Fotografia: Winnie Obiero

¿A quién le importa Paraguay?

Me hacía esa pregunta mientras asistía a un seminario presentado por un arquitecto chileno y planeadores urbanos titulado “ “¿A quién le importan las ciudades chilenas?” El seminario sucedía en una de las Ivy League y presentaba las conclusiones de una conferencia que llevaba el mismo nombre y que se había realizado en Estados Unidos y también en Chile. La conferencia era un reconocimiento de ciertos proyectos urbanos poco difundidos y también una crítica significativa ante la negligencia de diferentes estructuras en proponer paradigmas nuevos para lograr ciudades sustentables y equitativas. No podía dejar de reconocer que el mismo problema también está presente en Paraguay. Asunción es una ciudad extremadamente segregada que abiertamente apoya la gentrificación, y empuja a sus trabajadores de escasos recursos hacia sus periferias sin establecer leyes ni incentivos que motiven al sector inmobiliario a que, por cada gran desarrollo de inmuebles, genere un porcentaje de viviendas asequibles dentro de la ciudad.

Pero a pesar de nuestros contextos similares, la historia presentada en ese cuarto lleno de intelectuales y teoristas chilenos no era la mía. Nuestra realidad, la de los Paraguayos, era más oscura, porque no hemos llegado al nivel del dialogo en el cual ellos, los chilenos, estaban tan involucrados. El hecho de que varios chilenos estuvieran aquí en Norteamérica, en una de las instituciones académicas más poderosas del mundo, proponiendo nuevas formas de crear espacios inclusivos, resistentes y sostenibles en sus geografías, era una prueba de que su pregunta tal vez tuviera una respuesta positiva — existen varios individuos preocupados con las ciudades chilenas tanto en Chile como en el exterior. Yo era testigo de un dialogo constructivo en el cual diferentes ideologías políticas colisionaban pero de alguna forma una resolución unánime se lograba — su interés colectivo principal era sin dudas, el bienestar de chile, de su gente. Yo deseé que hubieran otros paraguayos en ese lugar, en esa institución. Deseaba poder estar en una discusión llena de individuos representando mi voz.


“No hay paraguayos en este programa, no recuerdo si alguna vez lo hubo” la profesora me comentó durante una reunión que tuvimos en la mañana del mismo día en cual asistí al seminario. Su comentario aludía a que talvez mi origen poco representado me podría favorecer en el futuro. En lugar de reconfortarme, su comentario aumentó mi ansiedad. Ella no podía entender que probablemente la motivación interior que me llevó a estar sentado frente a ella — y tomar un vuelo desde Iowa hasta la Costa Este norteamericana durante un momento crítico en mi año académico — no era solamente mi interés de formación académica individual pero justamente una aspiración colectiva por representación — representación de las miles de voces que escucho cada vez que reviso los sitios de los diarios paraguayos y encuentro nuevas catástrofes sociales y políticas.

“Muy buen postulante, pero todavía no está listo”, ella cito la conclusión que el comité de admisiones había deliberado sobre mi postulación. Estaba sorprendido que hubiera anunciado mi rechazo en esa ocasión. Mis pensamientos temerosos sobre un rechazo esperaban una carta general en las semanas siguientes pero no una descripción individual sobre mi postulación. Había viajado a visitar la universidad, demostrar mi interés y escuchar más sobre las oportunidades de trabajar con profesores en sus proyectos en América Latina. Me dijo que mi postulación era memorable; ella recordaba mis intereses específicos, mis ganas de regresar a Paraguay, mi perfil académico y el hecho que mi postulación fue una de las pocas que sobresalía entre las otras de aquellos que también postulaban durante su último año de licenciatura — la mayoría de los estudiantes que fueron aceptados tenían varios años de experiencia profesional. Enterarme de mi rechazo no me destruyó. Tome ese encuentro como una oportunidad para aprender a mejorar y tome notas de sus comentarios: Yo tenía que construir mi currículo, no tenía experiencia laboral, necesitaba exponerme a los desafíos en este campo específico.

Dejé su oficina con una sonrisa. Mi camino me había preparado para esta respuesta negativa, y yo sabía que esto no me impediría seguir mi formación para llegar a ser un instrumento positivo para mi país y mi pueblo.

En la noche de aquel mismo día, asistí a la presentación de un libro de un joven autor nigeriano: A. Igoni Barret. El cuarto estaba lleno de intelectuales anglosajones, estudiantes de color y yo — el visitante hispano. El autor leyó partes de su novela en voz alta. Sus palabras tenían poder, ellas denunciaban las injusticias experimentadas por su gente, y la precariedad de la infraestructura y servicios públicos en la ciudad de Lagos. Él estaba en el epicentro del desarrollo de nuevas teorías de gobernabilidad narrando el fracaso de su gobierno. Yo podía ver que el autor era un nigeriano profundamente preocupado por su país, y cuyos ideales lo habían traído hasta aquí a leer su libro a una audiencia norteamericana. Su voz era alta y fuerte. Nigeria estaba siendo escuchada con términos en inglés nigeriano y jergas en el idioma Yoruba. Por unos segundos pude imaginar a un paraguayo parado en el mismo podio leyendo un libro sobre el contexto Paraguayo y compartiendo palabras en nuestro idioma Guaraní con el mundo. Yo concluí la noche cenando con un amigo paraguayo que vive en la zona, y le expresé mi preocupación por no ver a muchos paraguayos en ese lugar al comparar con aquellos provenientes de naciones con contextos similares. Juntos mencionamos algunas de las causas: nuestros 35 años de dictadura, nuestra población pequeña, la calidad de nuestra educación, la corrupción institucional, nuestra geografía mediterránea.


Dejar mi tierra fue una manifestación tangible de mi insatisfacción por no tener representación en mi país — mis autoridades no me representaban. Vivir en el exterior no solo confirmó esta insatisfacción sino que la hizo más fuerte, porque me di cuenta de cómo nuestra voz comunal era privada de notoriedad, y de cómo los presentes obstáculos políticos, económicos y sociales no nos permiten trascender en varias áreas. El Paraguay es un país con mucho talento y potencial pero de la misma forma que nuestra geografía mediterránea, seguimos encerrados y limitados por varias barreras.

Al estar en el exterior me di cuenta una y otra vez de como mi privilegio fue y sigue siendo tan injusto. Cuando mis amigos extranjeros me preguntan sobre el Paraguay, siempre les vuelvo a preguntar cuál es la historia que quieren escuchar: mi historia, la del estudiante de clase media de la capital o la que incluye a los jóvenes que se ven obligados a dejar sus estudios por falta de recursos, las mujeres en los asentamientos, los niños que piden dinero en los semáforos, y las familias que perdieron sus casas con las inundaciones recientes…Siempre termino contando la multitudinaria realidad paraguaya con todas sus fortalezas, falencias e inequidades…

Vuelo de regreso a Iowa y mientras miro el paisaje aéreo por la ventana, lamento que para algunos de nosotros nuestra geografía no solamente sea sinónimo de hogar, sino también de un lugar de injusticia, de impunidad y de falta de oportunidades para algunos.

Miro por la ventana, y lamento que el lugar que más amo no pueda mostrar su potencial completo… lamento que yo tenga que estar tan lejos…

Continúo escribiendo por vos Paraguay, continúo forzando puertas, creando puentes…Continuó capacitándome…

Así que me vuelvo a preguntar mientras miro a esa geografía extraña bajo mis pies… “ ¿A quién le importa el Paraguay?”

Y recuerdo las voces….

Somos miles, salimos a las calles en septiembre, y a pesar de que traten de pisar nuestras cabezas, a pesar de que la impunidad quiera prevalecer, los paraguayos seguimos formándonos diariamente, seguimos creando herramientas. Nuestras imposibilidades se van convirtiendo en nuestras motivaciones y el motor que nos impulsa, las frustraciones se transforman en nuestra fuerza productiva, nuestro aparente silencio es simplemente el reflejo de la lucha diaria en la que vamos generando una voz más alta, más fuerte y más poderosa que la de nuestra clase política actual.

Paraguay nos importa.