Crítica del álbum “S.O.S” de Maxi Trusso

En su nueva encarnación, el cantante graba un álbum dance en el que lleva toda su erudición musical a la pista y conquista los 40 Principales . Por Juan Morris

Las aventuras de Maxi Trusso suenan como capítulos de una serie musical fantástica dirigida por los hermanos Coen en la que el protagonista es un cantante italiano clásico que canta en inglés (una mezcla de Nino Bravo con Roy Orbison) y que reencarna en cada episodio en la piel de un artista distinto, en un tiempo distinto.

A mediados de los 90 aparece en Italia asistiendo a la invención del Auto-Tune como parte del dúo Roy Vedas y saturando de efecto el track “Fragments of Life”, que lo va a llevar a telonear a los Rolling Stones en Turquía, trabajar con Cher y llegar al top ten del programa Top of the Pops. La siguiente aparición es en 2006, en Buenos Aires, grabando el disco de folk americano Leave Me and Cry y poniendo el tremendo poder evocativo de su voz por delante de guitarras acústicas. En 2010 es un artista sofisticado y vanguardista de art-rock que suena como una síntesis de Arcade Fire y Julian Casablancas en Love Gone y después aparece como invitado de Poncho para ponerle su voz al track “Please Me”, que va a terminar coronado como uno de los temas del verano durante dos años seguidos.

Y ahora, en este nuevo capítulo, Trusso es una estrella de los 40 Principales haciendo gala de toda su melomanía en un disco de electro-pop barroco, bailable, sintético y a la vez orquestal, con estribillos expansivos y hits a repetición. “SOS (Same Old Story)” es una balada up-tempo con mellotrón y “Nothing At All” tiene un crescendo sintético que explota en un estribillo de flashes para la madrugada de cualquier boliche. “Smile Now” comienza con una guitarra acústica que Trusso podría haber grabado en Leave me And Cry pero que desemboca en un estribillo eléctrico y coral. En “Dream Away” su voz flota como un espíritu atemporal sobre un arreglo orquestal de sintetizadores que suena a la marcha triunfal de un ejército medieval representada por un ballet de Pixar. En “Lovely Dixie”, debajo del wah-wah corrosivo de los sintetizadores, las cuerdas de una guitarra acústica desnuda le dan alma a una canción que, el resto del tiempo, suena como un espejismo. Al final del disco es como si alguien hubiera apretado un botón y apagado el holograma de esta nueva reencarnación enigmática de Trusso. Esta vez, también valió la pena.

(Publicado en Rolling Stone en febrero de 2015)