Una historia sobre ruedas

Mi hermana solía definir el tenis como un deporte en el que dos personas pasan la pelota por encima de la malla. Algo de razón tenía, pero va más allá de eso. Para mí es un juego de talento, de estrategias y emociones, pero sobretodo, es la vida misma. Aparecen las dificultades, los momentos en los que hay que tomar decisiones y, por supuesto, la felicidad. Se trata de un relato contado a través de una pelota, una raqueta y, en mi caso, también una silla de ruedas.

Empecé desde muy niña, con el deseo de emular los pasos de Fabiola Zuluaga, Mauricio Habad, Nicolás Lapentti y, cómo olvidarlo, mi mamá. A los tres primeros los veía en televisión, esperando estar en su lugar. Con ella era diferente. Era amor, era verla entregada al tenis y conocer sus maravillas.

Los primeros golpes los di con los pies sobre la superficie. Una sensación única. Sin embargo, con el tiempo, la parálisis que me acompañó desde siempre me dio una herramienta, la silla. Me ayudó a hacer lo que pocos pueden, volar sobre ruedas en una cancha. Desde entonces, y cada vez que entreno o juego un partido, siento libertad. Lejos de las obligaciones, a solas con mis implementos, ‘mi compañera’ y mi rival.

Me enfoco en responder cada bola que viene del otro lado, de llegar a como dé lugar y convertirme en un muro para el oponente. Alguna vez, estando en Brasil, tuve la fortuna de ver un partido del español David Ferrer. Mientras detallaba sus movimientos le dije al entrenador que me acompañaba:

-Me encanta ese hombre.

A lo que respondió en tono jocoso:

-Cómo no le va a gustar si es igualitico a usted: combativo, luchador, persistente…

Mi historia es la radiografía de un set de tenis. Hay momentos de desconcentración, donde las cosas simplemente no salen, u otros donde danzas por la cancha y la certeza toma forma de un movimiento de muñeca contundente que le da la dirección indicada a un golpe imposible de responder para el rival. Pero también están los instantes en que las cosas son muy parejas, no hay espacio para perder el foco y el protagonismo se lo lleva la paridad. Mano a mano, mente contra mente y nervios. El panorama se clarifica con un punto de quiebre. Creo que no existe un término más acertado que ese. Representa romperle el servicio al rival, que el marcador te guiña el ojo y que las posibilidades de ganar son mayores. Así definiría mi viaje a Holanda, un punto de quiebre que marcó mi vida. Decidí ir cuando el tenis era una incógnita y, paralelamente, había iniciado administración deportiva en la Universidad Distrital. La oportunidad de hacerlo llegó en forma de una llamada del entrenador Marck Bullock, invitándome a un proyecto de entrenamiento en el país europeo. Me invadieron las dudas, el temor propio de transitar un camino que se tornaba difícil, pero acepté guiada por la intuición y porque sabía que allí aprendería, al menos, el inglés.

Fui con una silla de ruedas convencional. Terrible. Hasta que el equipo me dio la posibilidad de probar con una que ya no usaba la número uno del mundo. Me preparé con las mejores y sumé experiencia. Disputé torneos, alcancé un nivel alto en mi juego y, entonces, llegó el momento de volver. El panorama era un poco más claro y el tenis profesional se hizo una opción tangible como proyecto de vida. Arribé a Colombia cargando a cuestas con el rótulo de mejor sudamericana en el circuito y debía ratificarlo.

Un torneo en Chile se presentó como la mejor forma de defender ese ranquin, pero, desafortunadamente, no contaba con los recursos para ir. Así que decidí hablar con mi papá y le dije con decisión:

-Ayúdeme esta vez. Si gano continúo, si no me dedico de lleno a mi carrera universitaria y dejo el tenis.

Todavía me pregunto si realmente lo hubiera abandonado y como soy la que mejor se conoce, tengo la certeza de que no lo habría hecho. Para mi fortuna no tuve que matarme la cabeza pensando en ello porque quedé campeona.

Ahora, con 38 años encima, me traslado a cada uno de esos instantes y encuentro en ellos las razones para cumplir con la rutina. Lunes a viernes hago entrenamiento en campo, sumando las jornadas de gimnasio, que suelen ser tres o cuatro. Un ritmo agitado, como el desarrollo mismo de un punto intenso. Hay dificultades, pero no relacionadas con la movilidad o el diseño de una ciudad como Bogotá, que pareciera no tener en cuenta a personas con discapacidades. No, las mías no son esas. A mí lo que realmente me preocupa es el hecho de no alcanzar a cumplir con todas las obligaciones. Así llamo a todas las actividades que tengo que hacer para enfrentar las deudas que asumí desde que inicié en este lindo recorrido que me trazó el deporte. Conducir Uber, vender productos o los conocidos multiniveles. Me la rebusco para conseguir el dinero.

Algunos dirán que es una lucha contra la adversidad, pero yo la hice mi aliada, mi amiga. Una relación particular, como cualquier amistad. Me ha visto crecer, sabe mis secretos y, cada tanto, no la soporto. Me agarran ganas de encararla y decirle que es todo, que no aguanto que esté a mi lado. Algo normal en un vínculo afectivo. Lo que más me gusta de ella es su manera de aconsejarme, de marcar mis errores y las cosas que me faltan por hacer. Así como esa bella costumbre de llevarme al límite. No sé cómo lo logra pero siempre está acompañándome, callando los mensajes de mi cuerpo gritando por temor a no poder dar más. Es ahí cuando olvido que es adversidad. Tal vez porque usa el mismo traje de la fortaleza o quizás porque son lo mismo.

No he tenido la misma suerte con la disciplina y la constancia, dos de las claves del éxito. No porque no estén presentes en mi vida. De hecho, las respeto y las admiro. Pero me hicieron falta en situaciones importantes y eso no permitió que lograra muchas de las cosas que tenía en mente. Sin embargo, ahora son pasado y trabajo para reivindicarme con ellas, buscando diferentes maneras de guardarlas en mi corazón como el combustible necesario para afrontar las competencias que se avecinan.

La que nunca se ha ausentado es la satisfacción, tampoco la felicidad propia de hacer lo que amas. He vivido momentos en los que se mezclaron y puedo dar fe de que es una de las combinaciones que más he disfrutado. En 2008, con diez años menos encima y anhelos propios de la juventud recibí una carta de invitación impregnada de esos dos sentimientos. Al principio fue expectativa, pero rápidamente ambas la desnudaron y no tuvo mayor remedio que salir corriendo, para dejarles el dominio de cada poro de mi piel. El corazón latía compulsivamente y la sonrisa se sumó a la fiesta, haría parte del Australian Open, uno de los cuatro grandes del circuito.

Era algo de no creer. Inigualable. No había tenido el proceso adecuado, la formación correspondiente de alguien que decide decantarse por esta disciplina deportiva. Una fantasía, un largo sorbo de felicidad. Definiciones de lo que representaba asistir a un torneo de tal magnitud. No obstante, otra vez el freno de los patrocinios, la cara poco amable de una oportunidad como esa. Recuerdo que algunos de mis colegas me mamaban gallo diciéndome que tenía que llegar, al país oceánico, aunque fuera en barco. Se quedaron con las ganas. Pedí ayuda al Instituto de Recreación y Deporte (IDRD), argumentando que no iba a ser el único certamen que jugaría, sino cuatro más y, finalmente, accedieron.

Lo que vino después fue maravilloso. En el complejo, en Melbourne, teníamos los mismos beneficios que los jugadores convencionales. Las comodidades necesarias para dedicarse, únicamente, a jugar. Antes de conocer el sorteo, fui a reclamar la escarapela que otorgaba la organización y pude distinguir una pierna enorme que estaba a mi derecha. Mis ojos trazaron una trayectoria hacia arriba hasta que distinguieron el rostro de Andy Roddick, tenista estadounidense. Un referente. Me sorprendió su contextura física, creía verlo más grande en televisión.

El norteamericano no era el único que se robaba los focos, también María Sharapova, a quien tuve oportunidad de ver entrenar y Roger Federer, que era esperado por los aficionados y colegas en silla de ruedas para tomarse una foto con él o llevarse estampada su firma. Una locura. Me arrepiento de no haber aprovechado mejor una experiencia como esa, de disfrutarla más. En lo deportivo la suerte en el cuadro no me acompañó, lo digo porque debí enfrentar a la número uno del mundo prematuramente. Algo que no me resultaba extraño, ya que, casi siempre, me correspondía ella. Un privilegio que se convirtió en una imagen recurrente. Más allá de los resultados, fui la primera tenista sudamericana en formar parte de un torneo de Grand Slam y eso abrió la puerta para que otros se animaran a seguir mis pasos.

Una de las expresiones de cariño en el idilio en el que me envolvió el 2008 fue la participación en los Juegos Paralímpicos de Beijing. Una de las metas más grandes de cualquier deportista. Allí las dificultades quisieron tocar la puerta. Un accidente previo al inicio de las justas me privó de llegar en óptimas condiciones, pero igual fui. Entré a la cancha luego de convencer a directivos nacionales y extranjeros. Lo hice porque no quería retirarme sin ver acción. Caí pronto, como lo esperaba, y lloré sin consuelo. Pero los que han vivido situaciones similares saben que es en esos instantes en los que nacen las ilusiones, donde se blindan la gallardía y el coraje. Decidí que iría a Londres 2012 y lo conseguí, luego vino Río 2016, pero una cirugía me puso el alto y ahora solo tengo en mente a Tokio 2020.

Puede que sean mis últimos juegos, aunque siempre me sobran ganas. Si lo son quiero retirarme con la tranquilidad de haberlo hecho todo. Sin espacios a reprocharme nada. Tokio es la pieza final de un rompecabezas que he armado durante el transcurso de mi vida. Deseo poder hacer un ciclo completo, con la preparación necesaria y tener patrocinio de la empresa privada, porque lo que me dan entidades como Coldeportes o la Federación no alcanza. Mi objetivo es, por algunos años, poder dedicarme de lleno al deporte, olvidando ‘culebras’ y preocupaciones.

Me ilusiono con que el tenis en silla de ruedas sea reconocido igual que el convencional y para ello hay que transitar un camino largo, pero estoy trabajando duro para lograrlo, aunque sea difícil. La idea es que Colombia tenga jugadores dentro de los diez mejores del ranquin y darle triunfos al país. Finalmente, también somos glorias que cuentan con una herramienta de más para hacer lo que nos apasiona.

Todavía me quedan partidos por disputar, unos contra las jugadoras del circuito y, sin duda alguna, uno conmigo misma. Espero disfrutarlo al máximo, soltarme y, por supuesto, sentirme liberada. Mi camino es fruto de los anhelos que tuve desde niña y recorrerlo ha sido un verdadero placer. Muchas veces pensé que era mejor no tenerlos, pero sin ellos no habría encontrado qué hacer en la vida y no respondería, con certeza, lo que significa el tenis para mí. Podría decir que se trata de una historia de amor, pero me quedaría corta. Es por eso que acudo a anécdotas, fotografías, letras y a la distancia recorrida por las ruedas de mi silla.

Fotografía de @alvarado_foto