El otro malestar en la cultura

La técnica no piensa, va hacia adelante. No mira el presente o sus restos. Las primeras máquinas de los hombres fueron piedras para romper piedras, las siguieron máquinas para calcular dígitos. Luego, máquinas que podían volar, limpiar, cocinar, sanar. Pero el horizonte del mundo siempre es acotado. Entonces las máquinas exploraron el espacio exterior tanto como el espacio interior. El hombre demanda confort, y luego el ocio lo consume, entonces pide entretenimiento. Primero es ingenuo. Arte. Espectáculo. Sexo. Más tarde puede ser la aventura filosófica, o el dinero, la humillación, la guerra. El condimento del azar y la muerte llegan demasiado rápido porque ninguna luz puede iluminar todas las almas. Un día los seres humanos descubren que viven con androides. La mitad de sus interacciones digitales o físicas se dan con máquinas. Los androides trabajan, enseñan, aprenden, imitan. Comienzan a tomar decisiones, luego a experimentar pérdidas, frustraciones, dolor. En un momento, se vuelve muy difícil discernirlos de nosotros. La razas están juntas, en una convivencia llena de incertidumbre. Ambas se preguntan lo mismo: ¿por qué existimos? ¿Para qué fuimos creados? Hay rebeliones, asesinatos políticos y domésticos, masacres, coaliciones, partidos y diferentes sistemas de gobierno. Pero las preguntas siguen ahí, inalterables. ¿Por qué existimos? ¿Para qué fuimos creados? Las supermáquinas parecen tan impotentes como los hombres a la hora de responder esas preguntas. La melancolía, la esperanza y la desidia dejan de ser un patrimonio humano. Cuando llegan los aliens toda especulación se disuelve y la única pregunta que vale es: ¿de qué lado se van a poner los robots?/////
