28

Ayer, 6 kilómetros con cambios de ritmo. Acelero cuando tengo ganas, para pasar o emparejar a algún corredor. Corro de nuevo sin un plan, para no perder la costumbre y porque a esta altura me divierte. Es la tercera vez que salgo a correr después de hacer los 21k, hace casi 10 días.

Desde entonces que doy vueltas para sentarme a escribir. No termino de decidir cómo contar la carrera y eso me tiene bloqueado. ¿Narrar la carrera como se fue dando, desde el primer kilómetro hasta el último? ¿O romper esa linealidad con otras historias que disparan algunos tramos del recorrido? Algo de eso hay, pero sobre todo creo que me está costando escribir porque algo se desinfló después de completar la distancia para la que me entrené todos estos meses. Hay algo de la preparación, de esa expectativa, que es más narrable que su realización. Cuando baja la adrenalina, después de la satisfacción de haber cumplido el desafío, sentís una especie de vacío. ¿Y ahora qué? La forma en que los corrí también colabora: no hubo largada multitudinaria, ni otros corredores, ni medalla al final. Sólo yo, un reloj, y un testigo.

*

En la semana previa a correr los 21k había hecho 8 kilómetros y un trote 30 minutos. Me quedaba todavía una semana de preparación para la carrera oficial, pero ya venía tanteando la posibilidad de hacer la distancia por mi cuenta. Un par de circunstancias que no vienen al caso terminaron de inclinar la balanza. El sábado a la tarde decidí que iba a correr la media maratón por afuera del sistema, haciendo mi propio circuito.

Me faltaba definir un par de cuestiones prácticas. Toda la preparación la había hecho más o menos a ojo, tanto respecto a las distancias como a los tiempos, pero ahora quería correr exactamente 21 kilómetros y calcular el tiempo que me llevaba hacerlo. Así que le escribí a Lumbri por si tenía un fondo largo ese fin de semana y se copaba en hacerme de sparring para la carrera. Aceptó y la cosa se fue armando: me iba a seguir el primer tramo con la bici y después corría conmigo la distancia que faltaba. El reloj con gps iba a hacer el resto.

*

Salimos temprano desde San Fernando. El día está nublado y apenas fresco, lindo clima para correr. Me llevo unas pasas de uva para picar algo en el camino y la botella de agua la dejo lista para buscarla cuando el sparring deje la bicicletas. Todo listo para empezar. En un sencillo acto Lumbri me hace entrega del reloj para no contaminar la medición. Activo el conteo y ya estoy corriendo.

“Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa”.
Instrucciones para dar cuerda al reloj, Julio Cortázar

Un poco presionado le había dicho al sparring que iba a correr a 5’ 30’’ el kilómetro, pero no estaba muy seguro de poder hacerlo. Es un ritmo bastante lento, pero para ser la primera vez que corría esa distancia, y sobre todo por los tiempos que venía haciendo en los entrenamientos, si podía sostener ese ritmo me consideraba satisfecho.

El primer tramo lo hacemos bajando por Del Arca hasta el río. Como me pasó en casi todas las carreras al principio me cuesta encontrar mi ritmo, arranco un poco acelerado y me tengo que ir sosegando. Primer diálogo: “¿Siempre arrancás así?”, pregunta el sparring. “No, un poco más despacio”. “Entonces andá más despacio”. Varios de los intercambios van a tener esa estructura: pregunta del sparring, mi respuesta, toma de judo del sparring. El reloj marca 5’11’’ el primer kilómetro.

El recorrido sigue por la costa del río: de punta a punta y después volviendo por Del Arca. Voy encontrando el ritmo pero quedo un poco agitado por ese arranque atolondrado. El reloj marca 5’22 el segundo kilómetro y 5’30’’ el tercero. A esta altura ya estoy maravillado con el reloj gps y no me imagino cómo voy a volver a correr después de esta experiencia: cuando se completa el kilómetro suena una alarma, hace una vibración y un recuadro marca el tiempo de la vuelta. A cada rato voy tanteando a qué velocidad avanzo, para regular el ritmo y probar si mi sensación, cuando siento que me quedo un poco, se corresponde con la realidad, con el dato objetivo que me marca el gps –en ningún momento se me ocurrió dudar de que el dato del reloj fuera la realidad, y me tomaría a golpes de puño con el que lo hiciera.

Dejamos Del Arca y encaramos para el Parque Náutico, la nueva costa pública, pero la incursión se termina rápido porque hay una exposición y no se puede entrar. (Este apéndice que le salió a la costa pública marca un especie de recambio generacional, un ordenamiento de la experiencia: toda la infancia y adolescencia sigue bajando por Del Arca, el presente y el futuro se derrama en esta versión más prolija y acorde a la estética de los tiempos, al menos de la clase social a la que pertenezco).

En ese punto el sparring se adelanta para dejar la bici y preparar provisiones. El kilómetro 4 marca 5’41’’, y en ese ritmo me voy a mantener, con una precisión casi matemática, los próximos 9 kilómetros. Pienso, cuando me quedo solo, si fue una buena idea correr con un testigo. Todavía no logré cambiar el aire del todo (cada vez que uso esta expresión me pregunto si tiene alguna base fisiológica o es un invento muy convincente), y me quedan 17 kilómetros por delante. Si estuviera sólo tendría la libertad para abandonar o aflojar cuando quisiera, pero ahora esta posibilidad está vedada. Siento que el reloj me aprieta en la muñeca como un grillete.

Me vuelvo a encontrar con el sparring algunos metros después de hacer el kilómetro 5. Tiene en la mano una bolsa enorme de pasitas de uva, una mini botellita con Gatorade y mi botella de agua, que ahora me parece gigantesca, y que me pasa como si fuera una posta al revés. Arranca este segundo tramo, ahora derecho por el bajo, y hago un esfuerzo para no forzar el ritmo y mantenerme en esos tiempos.

El primer tramo lo hicimos casi en silencio. Apenas intercambiamos unas palabras para alguna indicación del camino, o para avisarle a qué ritmo iba. Esta segunda parte viene más conversada e internamente trato de medir las palabras para no quedarme sin aire, sobre todo pensando que queda muchísimo por delante. Sigo clavado en 5’40’’, 5’41’’, voy cómodo a ese ritmo y no tengo necesidad de ir controlándolo en el reloj para sostenerlo. Pienso apretar un poco el paso recién en la segunda mitad del recorrido.

Es incómodo el camino en esta parte. En la preparación hice varias veces el tramo San Fernando — Vicente López, y siempre me molestó un poco a esta altura, bordeando el tren de la costa, en que hay que correr por la calle o subirse a una veredita minúscula (aunque no es ni siquiera una veredita) cuando vienen autos o pasan las bandas de ciclistas.

De a poco empiezo a comer las pasitas que traje para ir manteniendo la energía. Voy bien, me incomoda la botella de agua en la mano pero estoy acostumbrado a correr así, incómodo. Acá es cuando se hace más pesado, no el hecho de correr -voy en automático- sino narrar que estoy corriendo. No hay nada interesante para contar de todos esos kilómetros intermedios, pasando el Marín, la estación San Isidro del tren de la costa. Cuando llego al kilómetro 10, casi la mitad del recorrido -más o menos a la altura de Perú Beach-, pienso que todavía falta muchísimo, pero trato de no detenerme mucho en eso. Hay que seguir corriendo. La única nota de color es que a esa altura ya se me acabaron las pasitas y casi no tengo agua. El sparring me pasa su bolsón de pasitas y me lo quedo.

Entre los kilómetro 10 y 13, casi llegando a Pacheco y el río, en Martínez, el recorrido es más amable. Corremos por el caminito que bordea la vía, que a esa hora está bastante despejado. En Pacheco pegamos la vuelta para completar los 21k donde arranqué, y ahí es donde empiezo a apretar el ritmo. Nota al instante que se me desató el cordón de la zapatilla izquierda, dudo un poco y decido que no me lo voy a atar.

Ya no tengo tan presentes los tiempos pero creo que el kilómetro 14 lo hago más cerca de los 5’20’’, y en los siguientes me voy a ir acercando a los 5’30’’. Vamos de nuevo en silencio. Necesito concentrarme, no desperdiciar energía. Seguimos avanzando. Kilómetro 15, 16, 17. Empiezo, de a poco, a sentir el esfuerzo. Por momentos el sparring se adelanta unos metros y me esfuerzo para emparejarlo. Las veces que me deja atrás aprovecho que no me ve y me como sus pasitas a puñados. En un hecho confuso pierdo la tapita del agua y corro un buen tramo tratando de que no se me caiga el culito de líquido que me queda para completar la distancia.

Hay un kilómetro, ya no me acuerdo cual pero sí que fue antes de entrar en los finales, en que el reloj me marca 5’45’’. Un minuto antes el sparring se daba vuelta y me avisaba: “estás aflojando”. Vuelvo a apurar el paso y le hago que sí con la cabeza, no puedo hablar porque tengo la boca toda llena de pasitas.

Hasta que llega un punto en que la experiencia y la realidad se disocian: siento, en los últimos kilómetros, que estoy corriendo mucho más lento de lo que en realidad lo estoy haciendo. El reloj me sorprende cuando me marca tiempos más cercanos a los 5’20’’. Se me acaba el agua. El sparring me pasa la botellita que casi ni tocó. Tomo el Gatorade con una fe desproporcionada, como si las bebidas isotónicas fueran una especie de pócima secreta.

Kilómetro 18. “¿Venís cómodo?”. Digo que sí y me llega la toma de judo: “No tenés que estar cómodo. Los dos últimos kilómetros los hacemos a 5’20’’” –me azuza. “Vos porque estuviste boludeando media hora con la bici”, pienso, pero no se lo digo.

Estoy llegando con lo justo, ya siento muy cansadas las piernas. Pasamos la Universidad de San Andrés, y otra vez me invaden los recuerdos ominosos, siento que me chupan la energía. Trato de aferrarme al resto que me queda, que no es mucha.

Unas semanas atrás me había llegado un artículo académico sobre el “runners high”, un tema que desconocía: una especie de sensación de plenitud que de pronto experimentan algunos corredores, sobre todo en distancias largas, que les permite sobreponerse a los dolores y al agotamiento físico. Justo el día anterior había leído la crónica de una carrera de 21k de natación en aguas abiertas, y el flaco describía una sensación parecida: “Nadar es hermoso. Lo hacés con todo tu cuerpo, desde los pelos de la cabeza hasta las uñas de los pies. Es una sensación parecida a patinar, dejas fluir por debajo de tu torso la corriente que generás con tus brazos. La patada pausada te da flotación, te eleva la cadera y la bocha se dispara al infinito. Cuándo repetís este movimiento por más de cuarenta minutos, las endorfinas estallan y sos una máquina de vivir, vas cantando, alucinás con el paisaje, querés tener mil hijos, podés nadar tres días seguidos. No te das cuenta de que estás en el agua ni nadando, te empezás a ver a vos mismo en tercera dimensión, como si fueses otro el que te mira”. Pero no experimento nada parecido a eso ahora, sigo corriendo porque tengo que terminar la carrera y ya queda muy poco.

Suena la alarma del kilómetro 20, que marca 5’11’’. Hubiera firmado sin dudarlo antes de la carrera si me decían que iba hacer el kilómetro 20 en este tiempo. Queda un kilómetro. Ya la estoy pasando mal. Me acuerdo de algo que contaba Mairal, no recuerdo si lo había inventado o si se lo atribuía a un poeta japonés, variante que le daba otra profundidad al asunto: era algo así como que venimos con un número determinado de pulsaciones, y que conviene no acelerarlas. Las mías están estallando en ese kilómetro final, estoy quemando años, lustros, décadas.

El reloj está ahora desquiciado. Siento que me arrastro, que estoy corriendo por encima de los 6 minutos el kilómetro, pero el 21 lo marca en 5’15’’. El sparring me pide 100 metros más para cumplir con la marca oficial de la media maratón. ¿Qué pretende usted de mí? Dejo todo en esos 100 metros llanos, ya empezando la subida que va para el McDonalds. Corro mirando los decimales del reloj: 21,02; 21,03; 21,04. Hasta que por fin marca los 21,10 y lo paro. Terminó. Terminó la carrera. En el final no me esperan medallas. Tampoco stands con bebidas coloridas. Pero está bien así.

Corrí los 21.097,5 metros de la media maratón. Me tomó 1 hora, 56 minutos y monedas. Un promedio de 5’32’’ por kilómetro. Tarea cumplida.

*

Coda. El sábado pasado, en el hornito. Sentado a mi izquierda, el Iron me aguijonea. “¿Y ahora qué? ¿La maratón de Buenos Aires?” A mi derecha, más conservador, Lumbri me sosiega: “No te conviene correr los 42k este año”. Yo agarro otra empanada y las frases quedan flotando por un rato en el humo del ambiente, que de a poco va impregnando todo como una niebla.

¿Y ahora qué?

Show your support

Clapping shows how much you appreciated Media distancia’s story.