La fábula del mito y del cajón

30 de octubre de 2010

Sentada junto al cajón, impávida, sus labios luchan contra una fuerza invisible que intenta someter el dibujo de su mueca solemne. Las grandes gafas negras ruegan por una utópica intimidad, lejana como siempre, necesaria como nunca. Pero allí está, firme y endeble, presenciando sin más el nacimiento de su esposo.

Las horas de gestación fueron largas. El parto fue doloroso, no lo olvidemos, duró más de 22 horas; pero todo salió bien, Néstor nació sano. Todavía no tenemos el peso, es muy temprano, pero los analistas aseguran que no será liviano.

Es que este nuevo escorpiano hecho de recuerdos es mejor que aquella versión pisciana oculta en el cajón. Es más idealista, más justo y más estadista; es mejor intendente, mejor gobernador y es mejor presidente. Ha besado a más niños y abrazado a más ancianas. Su buen humor es legendario, lo aseguran sus laderos. Sin dudarlo, el Néstor del 27 merece su avenida.

Ya tiene su cuadro en la Confederación General del Trabajo, y lo colgó –según especulaciones algo disparatadas- su propio John Wilkes Booth, sólo detrás del de Perón y Evita. Menudo espacio le fue reservado a puras prisas y en conferencia de prensa. La maquinaria estaba en marcha, y los muchachos de eso saben.

Sus herederos están estáticos detrás de la madre, pidiendo permiso para sufrir. Ella de tanto en tanto se lo concede, pero sólo por un instante, luego retoma la postura. A ellos, por ahora, no les importa el nuevo Néstor, ellos quieren devuelta al líder del cajón, al imperfecto, al humano. Al padre que la política les negó.

El Néstor del cajón tenía dos hijos, sin embargo, el nuevo… el nuevo sí que es fértil. No tiene sólo 6,7 u 8, tiene miles de hijos desplegados por la plaza, algunos activos que fueron por sus propios medios, otros más remolones arrastrados en camiones aparcados a lo lejos. ¡Qué caminen rápido esos vagos: nos cuesntan $80 la hora!

Los actores desfilan, sólo eso les faltaba para ser modelos. Los opositores, tímidos, se acercan; no se quieren perder la historia. Los más opositores, temerosos, se esconden; no quieren la humillación. Ellos sin quererlo también ayudan en el parto.

¿Y Aníbal? Ese monstruo despiadado y voraz, esa vanguardia incansable y letal. La bestia de 7 cabezas se siente extraña: él tampoco ve al mito. Y se quiebra. Dulce y humano (tal vez el más humano), claudica ante el gesto más simple y cotidiano. Acaba de entender, ya no será lo mismo.

¡Silencio! Ya se acerca. Las cámaras se preparan. Es el mito viviente que vino a bautizar al recién nacido. Prepotente y altivo, copa la escena con el 10 en la espalda y Guevara en el brazo. Se prueba el traje, sabe que tarde o temprano le espera la misma suerte y que tendrá, al menos, los mismos honores. Eso lo llena de orgullo. Él, rey por aclamación, se para junto a la reina construida, y observa en silencio.

¡¡¡Hasta la victoria siempre!!! La trampa gramatical se despliega con cada cuña de dedos índices y medios. ¡¡Hasta la victoria siempre!! El grito que cada vez vuelve a empezar. Hasta la victoria… siempre, la zanahoria para jamás alcanzar.

Ella sigue allí, golpeando su pecho. “Es un acto penitencial”, habrá pensado el Cardenal. Se equivoca, está agradeciendo. En tanto el viejo Néstor yace allí, oculto tras la caoba y los pañuelos.

¿Él yace allí, oculto tras la caoba y los pañuelos?… ¿¡Ay, qué importa ya si su inerte figura jamás regresó a Buenos Aires!? ¿¡Si sólo eran piedras?! ¿¡Quién quiere ver al líder pálido y derrotado teniendo allí al radiante y triunfador!?

¡¡¡Tapen el cajón carajo!!!

Él sigue allí, omnipresente en cada grito y en cada canto de tenor. Él está allí, omnipresente y sin rostro. Hay que tomar su bandera antes que otro la tome. Su esposa lo sabe. Es intuitivo, es su estirpe política. Él rasguñas las piedras y ella acaricia las tablas. Hay una multitud, pero para el lente pasivo sólo están Cristina y el cajón. Para el peronismo voraz, sólo está el mito.