Entierro criminal
Los detenidos de Nochixtlán
Eran las 7:30 de la mañana del domingo 19 de junio. La casa en luto de la familia Cruz Antonio abrió sus puertas. Varios miembros, acompañados de amigos y conocidos, salieron rumbo al panteón municipal. Iban a cavar una tumba.
Al alba, en Nochixtlán comenzarían con la labor para que bajo el sol del mediodía, la fosa terminada pudiera recibir a su residente perpetuo. La comitiva integrada por el hijo, tío, primos, sobrinos, parientes políticos y camaradas del difunto, conformaba más de veinte personas. Recorrieron con decisión las conocidas calles que clareaban con un amanecer que proyectaba sus largas sombras en el terrero.
Cabizbajos, pero con el espíritu hinchado ante el preludio del acto solidario que llevarían acabo, cruzaron el umbral de entrada al cementerio. A 300 metros de allí, pobladores mantenían una barricada sobre la carretera, bloqueándola como protesta en apoyo a los maestros.
Atravesaron el cultivo de cadáveres y lápidas hasta que encontraron el lugar destinado. La faena dio inicio. Por un rato, el único sonido fue el de los picos y las palas quebrando la tierra oaxaqueña, levantando el polvo. Acompañaban sus descansos y relevos con tragos de mezcal para calentar el cuerpo y dar fuerza al corazón. Pero la jornada sería brevísima. A lo lejos, empezaron a escucharse otros ruidos, más roncos y profundos. Estremecedores. Eran disparos.
El infierno, súbitamente se había desatado. La gente que corría y gritaba, desaparecía en la nube de gases lacrimógenos que cubría el trayecto entre el bloqueo y el panteón. Proyectiles empezaron a volar sobre el camposanto. Los improvisados sepultureros, con el ardor y la vista borrosa, escurriendo lágrimas por la irritación del agente químico, abandonaron su puesto. Corrieron, la mayoría en dirección a la capilla con intención de guarecerse. Otros, los menos, consiguieron escapar. Una tropa de federales saltó las bardas y avanzó hacia el oratorio. En un abrir y cerrar de ojos estaban rodeados.
—¡Manos a la nuca! ¡Todos! —gritaban, apuntándoles con sus armas.
Marcos Cruz, dando un paso al frente y levantando las manos, exclamó:
—¡No hemos hecho nada! Estamos cavando la tumba de mi padre. Déjenos enterrar a nuestro difunto.
Las armas no bajaron. Las órdenes no se silenciaron.
—Cuál difunto, ustedes están con los maestros. ¡Manos a la cabeza!
Aquella fue la única y última respuesta. Sin saber que sucedía, obedecieron. Fueron aprehendidos y golpeados.
Al subirlos a la camioneta de la Policía Federal, los amontonaron y pusieron sus bocas contra el suelo metálico. Contra los cuerpos y extremidades de sus familiares, amigos y conocidos.

Como animales, los policías los mantuvieron en esa posición por más de 12 horas, antes de entregarlos en el cuartel de la Policía Estatal para ser encarcelados.
Aguardando en algún lugar de Nochixtlán, el cuerpo sin vida de Francisco Cruz, el difunto, no encontraría sepultura aquel día. Ni el próximo. Ni el siguiente.
Maldita tierra de muertos sin descanso.