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Desde hace un tiempo las semanas se me estiran. Dejé de ser riguroso con los días de entrenamiento, un par de veces postergué por un motivo o por otro (hizo mucho calor, tenía mucho trabajo atrasado) y enseguida reinó el caos. Esta semana, por ejemplo, arranqué el miércoles, salí de nuevo el viernes y el fondo lo hice ayer, lunes. El calendario se me prende fuego, las semanas se empiezan a morder la cola.

El miércoles corrí una hora, al trote. El viernes también una hora, con cambios de ritmo: las 4 series de 4 minutos en progresión, 2 a ritmo fuerte y 4 recuperando las terminé haciendo freestyle. No se puede hacer pasadas sin reloj, así que hice 4 series de una progresión de 6 minutos, medio a ojo, que terminé con unos piques furiosos. Creo que sería un buen velocista, pero no estoy seguro. Ayer hice un fondo de 14 kilómetros, a buen ritmo, entre San Fernando y Vicente López. Terminé bastante entero, sin fatiga muscular ahora que pico algo en el camino.

La rutina también se me complica: en vez de ajustar el entrenamiento y analizar qué plan seguir, ahora que sé que tengo dos semanas menos de preparación, dejé que estas decisiones fueran decantando. Combiné sin mucho criterio el entrenamiento de dos semanas para hacerla una sola, siento que quemo etapas. El relativismo lo impregna todo. Vivo estos ajustes obligados como un atajo imperdonable, como si hiciera trampa. Una sensación conocida.

*

La primera carrera que corrí en mi vida la terminé en los primeros puestos. Debería tener 9 o 10 años porque todavía veraneábamos en Gesell (¿está bien escrito?). No me acuerdo qué distancia era, pero calculo que serían 5 kilómetros. La verdad es que recuerdo muy poco de la carrera, de hecho había olvidado el asunto por completo hasta que mi viejo me lo apuntó cuando empecé a correr hace un par de años. El día de la carrera me había acompañado hasta la largada y se sorprendió cuando me vio aparecer, casi pegadito al primer pelotón. No le pude contar entonces, ni cuando me lo volvió a recordar: en ambas ocasiones me limité a hacer un gesto confuso, minimizar mi gesta.

De algunas cosas sí me acuerdo, como si las estuviera viendo ahora. Como la imagen de esa marea humana que tenía adelante cuando al toque de la largada el recorrido, que arrancaba por la costanera, se elevaba un poco y se podía ver con más perspectiva. Ese momento fue una suerte de revelación, una herida narcisista: yo, que entonces era uno de los más rápidos del colegio, tenía adelante mucha más gente de la que iba a poder pasar con mi velocidad, por mucho que me esforzara. Como si de alguna forma intuyera que eso era sólo el comienzo de algo mucho mayor que no alcanzaba a entender pero cambiaba las cosas para siempre, una muestra de lo que era el mundo fuera de ese burbuja en que sucedía por entonces la vida.

Todavía shockeado por esa revelación vi a dos corredores que se separaban del malón y doblaban por una calle. No podría explicar por qué los seguí, ya tenía la edad suficiente para saber que estaban haciendo trampa, pero los seguí. En la otra esquina giraron de nuevo y sentí que salía a un mundo paralelo. La marea humana había desaparecido. La calle estaba casi vacía, adelante tenía sólo a esos dos tipos que habían cortado camino. Seguí corriendo y enseguida pasó un flaco volando que -esto no me lo voy a olvidar más en la vida- me señaló con el dedo y me gritó a la pasada: “vos hiciste trampa”. Fue como si me hubiera fulminado con un rayo. Fui bajando la marcha hasta parar por completo, caminé unos metros y me senté a un costado. Vi pasar a algunos corredores más, metabolizando la vergüenza, y cuando el desfile se empezó a espesar me levanté y terminé la carrera.

Me quedé un rato con mi viejo en la llegada, incómodo con su entusiasmo. Recuerdo ver como de lejos el podio, lo inquieto que estaba. Esta parte es mucho más borrosa, ¿Estaban los dos tipos ahí? La historia de mi primer dilema moral: ¿tenía que buscar al flaco que me había gritado y denunciar a los otros? Todavía me lo pregunto.

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