
Del hito digital a la hipocresía habitual
Noviembre de 2010
Obama, el emblema viviente de la política 2.0, acaba de sumergirse en las heladas aguas del paradigma digital que él mismo coronó. La dinámica de los acontecimientos fue impiadosa, y le negó margen para una bocanada tras el nefasto martes legislativo. El elíptico semblante del Kennedy posmoderno parece preferir la implacable certeza del plomo, pero no esto.
Tras las 250.000 filtraciones muchos han vociferado que “murió una forma de hacer diplomacia”, pero el elefante que se pierden es gigante y fluorescente: se ha destapado el busto completo de la nueva interacción política. La supuesta “muerte” de la tradición es sólo un ínfimo apéndice frente a la dimensión del joven, y ahora maduro, fenómeno.
La más reciente aventura de Wikileaks encarna el hito fundacional y complementario de un proceso que comenzó –para el consenso lego del mundo político- en 2008 con la proclama del Yes, we can. El Ying y el Yang se materializaron en una paradoja.
Quines hoy maldicen las bondades de la inteligencia colectiva como difusora de información, ayer recolectaban los lauros de una estrategia sin igual, solventada sobre la misma matriz. La lógica que hoy atenta contra la seguridad nacional, ayer era la herramienta para la gobernabilidad del siglo XXI.
Los defensores del orden mundial no pueden aceptar que promovieron un juego que impone sus propias reglas, que subyuga a sus impulsores y que los somete a su caprichosa lógica. Cuando el control es de todos, el poder no es de nadie.
Es cierto, es difícil tener una mirada equilibrada cuando el fantasma del complot republicano sobrevuela los techos del ala oeste. Sin embargo, más allá de las paranoias políticas, la vulnerabilidad existió y eso es lo único real para el tablero virtual.
En un mundo en el que las coordenadas de lo público y lo privado se han modificado, la transparencia cobra una nueva dimensión semántica. La vidriera digital fustiga al ardid y a sus promotores porque desprecia la intimidad. Para la perfecta maquinaria de mostrar, lo íntimo es gema y la mentira, guillotina.
Pero la gran novia despechada del norte insiste en pedir la cabeza de Julian Assange, fundador de Wikileaks. ¿Por robar información?, no. ¿Por hacer inteligencia?, no. La pide por no poder aceptar sus propias deficiencias. La pide porque hay que matar al mensajero. Para ello recurre al indulgente argumento colectivo de “defender la seguridad nacional”.
Fustigar a Wikileaks y a Assange -directa o indirectamente- se asemeja bastante a impulsar una guerra lejana basada en argumentos químicos. Una hipocresía hilarante y una injusticia brutal que busca sindicar culpables ajenos para esconder impotencias propias. Tal vez la más profunda coherencia norteamericana durante la primera década del nuevo siglo.
Tal vez la más profunda coherencia política… sin distinción de hemisferio.