¿Donde están los delfines?

_______________________________________Para Guerberoff, con amistad

Lo primero que se hizo con el nombre de Flipper fue una película dirigida por James B. Clark y escrita por Ricou Browning y Jack Cowden, tres tipos más bien anodinos dentro de la industria. La película, que se rodó en 1961 pero se estrenó recién en 1963, estaba protagonizada por el veterano Chuck Connors como el padre pescador y una estrella televisiva en ascenso, el joven actor Luke Halpin, como Sandy Ricks, el niño proto-ecologista. Lo mejor de la nutrida carrera de Connors hasta ese momento habían sido un par de breves apariciones en El crucero del amor. El éxito redundó en una serie que se emitió por la NBC entre 1964 y 1967. En 1996, se hizo una remake intrascendente con Jessica Alba, Paul Hogan y Elijah Wood.

La verdadera historia de Flipper, sin embargo, es menos fluida. Para empezar, Flipper como entidad única jamás existió. Aunque al público se le decía que el nombre real de Flipper era Mitzi, el protagónico de la serie lo realizaban cinco hembras que se iban rotando según las necesidades de la filmación. Estas cinco hembras nunca trabajaron en libertad. Aunque la historia transcurría en la Florida, la serie se rodaba en una playa cercada con alambre tejido en tres locaciones diferentes de las Bahamas. Era una infraestructura espectacular para el momento pero la serie rendía millones, así que los productores podían afrontar esos gastos.

La docilidad y disciplina de los animales se lograba con un ayuno de dos días. Según los especialistas, después de dos días sin comer no hay nada que un delfín adulto no haga por un pedazo de pescado. Pese al éxito, Susie, Kathy, Liberty, Patty y Sharky, las protagonistas de Flipper, murieron olvidadas en un circo de cuarta categoría cuando la serie se dejó de hacer. La Paramount embalsamó a una de ellas para exhibirla en un parque temático. La voz de Flipper también era falsa. La grababa el mismo actor que hacía las voces de Buggs Bunny y el Pájaro Loco.

El efecto que causó Flipper en la relación de los norteamericanos con los delfines es considerable. Durante la década del 60, cuando la serie experimentaba su momento más claro de éxito, un delfín no entrenado se conseguía por cuatrocientos dólares. El Sea Aquarium de Miami se convirtió en el principal exportador de hembras. Casi todos los acuarios del mundo presentaban al “verdadero Flipper.” Era usual que las estaciones de servicio de los estados más ricos del país tuvieran su propio delfín en una pecera de vidrio para entretener a los clientes. Así, la serie jugó un papel ambiguo en el destino de los delfines. Los televidentes enamorados de Flipper empezaron a pedir leyes más rígidas y comenzaron así las primeras prohibiciones de captura. Por lo que a principios de los años 70 el precio de un delfín salvaje había ascendido a más de doscientos mil dólares. En los 80, al descubrir que se mataban delfines durante la pesca de atún, una campaña ambientalista preguntó: “¿Mataría a Flipper por comer un sándwich de atún?”

Lo mejor, sin embargo, es la historia de Ric O´Barry. Ric O´Barry era el entrenador de las cinco hembras Flipper y, por supuesto, trabajaba para la industria del espectáculo. Llegó a ser un profesional famoso, muy codiciado por los estudios. Pero como tantos militantes de esa época, se dio vuelta. En 1970 lo detuvieron mientras intentaba liberar a un grupo de orcas de un instituto oceanográfico en las Islas Bimini. Estuvo preso un par de años y después fundó el “Proyecto Delfín” con la ayuda del ala dura de Greenpeace.

De alguna manera, la historia de Flipper encarna un remanente, en los años 60, de la doble moral puritana de los años 50. En la superficie la fraternidad y la alegría, pero sosteniendo esta imagen de felicidad, un trasfondo de violencia y dolor.

Pese a los avances logrados por los grupos de ecologistas y sus fundaciones, en la actualidad es posible encontrar lugares en México y el Caribe donde particulares alquilan delfines a los turistas para sacarse fotos, tocarlos y a veces incluso jugar y nadar con ellos. Estos acuarios no están controlados por leyes de ningún tipo y se construyen dependiendo de la inversión que su dueño juzgue conveniente. Los delfines tienen un radar parecido al de los murciélagos que funciona en el agua. Mandan sonidos a los objetos para saber dónde están y cómo son. Por lo tanto, en estanques poco profundos el rebote de las ondas sonoras contra las paredes los enloquecen. Esto hace que los suicidios en los parques habilitados sean frecuentes. No hay registros de qué sucede en los lugares ilegales, pero muy probablemente ocurran hechos similares, agudizados por las malas condiciones de estos emplazamientos, por lo general, piletas bajas, con poca agua y un recambio o filtrado de líquido pobre o inexistente. Los delfines se suicidan aplastándose la cabeza contra las paredes o dejándose morir de hambre.

No debe pasarse por alto que los delfines producen, a diario, de tres a cinco veces más orina y heces que los seres humanos, liberando todo tipo de bacterias y microbacterias. De allí que sumergirse en las aguas donde viven es muy peligroso, sobre todo para niños y ancianos. Según informes recientes, en Cancún se concentra la mayor cantidad de acuarios ilegales abiertos a los turistas y también en Cancún se reciben permanentemente denuncias por infecciones en las vías respiratorias y cuadros de intoxicación general, esporádicas en otras playas. Por otra parte, los delfines son juguetones, curiosos y muy inteligentes pero en cautiverio y expuestos al trabajo forzado se aburren fácilmente y eso los vuelve agresivos.

Existen muchas agrupaciones que luchan en contra de esos abusos. En Internet se pueden leer párrafos como éste: “Por favor, considere poner a trabajar su amor por los delfines. No nade con delfines cautivos. Déjelos permanecer libres y silvestres. La gente ha sufrido daños por nadar con delfines cautivos. Aun los entrenadores con gran experiencia han sido seriamente lastimados. Los informes incluyen huesos rotos y heridas internas que han requerido hospitalización. Únase a nosotros”.

El día que me llamó Carlos por el tema de los delfines, yo me estaba preparando la cena. Celia había salido a comer con unas amigas.

— Quería escribir una obra de teatro pero esto es muchísimo más importante — me dijo.

La voz sonaba indignada.

— Estaba cocinando — le expliqué.

— Necesito que me digas qué pensás de esto.

— ¿De qué?

Carlos siempre decía que estaba escribiendo una obra de teatro. Tenía amigos actores y cada tanto se juntaban para “plantear un proyecto común” pero, hasta donde yo sé, él nunca escribía una línea.

— ¿Te gustan los delfines?

Dije que sí. Podría haber dicho “no especialmente” pero dije que sí. Me habló del sonar de los delfines en cautiverio.

— Para un delfín en esas condiciones — dijo — , el mundo se convierte en un conjunto de señales sin sentido.

— Se parece mucho al mío — agregué, pero no me escuchó.

Hablamos un poco más y después volví a insistir con la cena.

— Ah, claro, el cocinero salvaje.

— Sí — dije resignado.

— Bueno, te llamo más tarde.

Y llamó. Celia todavía no había vuelto y yo estaba mirando en la televisión una película sobre un tipo que descubre que su mujer lo engaña.

— ¿Qué estás haciendo? — me preguntó.

— Voy a comer un melón.

Había comprado un melón amarillo. Estaba maduro y lleno de semillas. Lo había cortado al medio y lo tenía enfriándose en la heladera.

— ¿Un melón para una sola persona?

— Sí, ¿por qué?

En la película que estaba viendo, el hombre decidía vengarse, pero era un inútil y le faltaba voluntad.

— Los obligan a entretener turistas durante todo el día — dijo Carlos.

— Que los turistas pueden ser un cáncer, estoy de acuerdo.

— Es de una crueldad horrible.

— Puede haber una historia ahí — se me ocurrió decir.

— Sí — dijo él — , pero esto no lo hago por la literatura, lo hago por ellos.

Cuando uno está cansado es cuando más tolera. Creo que porque te faltan reflejos para reaccionar. Preferís hundirte de a poco. Estallar implica mucha energía. Ahora es cuando tengo que admitir que soy ligeramente masoquista. Leí La Venus de las pieles y me aburrió todo, menos las partes donde el tipo se hace azotar. A veces le pido a Celia que me pellizque los hombros o que me muerda el antebrazo. La sensación que siento es dulce. No me gustan los dolores fuertes, pero disfruto los que van aumentando lentamente en intensidad.

Me quedé en silencio con el auricular en la mano.

— ¿Qué pasa? — preguntó él.

— Creo que soy ligeramente masoquista.

— Sí — dijo sin escucharme.

Nunca me haría pegar con un látigo pero a veces me quemo adrede con agua caliente y el olor del cuero me gusta. Lo peor me pasa con las críticas negativas que reciben mis libros. Las leo siempre, varias veces, una y otra vez. Es una sensación horrible, pero al mismo tiempo, cuando empiezo, no puedo dejar de hacerlo.

Al otro día, lo llamé yo a él. Eran las dos de la tarde. Hacía calor y el cielo estaba nublado. En el diario retomaban el tema del huracán Katrina. New Orleans reducido a escombros húmedos, casas sin techo, cadáveres flotando y toda esa historia. Pero ya habían pasado cinco meses, así que la noticia era otra. Treinta y seis delfines entrenados por la Marina de los Estados Unidos habían desparecido y se creía que estaban perdidos en alguna parte del Golfo de México.

— ¿Treinta y seis delfines? — preguntó Carlos.

Le dije que sí.

— Tengo que comprar el diario — respondió — , treinta y seis delfines son muchos delfines.

Me imaginé treinta seis personas en un departamento de cuatro ambientes, nueve personas por ambiente, y después me imaginé un delfín por persona.

— Aparte iban armados con arneses que disparan dardos tóxicos — dije.

— No entiendo, ¿los delfines? — preguntó Carlos.

Me puse melodramático.

— Sí, son como flechas envenenadas.

— ¿Y cómo las disparan?

— Les implantaron electrodos en la piel.

Los delfines se usaban para detectar minas cerca de los puertos iraquíes. Las asociaciones internacionales que defendían los derechos de los animales habían protestado sin éxito.

— Creo que el hombre tiene una tendencia innegable a destruir todo lo que le resulta inteligente y bello — dijo Carlos.

Por primera vez, su voz sonaba cansada.

— Puede ser — dije yo.

El artículo del diario contaba que los militares estaban preocupados porque los delfines habían sido entrenados para disparar contra buzos que simulaban ser terroristas y no se sabía si podían distinguir entre un buceador amateur y un enemigo. Era poco probable. Incluso los que hacían windsurf estaban en peligro.

— ¿Cómo pueden desaparecer treinta y seis delfines? — me preguntó Carlos.

— No sé — respondí.

Cortamos y empezó a llover.

Esa noche me acosté tarde y soñé con hombres rana que luchaban contra los delfines perdidos de la Marina de los Estados Unidos. Había burbujas de aire, y espuma y confusión. En un momento, un dardo tóxico se clavaba en una pierna cubierta de neoprene. Era un sueño triste y violento porque aunque no querían, los hombres rana tenían que matar a los delfines. Usaban sus arpones de acero cromado y la sangre oscura manchaba el agua tibia y transparente del mar./////

Publicado en Música para rinocerontes, La Paz, ediciones El cuervo, 2010
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