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Después de un par de días de descanso hoy salgo a correr muy tranquilo. El domingo pasado me exigí bastante y por primera vez desde que volví a correr sentí una molestia en el aductor, así que esta semana me la voy a tomar con calma. Todavía corro sin reloj y hay una parte del circuito que no está medido, por lo que mis números son algo aproximados, pero habrán sido entre 35 y 40 minutos, algo más de 6 kilómetros.

Hasta acá vengo saliendo regularmente, sin mucha planificación. La idea es ganar resistencia y sumar kilómetros, tener una base para una preparación más en serio. Me voy sintiendo cada vez mejor, más liviano, pero todavía no consigo bajar los tiempos. No me muevo mucho de lo que yo definiría como mi ritmo natural, si es que algo así existe. Trato de explicarme: yo creo que cada persona, así como tiene una cadencia personal para caminar, la tiene para correr, y este ritmo es independiente de variables como el nivel de entrenamiento, la edad, las condiciones climáticas o el terreno. No me refiero a la velocidad a la que se puede llegar a correr, que obviamente puede mejorarse, sino al ritmo del trote. Bastaría pedirle a una persona que se ponga a trotar, sin otro objetivo que encontrar el ritmo en el que se sienta más cómodo, su propia velocidad crucero, para establecer ese ritmo natural. Lo llamo el grado cero del trote.

Bien, para mí ese grado cero se ubica entre los 6 minutos y 10 segundos y los 6 minutos y 20 segundos por kilómetro. Un ritmo muy lento, seguramente por debajo del promedio. Cualquier mejora que haga a este tiempo supone para mí forzar mi naturaleza, esfuerzo que se hace más llevadero conforme avanza el entrenamiento.

Mi amigo Lumbri (utilizo un seudónimo para preservar su identidad) se indigna cuando le digo esto y postula que el ritmo depende del entrenamiento, que este es mi ritmo ahora pero que si entreno más sería otro. Me parece totalmente lógico su planteo pero no me termina de convencer. Pensé bastante en estos días sobre el tema y se me ocurren dos argumentos para sostener mi teoría del grado cero del trote: uno orgánico y otro mecánico. El argumento orgánico sostiene que existe un ritmo natural del trote, propio de cada persona, tal como ocurre con otras funciones vitales: la velocidad a la que circula la sangre, el ritmo cardíaco, la respiración, los periodos de sueño y vigilia. Procesos corporales involuntarios y totalmente personales. El otro argumento, la teoría mecánica, tendría en cuenta la longitud y densidad de los huesos, el grado de elasticidad de las articulaciones y cartílagos, la masa muscular, el peso: dadas tales magnitudes, expresables en una ecuación matemática, podría calcularse el ritmo personal.

Claro que hay una tercera teoría, que integra los elementos orgánicos y mecánicos en una perspectiva histórica: el historial de ejercicios y entrenamientos, los periodos de descanso, los abandonos y las lesiones que condensa un cuerpo en un momento particular; su educación física. En esta teoría el ritmo sería contingente, propio de un corte en el tiempo, y por lo tanto modificable.

Si las juzgara desde una distancia afectiva diría que esta última explicación es la verdadera, pero no puede serlo. En igualdad de condiciones, la explicación verdadera debe ser la que no le de la razón a Lumbri.

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