Convertir a las palabras de mi hogar en palabras de la calle
Para los que vivimos en un país extranjero, casa no solo es una estructura, una comunidad, una zona geográfica. Casa también es idioma, es acento y tono. Casa es un conjunto de palabras y sonidos — recordamos a nuestro hogar cuando oímos la pronunciación distinta, las expresiones específicas de nuestros cercanos y de nuestros compatriotas. Nos transportamos a nuestro contexto nativo a través de canciones, de conversaciones telefónicas, de redacciones nacionales, de programas radiales.
Hoy comienzo a escribir en castellano porque me siento lejos, separado por un idioma extraño y palabras ajenas. Poco a poco mi vocabulario se asimila más y más al de mis profesores, al de los autores que leo, y al de mis compañeros. La educación en un idioma distinto va creando lo que el autor Richard Rodríguez describe como un idioma público, una identidad pública, distinta de la identidad privada. Pero la verdad es que la mayor parte del tiempo, de mí día a día, ocurre en lo público, en clases, en reuniones, en discusiones, en redacciones, en presentaciones. Poco a poco mi identidad se va convirtiendo más y más publica, menos intima, menos familiar.
Desde pequeño fui un niño bilingüe, pero distinto a mis compatriotas que dominan el castellano y el guaraní, yo dominaba el castellano y el portugués. El crecer en Brasil solamente me permitió crecer con una parte de mi identidad nacional: el español. Nuestro idioma en casa era nuestro refugio, nos recordaba que éramos distinto a los demás, que pertenecíamos a un lugar diferente, y que éramos una comunidad, una familia. Afuera, en lo público usábamos el portugués. Aprendí a leer y a escribir en portugués así que desde mis inicios, mi idioma académico nunca fue el mío. Pero el idioma que usaba para expresar mis deseos, mis sentimientos, mis necesidades — lo privado — siempre fue el español. La vida privada y la vida pública tenían un límite bien demarcado en nuestra puerta, al cruzarla dominaba el portugués, al entrar nos sometíamos al calor y cariño del español.
Mis padres nunca nos hablaron en guaraní, así que cuando regresamos a nuestra tierra seguíamos siendo extranjeros. La semántica creaba una barrera, una distancia que nos separaba de nuestros compatriotas. La distancia de la lengua y de la semántica era menos visible entre nuestras relaciones con chicos de clase media de Asunción, pero la confusión surgía cada vez que estaba por las calles, subía al bus, ayudaba en los asentamientos, o viajaba al interior. Salí de mi casa, de mi tierra, sintiéndome un paraguayo en parte — parte de la comunidad pero solo en parte, parte de la clase privilegiada que no podía disfrutar la calidez de un idioma que formaba una hermandad. Yo era parte del mundo público de aquellos que tenían al guaraní como su idioma privado. Completamente enamorado y fascinado de mi cultura pero al mismo tiempo un observador pasivo — que no podía expresarse en ciertos ámbitos — y ajeno — que no podía entender todo, que tenía que decodificar los sonidos y expresiones faciales para descubrir los significados.
Al mudarme a los Estados Unidos, me encontré nuevamente en la distinción de lo público y lo privado al establecer distintas relaciones con los estudiantes latinos de las que formaba con estudiantes norteamericanos o de otros origines étnicos. El idioma nuevamente nos hacía sentir unidos, nos hacía diferentes a los de afuera. El cálido sonido del español nos hizo hermanos, creamos nuestra propia familia lejos de casa. Amigos con los que fácilmente pude ser vulnerable y expresar mis deseos, frustraciones, problemas, y éxitos. Creamos nuestro propio idioma, un español con términos nicaragüenses, ciertas palabras en guaraní, vocablos usados en México y expresiones provenientes de Argentina. El idioma creaba lazos de intimidad, y poco a poco íbamos agregando a los estudiantes latinos nuevos al grupo, y nos molestábamos con aquellos hispanos norteamericanos que no se unían a la familia, que no hablaban nuestro idioma, que no querían resaltar como distintos, que se asimilaban por completo.

Pero los limites aquí no son tan claros como los eran en mi infancia con el portugués, el inglés no comienza o termina en la puerta. El inglés tiene dominio en mi cuarto, en los libros en mi estante, en las conversaciones con mi compañero de cuarto, hasta en mi propio vocabulario castellano que poco a poco va agregando términos y palabras hibridas. El inglés no se limitó a mi identidad pública, y también invadió mi identidad privada. Por más que intente mantener a Drexler, Silvio Rodríguez, Jarabe de Palo entre los artistas que más escucho, me encuentro escuchando nuevamente más y más a artistas occidentales de países anglosajones.
El propósito de este blog inicialmente se restringía a mi vida pública, crearía un blog como parte de un estudio e investigación sobre Blogs que estoy realizando bajo la dirección de un Profesor del Departamento de Ingles, pero poco a poco mis narraciones se hicieron más personales y el inglés encontró la forma de infiltrarse en mi vida privada. El inglés no se restringió solamente a quitarme la posibilidad de desarrollarme en la vida pública con mi propio idioma.
Mi contexto, la academia norteamericana, hizo que viera al español como un idioma menos educado, perteneciente a las masas de inmigrantes con pocas posibilidades, y me olvide de la inmensa grandeza y erudición de nuestro idioma. Así que al instante en el que el profesor me sugirió que intentara escribir algo en mi idioma, pude ver la oportunidad de darle al castellano un espacio nuevo y de reducir la influencia del inglés. Decidí que ya era tiempo de quitar las restricciones que delimitaban al español a mi vida privada, y de permitir que tomara control de mi vida pública, así como el inglés (mi idioma público) ha ejercido influencia en mi vida personal al traspasar los límites que existían entre mis identidades. Por más que en este esfuerzo, el español pierda el estatus de lo familiar, de lo personal, del idioma especial que solo uso entre mis iguales — mis hermanos — tengo que crear mi identidad pública en mi propio idioma. Ahora que mi vida pública ha tomado control de mis días y de mi tiempo, y son pocas las ocasiones en las que puedo cerrar la puerta de mi cuarto, escucharle a Drexler, leer en mi idioma nativo y charlar con mis hermanos latinos, tengo que incluir al español en el dominio completo de mi identidad, en mis tareas, en mis redacciones, en mis expresiones públicas.
No hacerlo sería correr el riesgo de perderlo por completo, sería una injusticia seguir restringiendo a un idioma tan rico y sabio, seria negarme la posibilidad de realizarme como un académico y profesional hispano.
No hacerlo sería olvidar mi identidad nacional, y más que nada, seria renunciar a la posibilidad de que en el futuro el castellano sea mi herramienta, mi idioma público, para generar cambios, para construir algo más grande que yo mismo.
Es por eso que hoy me inicio en la redacción con mi propio idioma. Hoy me inicio como un narrador latino, para mi público hispano.