creo que también, por diferentes cosas. Es como todo, vos lo ves y decís: «Hoy lo veo mejor». Creo que tiene que ver con cómo está uno.”

En febrero de ese 2011, LCD Soundsystem visitó Argentina antes de separarse y tocó un miércoles en Groove. A la noche, cuando salió de la peluquería, Roho se subió a su auto e hizo lo que hacía siempre. “Lo llamé a Gus por teléfono para decirle: «Boludo, vayamos a ver a LCD, ¿nos encontramos en la puerta o adentro?»”, cuenta. “Y me atendió el contestador, con la voz de él. Y ahí caí.”

Con el paso de los meses, la ansiedad empezó a decantar. Aunque seguían esperando que se despertara, su círculo íntimo comenzó a asimilar este nuevo estado de Gustavo, acostumbrándose a que su cuadro no ofreciera novedades médicas. En ALCLA mantenían su cuerpo en el mejor estado posible, como un templo al que esperaban que su conciencia regresara algún día. Entre sus familiares y amigos, empezaron a pasarse el libro Un ataque de lucidez, de Jill B. Taylor, una doctora en neuroanatomía de Harvard que sufrió un ACV, estuvo en coma y, al despertar, escribió una crónica de su excursión a ese lugar donde, supuestamente, ahora estaba él. “Ella dice que es un placer total. Se te anula la parte del ego, de la vergüenza, entonces está todo bien. No siente dolor, no siente pena”, contaba Roho, dejándose entusiasmar. “Entonces, por momentos digo: «¿Me angustio? ¿La estará pasando bien, la estará pasando mal?». Me angustia no tenerlo, no poder disfrutarlo como amigo, pero por ahí la está pasando bien. Es raro, raro, raro. Por donde lo mires.”

En el último tiempo, sin embargo, la persistencia del coma empezaba a parecerse a un estado irreversible: clínicamente no mejoraba, así que probaron cambiando su medicación. Pero durante unos meses, algunos días los brazos se le cruzaban repentinamente y los enfermeros no podían separárselos.

“Está igual”, me dijo Roho cuando se estaban por cumplir tres años de internación, en mayo 2013. “Lo fui a ver hace una semana y, aunque nosotros veamos señales, en los partes clínicos no hay ninguna evolución.”

En los medios, cada tanto volvía a rondar la discusión sobre cuánto tiempo iban a mantenerlo conectado. Uno de sus ex compañeros de Soda, el baterista Charly Alberti, dijo: “Opté por no ir a verlo ya últimamente, porque quedo quince días out. Me hace muchísimo daño”, dijo. “Me parece que hay que dejarlo ir. o venir.” Pero para la mayoría de los que lo visitaban, Gustavo estaba ahí. “Lo veo más gordito”, contó el bajista de Soda, Zeta Bosio. “De aspecto general, de cara, parece como si estuviera dormido. Parecería que se pudiera despertar en cualquier momento. Ojalá.”

Una vez, muchos años antes, charlando con su amigo Capilla, que estaba deprimido, se habían puesto a imaginar hasta donde llevarían su pulsión de vida.

-¿Si perdieras las piernas? -le preguntó Capilla.

-Seguiría.

-¿Si te quedarás cuadripléjico?

-También, seguiría.

-¿Si te quedara sólo la cabeza?

-También -le contestó Cerati-. Seguiría viviendo si tuviera solo la nariz.

En enero de este año, en una entrevista en el diario Clarín, Benito Cerati declaró: “Estoy esperando que ocurra lo que tiene que ocurrir. Por supuesto que uno espera lo positivo y Dios quiera que así sea. Sería el milagro más grande de todos y lo mejor que podría pasarnos a la familia entera, pero hay que caer en la realidad de vez en cuando”.

En mayo, cuando se cumplieron cuatro años del día que cayó en coma, nada había cambiado. “Sigue todo igual”, me dijo Taverna. “Va pasando el tiempo y no pasa nada.”


El segundo tramo de la gira de Fuerza Natural duró poco más de tres semanas. Empezó el 24 de abril de 2010 en Lima, Perú, y el plan de viaje fue bastante distendido e incluía varios días libres entre los shows en las distintas ciudades para pasear y descansar.

En 2006, mientras grababa el video de “Crimen”, el corte del disco Ahí vamos y la canción que le había compuesto a Deborah de Corral después de separarse, Cerati había sufrido una trombosis en una pierna y le habían contraindicado viajar en avión. Más allá de los dos paquetes diarios de Jockey suaves largos que fumaba y su vida nocturna de estrella de rock, las horas de vuelo acumuladas en sus últimos treinta años habían sido un factor decisivo para que se le hubiera formado el coágulo en la pierna; así que para viajar tenía una prescripción médica que tenía que seguir al pie de la letra. Además, tenía un historial genético: según su tía Dora, su abuelo paterno (Ambrosio Cerati, que había llegado en barco después de la Segunda Guerra Mundial) había muerto por problemas circulatorios. “Se subía al avión y, de repente, lo veías que sacaba una jeringa y se la clavaba en la panza mientras la gente pasaba a su lado”, contaba Taverna.

Aquel verano, Cerati había empezado a salir con la modelo Chloé Bello, que tenía 23 años y lo había hipnotizado: los primeros meses del año casi no había visto a sus amigos, se la había llevado a la gira y planeaban casarse en Marruecos en la segunda mitad del año.

“No paraba nunca. Si tenía un día se iba a algún lado a pasear y volvía”, contó el guitarrista Gonzalo Córdoba. “Todo el tiempo estaba: «Che, vamos a comer a tal lugar». Era de salir mucho a la noche, era muy activo en eso. Salía a comer después de un show, después a una fiesta, y lo veías a la mañana y le decías: «¿Descansaste?». Y te contestaba: «No, pero no importa, después descanso un rato».”

“Yo veía que no se estaba cuidando lo suficiente”, recuerda Richard Coleman sobre esa última gira. “Le estaba escatimando descanso al cuerpo, por ahí estaba fumando mucho o lo veía desabrigado o cosas que me parecían raras, como que había llegado tarde a la prueba de sonido, o se tomaba una cerveza.”

Después del show en Medellín, el 11 de mayo, Chloé se había ido a Europa para trabajar en una campaña gráfica, así que durante el final de la gira Cerati había pasado más tiempo con sus músicos y todo se había acelerado: de Medellín volaron a Bogotá para tocar el jueves 13 y el sábado 15 les tocaba Caracas, Venezuela, el último show antes de volver a casa.

El viernes a la tardecita, cuando aterrizaron en Caracas, todos venían cansados. Al llegar al hotel Meliá, el road manager hizo el check-in de cada uno y, antes de separarse en el lobby e ir a sus habitaciones, Taverna le dijo a Cerati por qué no aprovechaba para descansar.

-Sí, me voy a pedir room service y a dormirme temprano -le contestó Cerati, mientras se metía en el ascensor.

Sin embargo, esa noche, el sueño le duró poco. “Después me enteré de que a la una de la mañana se levantó y se fue a la mierda, solo. Y volvió a cualquier hora”, dijo Taverna. “Medio se nos escapó.”

El sábado se levantó tarde y, después de almorzar en el hotel, fue con sus músicos a la prueba de sonido. Sobre el escenario, Anita Alvarez de Toledo grabó un video con su teléfono que está en YouTube: es un día soleado, se ve el cielo radiante sobre la Universidad Simón Bolívar. Cerati tiene una remera celeste, unos jeans, anteojos negros, gorrita militar y la barba crecida. Se lo ve de buen humor, bromeando con Taverna y hablando con Gonzalo Córdoba sobre uno de los efectos que usaban en “Magia”.

Durante toda la gira, venían haciendo casi la misma lista de canciones: una primera parte con casi todo el tracklist de Fuerza natural y una segunda parte con temas del resto de su carrera solista. Hacia la mitad del show, Cerati se cambiaba el traje negro por uno completamente blanco y ya no tenía el antifaz. “Un regalo, no mío, de la naturaleza o de lo que sea, para todos.”, dijo esa noche, cuando el show ya estaba terminando, después de presentar uno por uno a sus músicos, como introducción antes de anunciar el último tema. “Un lago en el cielo, que acá estamos bien alto. Gracias Caracas.”

Después, Fernando Samalea contó cuatro en la batería y toda la banda empezó a tocar “Lago en el cielo” en un sincro perfecto. Durante toda la gira, Cerati había terminado los shows con esa canción y al final siempre hacía un solo de un minuto y medio, pero esa noche pareció perderse en un trance eléctrico durante unos minutos, sacudiéndose al borde del escenario mientras tallaba el último solo de la gira, despegándose del resto del grupo. “Esa noche no sé por qué estaba arengadísimo y el solo duró minutos y minutos”, recuerda Córdoba. “Fue impresionante, él estaba en llamas.”

De alguna manera, esa fue la última vez que Gustavo Cerati fue él mismo completamente. Después de despedirse de la multitud, bajó del escenario y fue a su camarín privado. Cuando se terminó de cambiar, llamó a una de las mozas y pidió un medallón de lomo y una ensalada. Un rato más tarde, Coleman y Taverna pasaron a saludarlo para charlar un rato.

-¿Te sentís bien? -le preguntó Taverna, que lo vio medio apagado.

-Estoy medio cansado -le dijo Cerati.

-¿Querés hacer algo? -le preguntó Taverna.

-No, no, quiero dormir hoy -le contestó.

Media hora más tarde, Cerati salió de su camarín para sacarse la foto grupal de final de la gira y Taverna lo notó raro. Cuando el grupo se dispersó, Taverna lo fue a buscar de nuevo al camarín y lo encontró tirado en el sillón, descompuesto. Después de llamar a unos paramédicos, lo subieron a una camilla y lo llevaron en una ambulancia a la clínica La Trinidad. Ahí en los camarines, después de bajar del escenario, sufrió una isquemia cerebral. Esa noche lo dejaron internado en observación y, al día siguiente, le hicieron varios exámenes. Cerati estaba consciente, pero no podía hablar y el costado derecho de su cuerpo no le respondía.

El lunes a la mañana empezó a agarrarse la cabeza y en un momento se desvaneció. Su hermana Laura tuvo que viajar a Venezuela y firmar una orden para que lo operaran para aliviarle la presión intracraneal. “En las últimas horas ha llegado a un gran edema cerebral y un deterioro progresivo de sus cuadros neurológicos”, contó el doctor Herman Scholtz al terminar la cirugía.

Cerati estaba en terapia intensiva y había que esperar cómo evolucionaba en las siguientes 72 horas.


Otra tarde que visité a Lillian, después de tomar el té y ver las fotos de su hijo cuando era chico, me preguntó: “¿Querés ver el cuarto de Gustavo?”. La habitación, que está al lado de la cocina y es la dependencia de servicio de la casa, está igual a cuando él era adolescente. Es un ambiente chiquito, con espacio para una cama de madera y un escritorio con estantes que en estos años se fue llenando de los libros que lee Lillian. En la ventana hay una calcomanía de la Universidad del Salvador, de cuando estudiaba ahí la carrera de Publicidad a comienzos de los 80, y una de Charly García, de la etapa Say No More, en la segunda mitad de los 90, que Cerati pegó en la última época de Soda Stereo (todos los domingos al mediodía seguía yendo a comer a lo de su madre). Sobre los estantes, hay tres fotos de Cerati, maquillado y con un peinado espumoso, durante la presentación del primer disco de Soda en el teatro Astros, el 17 de agosto de 1984. “Y tenía también un afiche de The Police pegado en la puerta, que se lo había firmado Sting, pero hace unos años vinieron a pintar y se les rompió.”

Un rato después, cuando bajamos y la acompañé hasta Alvarez Thomas a que se tomara un taxi para ir a la clínica, Lillian señaló una casa pintada de blanco frente de la suya y dijo: “Ahí vivía el profesor de guitarra de Gustavo, que lo hacía rezongar porque le hacía practicar solfeo y tocar folclore”.

Por esos días, Gustavo tenía 13 años y se pasaba las tardes descubriendo discos de Genesis, Yes y también de Deep Purple, Pink Floyd o los locales Vox Dei y Pescado Rabioso. Leían sobre fenómenos paranormales, astronomía y neoarqueología con sus amigos del colegio San Roque, Sebastián Simonetti y Alejandro Magno, el primer trío inseparable que formó Gustavo en su vida. “Gustavo era fanático del Triángulo de las Bermudas”, cuenta Simonetti, que ahora trabaja en el colegio. “Le decíamos Melena, porque tenía el pelo medio largo, con rulos.” (Su primer hit fue una canción navideña que ganó el segundo puesto de un concurso musical que se emitió por Canal 9 y en el que León Gieco y Carlos Cutaia estaban en el jurado; en esa época también compuso “Desértico”, una canción religiosa y tocaba en misa, en la Parroquia del colegio San Roque.)

Una de las primeras canciones que Cerati compuso para Soda Stereo (y que nunca llegaron a grabar) fue “Dime Sebastián”, inspirada en las horas de charla sobre ovnis con Sebastián Simonetti. El estribillo decía: “Dime Sebastián qué hay de nuevo en el cielo”. Sin embargo, a sus ex compañeros de colegio, la repentina modernidad de Cerati les parecía superficial. “Era una traición a la música que habíamos crecido escuchando”, dice Simonetti. “Nos parecía algo comercial.”

Sus amigos llegaron a ver algunos ensayos en la casa de Charly Alberti y un par de shows en Stud Free Pub, pero no creyeron que le pudiera ir bien tocando esas canciones.


El día antes de la muerte de Cerati, los músicos de Tan Biónica estaban grabando su nuevo disco en Unísono. En la oficina del primer piso, mientras tanto, después de ponerle play en su Mac de escritorio al demo del nuevo corte, Guido Iannaccio, manager de la banda, me contaba que después de alquilarle el estudio a la familia de Gustavo e instalarse el año pasado, habían encontrado una caja con todos sus pasaportes, incluso el último que había usado en la gira de Fuerza natural que terminó en Venezuela.

Cerati construyó Unísono en 2003, después de separarse de Cecilia Amenábar y mudarse de la casa de Vicente López en la que vivían, donde tenía el estudio Casa Submarina en un sótano acondicionado al fondo del jardín, bajando por una escalerita al costado de la pileta. Unísono queda en una calle tranquila de Florida y se entra después de cruzar un estacionamiento que, en rigor, era parte del estudio porque siempre que grababa algo, Cerati lo guardaba en un pendrive y se metía en su auto a escucharlo, a comprobar cómo sonaba ahí, cómo se desenvolvían las canciones en el mundo real.

Después del ACV, durante los primeros dos años, mientras la familia todavía manejaba el estudio (se lo alquilaron temporalmente a Gustavo Cordera y a los Illya Kuryaki para grabar sus discos) estaba la decoración de siempre: una foto holográfica de los Beatles, otra del director técnico César Luis Menotti de traje y un muñeco del sistema circulatorio.

En Unísono, Cerati grabó Ahí vamos, reunió a Soda Stereo y, a mitad de 2008, se encerró varias semanas a componer Fuerza natural. Durante esos días de aislamiento creativo en el estudio, no tocó ningún instrumento: trabajó con la computadora y las consolas a partir de canciones de artistas que escuchaba en los 70, como Billy Bond y la Pesada del Rock and Roll, Ney Matogrosso, Todd Rundgren y Yes, sampleando fragmentos de sus temas preferidos, cambiándoles el tempo, distorsionando las melodías y llevándolos hacia lugares y atmósferas enrarecidas, en busca de cierto estilo folk y psicodélico hasta convertirlos en disparadores de nuevas canciones, como si la música fuera un principio físico maleable, una combinación de átomos y de energías que ya existían, como si nada empezara de cero.

Para alguien que siempre había estado tratando de escuchar el futuro para decodificarlo en canciones pop de una potencia radial masiva, volver a los 70 significaba ir en busca de cierta atemporalidad, de una materia que permaneciera invariable, sin envejecer.

Habían sido unos años de reconciliación con el pasado después de una vida entera obsesionado con el futuro. Si Bocanada y Siempre es hoy, los dos discos que editó tras la separación de Soda Stereo, fueron movimientos para desmarcarse del peso de su historia reciente sumergiéndose en la electrónica y el mid-tempo en busca de formas nuevas, en 2006 Ahí vamos marcó un regreso a los estribillos de vocación radial y al rock de guitarras de Canción animal. Había ido en busca de cierto clasicismo, recuperando intensidad, distorsión y melodías pop de proyección masiva. Había ido en busca de la consagración de su carrera solista.

Recién entonces, después de una gira de estadios por el continente con Ahí vamos, dos Grammy latinos, un premio Gardel de Oro y su disco votado como el mejor del año, se había permitido despertar a Soda Stereo para una gira de dos meses por Latinoamérica y Estados Unidos, y revisitar sus años de explosión de la sodamanía en la segunda mitad de los 80.

Y aunque la resurrección de la banda en los escenarios había sucedido entre el 19 de octubre y el 21 de diciembre de 2007, con 22 shows a lo largo de todo el continente, el operativo retorno fue mucho más largo: llevó casi todo el 2007 e incluyó un complejo plan de marketing que se había desarrollado en secreto y, antes que eso, algo más difícil: que Gustavo, Zeta Bosio y Charly Alberti volvieran a reunirse después de años cruzándose en eventos con saludos tibios. Que volvieran a encerrarse en una sala de ensayo y, después de más de diez años, tocaran juntos otra vez. Que encerrados en una sala de ensayo y tocando juntos otra vez, volvieran a ser una banda. Que volvieran a ser Soda Stereo.

Reponerse de todo eso le había llevado casi toda la primera mitad del 2008: había necesitado purgar ese viaje turístico y emocional a su juventud, vaciarse de toda esa radiación del pasado, volver al futuro. Y de vuelta en 2008, Cerati se encontró con una agradable sensación de libertad. Ese tour exprés por su juventud le había hecho mirar para atrás y tomar una conciencia más concreta del tamaño y la consistencia de su obra, del impacto que tenía todavía en varias generaciones de Latinoamérica, la vigencia de las canciones.

“Me siento liberado de muchas cosas”, dijo en una entrevista. “El hecho de haber realizado la gira anterior de Ahí vamos, que fue muy exitosa para mí, y también por supuesto la gira de Soda, que fue enorme, me puso en un lugar, por lo menos en lo musical, en que realmente siento que puedo hacer cualquier cosa.”

A la vez lo había dotado de una conciencia vital más concreta: mirar al pasado también le hizo ver que le quedaba menos tiempo. El año siguiente iba a cumplir 50 y ya no tenía que demostrarle nada a nadie.

Por primera vez en su carrera, tenía una idea clara de la trama general que iba a atravesar al disco antes de empezar. Después de la experiencia del regreso de Soda, quería recrear en las canciones esa sensación de extrañamiento y familiaridad frente a algo, que su nuevo disco solista funcionara como un punto de fuga, un viaje en distintas dimensiones. Un viaje externo y a la vez interno, terrestre y cósmico, una confusión con sentido, un espejismo de folk, blues y psicodelia con información del futuro.

En septiembre de 2008, después de pasar unas semanas en Unísono, viajó a su chacra de Punta del Este con Benito, Lisa y su computadora para que el paisaje impregnara las canciones y, ese verano, además de pedirle ayuda a Richard Coleman y Adrián Paoletti con las letras, empezó a intercambiarse un cuaderno con su hijo a modo de cadáver exquisito. Cuando volvió a Buenos Aires, grabó lo que faltaba y estaba muy contento con el resultado.

“Gustavo estaba en un momento especial”, dice Oscar Roho. “Estaba tan feliz con ese álbum, pero tan feliz. Yo lo vi terminar todos sus discos solistas, pero cuando terminó Fuerza natural, realmente había llegado a un lugar muy alto. Me acuerdo que la noche que hizo la escucha en el estudio estábamos todos flasheados. Era un gran viaje.”

En agosto, Cerati y su banda fueron al zoológico Temaikèn a grabar unas entrevistas para completar el EPK que iba a acompañar la salida del álbum. En un momento, mientras da una vuelta por el gift shop, mira la cámara y dice: “Si yo me retirara ahora, en este momento, que no creo que sea muy factible, pero supongamos que sí, me iría contento, por Fuerza natural”.

Nueve meses después, cuando sufrió el accidente cerebrovascular en Venezuela, esas palabras cobraron un raro eco premonitorio y todo el álbum pareció resignificarse, como un destino ya desencadenado pero todavía sin consumar. “Todos me dicen que fue algo premonitorio”, me dijo Lillian Clarke en una de mis visitas. “Gustavito ha dicho cosas muy complicadas. En Colombia a una chica le dijo: «Quizás ésta sea mi última gira». Me pone la piel de gallina cuando lo recuerdo.”

Esa sensación en seguida hizo metástasis en todo su entorno, como una forma de encontrarle sentido a lo que estaba sucediendo. “Lo que le pasó yo lo percibí, lo imaginé y lo hablé con él mil veces; fue un tema de conversación de meses, pero nada se puede evitar y él tenía que pasar por esto”, contó Anita Alvarez de Toledo en una entrevista. “Todo lo que pasó no me sorprende. De hecho, el disco Fuerza natural es un presagio, es un oráculo de todo esto. Una vez estábamos bailando en Punta del Este y justo pasaron un remix del tema «Déjà vu», entonces él me miró fijo y me dijo: «¡Boluda, me temo que el disco que hice es un fucking oráculo!» Entonces, espero que estemos en la canción «#».”

“Es muy premonitorio el álbum. Todas las cosas que dice, cómo habla de lo que está pasando un poco ahora, ¿no? Hace algunas referencias, y ya pensar en eso es de piel de gallina para arriba. «Viajo sin moverme de aquí.» ¿Qué más querés que te diga?”, me dijo Roho una tarde en su peluquería, cerca de Plaza Armenia, en Palermo. “A veces le estoy cortando el pelo a alguien, me pregunta por él y de repente el random pone un tema de Gustavo. Y debe haber 50 mil canciones y capaz no sonó en todo el día.”

“A mí me pasa y es horrible”, me dijo Coleman, en un bar de Villa Urquiza. “Me está pasando con las letras que escribí yo para Ahí vamos. Hay una que dice: «Suspendida parece explotar, algún día ella despertará, sin embargo yo me encargo de evitarla», de «Uno entre mil». El otro día la estaba cantando y dije: «La puta que lo parió».”

Una de las veces que la vi, Anastasia Chomyszyn me dijo: “Fuerza natural es una descripción directa del estado de coma en el que está”.

Cuando se conocieron, Cerati tenía 24 años, tenía rulos y estaba por sacar el primer disco con su banda, que se llamaba Soda Stereo y había empezado a tocar unos meses antes en el circuito under de Buenos Aires. Anastasia tenía 15 años, acababa de volver de Bélgica. La noche que Cerati la vio entre el público desde el escenario en Marabú fue como una aparición: tenía exactamente el look que Cerati quería para su grupo, así que cuando terminó de tocar bajó a buscarla y, además de empezar a salir, ella se convirtió en la referente estética de la banda, la que definió la imagen con la que Soda iba a impactar a una generación latinoamericana.

Y de pronto habían pasado treinta años y ella estaba ahí, en la clínica. Las cosas habían cambiado mucho: Anastasia ahora era una cirujana plástica y Cerati, una leyenda del rock a la altura de Charly García y Luis Alberto Spinetta, dormido en la habitación 116 de ALCLA. Parada junto a la cama, mirándolo, preguntándose si seguiría estando en su cuerpo, Anastasia se acordó de una parte de la canción “Fuerza natural”, en la que Cerati canta: “Me puse delante de mis ojos para ver”. Entonces se acercó hasta él. “Le abrí los ojos y pensé: «¿Me estará viendo?».


Originally published at www.rollingstone.com.ar.

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