Residual

Relato publicado en 2013 en la antología de narrativa joven Felices Juntos (editorial Tenemos las máquinas)


Estoy viendo a los Beastie Boys mezclado entre la gente. Hace un rato fumamos un nevado con un amigo. Estoy bastante volado. Cuando empezó el show miré el cielo y vi caer cinco estrellas. Las pude contar. Ahora, mientras bailo entre la gente, de pronto me doy cuenta que desde que tengo el celular siempre lo llevo en el bolsillo izquierdo del pantalón. Se me hizo costumbre. En este momento lo llevo en el bolsillo de la campera para no perderlo. Igualmente siento la presencia residual del aparatito en mi muslo, a la altura del bolsillo. Recién atiné a tocarme inconscientemente ese lugar creyendo que iba a encontrarlo, pero no: estaba vacío. La sensación del celular guardado ahí como una memoria muscular por fuera de la piel. Una especie de melancolía sensorial. Las luces se apagan sobre el escenario y los Beastie Boys se repliegan en la oscuridad. Un amigo me codea y me dice que Adam Yauch es igual a Juan Di Natale. Yo me estoy acordando de cuando en la primaria, Elizabeth, la maestra de música, nos hacía cantar cánones. Todos cantábamos lo mismo, en distintos grupitos y a destiempo. En 4° grado Elizabeth nos dijo que éramos unos idiotas una vez que estábamos gritando en la clase y después se puso a llorar frente al piano. Se había separado. Estos tipos por momentos también hacen cánones, pero con estilo. Sueltan las rimas como látigazos en la espalda de las otras rimas, antes de que terminen. Y es un flash. Después todo se desenreda, toma velocidad y despega. Y acá estoy, mirando otra vez el cielo. Tratando de ver si se cae alguna otra estrella, preguntándome si las otras cinco que vi caer fueron una alucinación mía o si cayeron realmente. Matemáticamente es posible. Físicamente es posible. Astronómicamente supongo que también. En el bolsillo izquierdo de la campera el celular se pone amarillo y empieza a vibrar. Hace un rato me llamo Fernando, el pibe con el que vivo, para pedirme que le dejara la casa para estar con una mina. Tiene una novia hace dos años. Cogió con ella en mi cama. Entre mis sábanas. Ella chequeó los mails en mi computadora y en el MSN quedó guardado su nombre de usuario. Hace tres años que vivimos juntos. Todavía no la conozco. Mis amigos tampoco. Recién casi no podía hablar. Estaba totalmente borracho. Mientras me hablaba yo pensaba cómo carajo iba a coger en ese estado, pero le dije sí, todo bien, busco dónde quedarme, no te preocupes, usá dos forros. Una hora más tarde, por las dudas, lo llamé para chequear que seguía en pie. No atendió. El escenario volvió a iluminarse, me mezclé entre la gente y me olvidé del asunto. Ahora el que llama es él, está todavía más roto que hace un rato y me pregunta a qué hora voy a volver. Se olvidó que hablamos. Le digo que después lo llamo. El celular vuelve a vibrar a los dos minutos, el bolsillo izquierdo de mi campera vuelve a iluminarse. Dejo que vibre. La luz atraviesa la tela. No entiendo la relación que tengo con Marina. No me interesa para nada su amistad. Y ella no sé qué quiere. Es raro. Para ser una amistad, es una relación demasiado histérica. La histeria tiene la virtud de volverte loco. Creo que estoy enamorado. Pero como lo estaba de mis compañeritas cuando tenía 12 años, de un modo absolutamente tímido y paralizante. De un modo infantil. Los Beastie Boys están de traje negro y anteojos oscuros. Hay uno canoso, otro de rulos y un tercero con sombrerito onda La naranja mecánica. La gente le pide que se los tire. El tipo les responde que ni en pedo. It’s my hat, les dice. It’s my hat. Esta tarde Marina fue a renovar el pasaporte al edificio de la policía que está en la otra cuadra de la editorial. Cuando terminó de hacer el trámite me llamó al celular. Che, ya terminé. ¿Vos qué hacés? ¿Vas para tu casa? Estoy con el auto… Y, mirá, estoy trabajando, le contesté, pero tengo que ir a comprar algo acá a dos cuadras, así que si querés encontrémonos en la puerta. Cuando nos encontramos, nos saludamos y nos quedamos hablando un rato boludeces. Las charlas con ella son siempre maniobras distractivas. Me pregunta a dónde voy. Acá a dos cuadras. Te llevo en el auto. No tiene sentido, pero subo y en el segundo que nos lleva subir al auto, en esos dos o tres segundos que hay entre abrir la puerta y estar adentro, ella pierde la llave con la que acaba de abrirlo. Volvemos a bajar del Gol y la buscamos durante diez minutos en los alrededores del auto. Nada. En medio de la calle encuentro una llave que resulta ser la llave de su casa. Por unos segundos tengo la llave de su casa en la palma de mi mano. La miro. Es como cualquier otra, pero es la de su casa. La del auto no aparece. Pienso en mi editor puteando allá arriba porque no sabe dónde mierda estoy y mi texto de Brad Pitt en la India todavía está por la mitad. Le digo que saque la palanca de cambio, así empujo el auto y podemos ver si la llave está abajo. Mientras intenta destrabar la palanca, encuentra la llave abajo del asiento del acompañante, el que yo tenía asignado por esas dos cuadras. Le digo que mejor voy caminando. Nos despedimos. En la esquina la veo doblar enfrente mío. Me mira, sonríe. Es una tarde despejada, con mucho sol. Ella se va para su casa. Esta mañana volvió su marido de Tailandia. Veo doblar el Gol en Paseo Colón. El teléfono vuelve a vibrar en el bolsillo de mi campera. Me la compré hace unos meses en la Quinta Avenida por 20 dólares. Es medio retro, aunque no lo suficiente para ser considerada vintage: está simplemente fuera de moda. Está buena. Tuvo su pequeño éxito de críticas, las suficientes. En el escenario, los Beastie Boys hacen un chiste. Desafinan sobre el comienzo de “The Final Countdown”. El público se los festeja. Pienso si harán ese mismo chiste en cada uno de sus shows. En cada ciudad en la que tocan. Cada vez que cantan este tema. Me pregunto si hasta dirán Exactamente Las Mismas Palabras. Sería bastante triste. Bastante patético. Me palpo el bolsillo izquierdo del pantalón buscando el celular que no está. Después del chiste, arrancan. Son potentes. Uno tiene la voz ronca, los otros dos las tienen agudas. La mezcla es perfecta. Todos acá abajo esperamos por “Sabotage”. Cuando alguien pierde un brazo o una pierna en un accidente, lo sigue sintiendo por el resto de su vida. El vicepresidente Daniel Scioli, que perdió su brazo derecho corriendo con una lancha, todavía puede cerrar los dedos de esa mano. Mientras da un discurso o te habla, puede estar haciéndote fuck you. Con su mano invisible. Los llaman miembros fantasmas. Algunas noches Scioli no puede dormir porque siente que tiene el puño de su mano derecha apretada y que las uñas le crecen y se le clavan en la carne. Hace unos meses me mandaron a hacer una nota de una chica de 8 años que perdió los dos brazos en un accidente de micro. Lo que más le dolía eran las manos. En el sistema nervioso la información de esa mano está escrita para el resto de su vida. Esa mano se volvió invisible e inútil, pero sigue estando ahí. Como la historia de cada persona en su cabeza. Como mi celular en el bolsillo izquierdo de mi pantalón. Es una sensación residual. Lo siento ahí aunque no esté. A veces incluso lo siento vibrar. Residual viene de residuo. Entre tema y tema, me corro a un costado y le respondo el llamado a Fernando. ¿Vos podés venir a casa?, me dice con la voz rota. Perdí la llave. ¿Cómo que la perdiste? Buscá bien. Tiene que estar por ahí. Está para atrás. No deben ser ni las 12 de la noche todavía. Después te llamo, le digo antes de cortar. Cuando vuelvo a mezclarme entre el público, me cruzo con una minita que iba a mi colegio y con la que nunca tuve onda. Por suerte no me ve. Está toda vestida de negro, unas botas atadas con unos cordones como si fueran unos corset que le llegan casi hasta la rodilla y la cara muy pálida, maquillada como si se hubiera muerto. Los Beastie Boys acaban de dejar el escenario. Me sigue sorprendiendo la gente que se cree cuando la banda hace que se va. Es tan obvio. Mi ex compañerita del colegio, al parecer, es de esas personas. El escenario está oscuro. Durante todo el show tienen un DJ tirando las pistas. Al comienzo, el DJ entró solo y tuvo sus cinco minutos de fama tocando sus bases. Todos nos esforzamos para que esa parte nos gustara pero creo que fracasamos. Es una noche de noviembre en Buenos Aires. El cielo está nublado. No veo caer ninguna otra estrella. Sigo sintiendo el celular en el bolsillo izquierdo del pantalón. Fernando no atiende el teléfono. Me veo dentro de treinta años: con menos pelo, el celular todavía en el bolsillo izquierdo del pantalón, la marca de la billetera en el bolsillo izquierdo de atrás del jean, las llaves en el derecho, alguna molestia crónica en la rodilla. Marina debe estar pasando una noche en familia. Tiene un bebé de un año. El marido debe tener más o menos su edad. Son de esos matrimonios en crisis que no lo saben. Quizá nunca lo vayan a saber, y eso me afecta directamente. Ahora los Beastie Boys volvieron sobre el escenario pero con instrumentos. Una guitarra, un bajo y una batería. Hay luna creciente. Está todo listo para que toquen “Sabotage”. Hay nubes. Formas retorcidas. La sensación residual del celular en el bolsillo. Fernando tirado en un charco de vómito en el patio de casa. Marina despertándose a medianoche por la tos de su hijo. La chica rapada que baila entre la gente a dos metros mío. Pienso en cuánto tiempo me va a acompañar la sensación del celular en el bolsillo izquierdo de todos los pantalones que me vaya a poner. En todo lo que eso significa.

(2006)