
Paix dans le monde: breve crítica al concepto totalitario de paz
Es el anhelo y el sueño recurrente de la gran masa deforme de pseudos filósofos de la farándula vernácula. Tremenda quimera e imponente cliché, el deseo de la paz mundial esconde detrás de su fórmula alfabética un rostro aterrador: es al mismo tiempo el Armagedón.
No es mi intención impulsar una caza de brujas de príncipes azules, unicornios y onzas de oro al final del arco iris, simplemente busco arrojar algo de luz sobre inasible naturaleza humana.
La paz total y universal, como concepto abstracto, goza de legitimidad argumental, y es deseable su existencia como tal, ya que en ese estado se convierte en motorización de infinidad de acciones tendientes a hacer de nuestra existencia algo más digno. La nobleza de su concepción es abrumadora.
Sin embargo, si en mi estuviera la potestad de hacer una corrección fraterna a quienes pretendan concretar dicha fantasía les advertiría sobre una tarea que deberían realizar para materializarla: aniquilar a la raza humana.
Este anuncio pomposo, y tal vez excéntrico, intenta iluminar algo que experimentamos de forma diaria, que es la imperfección de nuestras capacidades, de nuestras emociones, de nuestro ser. Somos brillantes y torpes; amables y odiosos; sagrados y profanos; pacíficos y violentos. En diferentes escalas convivimos con nuestras dualidades. Está bien que así sea, porque así somos. Es nuestra condena y nuestro motor. Es nuestra perfecta imperfección.
La paz mundial sería el más sutil de los regímenes totalitarios. Irrefutable en sus prácticas, eficiente en su desempeño e hipnóticamente confortable. Una prisión agobiante de conductas predecibles. Un laberinto metafísico de arquitectura letal.
El costo para llevarla adelante sería altísimo, tendríamos que mutilar nuestra esencia. Un mundo de paz omnipresente no sería un mundo humano.
La total imposibilidad de concreción de semejante escenario convierte a esta preocupación en un simple juego teórico que no sirve mas que para preguntarnos por qué deseamos tanto algo imposible. ¿A caso no entendemos nuestra propia naturaleza?
Sí, pero necesitamos luchar por algo. Necesitamos un motivo para movernos, el equilibrio de las cosas así lo requiere. Imagino que el plan de la existencia – si se fuese posible semejante arquitectura — tendría en cuenta esta lucha como parte de su homeostasis natural.
Este necesario movimiento de dualidades. Partes que hagan la guerra y otras que hagan la paz. Partes que desforesten bosques y partes que militen organizaciones ambientalistas. Partes que discriminen y partes que luchen por la igualdad. Es la gran dialéctica de la humanidad. Es la gran dialéctica del universo. No hay síntesis posibles, sólo movimiento. Sin él no habría nada. Sin nada, no habría paz.